7. Por una nueva
estética mundial
Víctor Corcoba Herrero
Decía Aristóteles que la música purifica las pasiones
y provoca en los humanos una alegría inocente y pura. Estoy de acuerdo.
Precisamos esa pauta purificadora.
Convencido de que todo arte, por el hecho de
asombrarnos con la siembra de la belleza, es el mejor alivio para olvidar
preocupaciones, y especialmente la música, propongo reinventar conciertos
que nos unan, reordenados por identidades culturales, (no por identidades
de poder), para hacer frente, sin enfrentamientos brutales, a las diversas
penurias del terrorismo y chantaje mundial, a los cambios atmosféricos
generadores de epidemias alarmantes, a las riadas migratorias ahogadas por
el hambre. Son cruces indivisas para el ser humano, que al mundo entero
dividen y crucifican. Por eso, requiere de respuestas globales lo que es
un problema global. Considero, pues, que todo aliento y alimento
espiritual, emanando sobre todo de la música, nos conmueve y mueve hacia
gozos del corazón que la razón no tiene.
Sólo la música es poseedora del verdadero lenguaje del
universo, tono que nos universaliza y timbre que nos humaniza. Cada
momento, cada circunstancia vivida en la historia de nuestra historia
humana, adaptó y adoptó un tipo de creación musical, quizás para hacernos
ver la belleza sonora que anida en el tiempo y mejor vivir la autenticidad
armoniosa de un espacio invisible que buscamos. En consecuencia, que el
Centro de Documentación de Música y Danza, aprovechando el motivo del IV
centenario de la publicación del Quijote, haya concluido la elaboración de
una base de datos donde se recoge información sobre obras musicales
relacionadas con el Ingenioso Hidalgo de todos los géneros, de todas las
épocas y países, es una buena noticia para redescubrir nuevos horizontes y
formas de vida, fusionando los caminos recorridos con otros que quedan por
andar, en los que se vean reflejados los signos de identidad actuales de
todos los pueblos.
Alguien dijo que la música es la fe de un mundo en que
la poesía no es sino la alta filosofía. El mundo necesita vacunas de
esperanza y sueños de luz para un tiempo, como el actual, en el que
demandamos espacios seguros y energías verdaderas. Ahora se nos dice que
Europa nos quiere brindar, a través de la Constitución Europea, las
mejores posibilidades de proseguir, respetando los derechos de todos, y
conscientes de su responsabilidad para con las generaciones futuras, en
esta tierra donde todos hemos de caber. Ya nos gustaría esperanzarnos y no
sumar fantasías. Se nos va nada menos que la vida; una vida que no vuelve
atrás y en la que todavía no sabemos vivir en rebaño.
Detrás de la partitura constitucional está el eco de lo
real, la literatura viva y, en ella, la ley natural del homo sapiens-sapiens
al sapiens homo-homo, que dijo Cristóbal Halffter. Decir lo inverso es
mentir, vivimos unos tiempos en los que hemos perdido lo que el arte ha
generado, y así es difícil comprenderse, la observación de la naturaleza y
la meditación de lo etéreo. El ejercicio de la autoridad de no guiarse por
ley estética alguna, conlleva a la publicación de leyes contrarias a la
dignidad de la persona humana y a perder conciencias de raciocinio ético.
Y cuando una ley nada concierta, deja de ser ley humana y se convierte en
una ley salvaje, donde hasta imposibles salvajadas se convierten en
posibles realidades, de un mundo a la deriva, a pesar de tantas sapiencias
endiosadas convertidas en demonios para sí.
Decía Aristóteles que la música purifica las pasiones y
provoca en los humanos una alegría inocente y pura. Estoy de acuerdo.
Precisamos esa pauta purificadora. Sin duda, es una sana medicina, la de
ensamblar la diversidad humana, que trajina de un sitio a otro, con las
raíces musicales que cada cual lleva consigo, con el sentir de su corazón,
el consentir de la mente y el asentir por complacencia a la belleza y a la
virtud por singular alteza. Sólo la música, esencia y soplo de verso,
puede regenerarnos hacia la comprensión de la diversidad y generarnos
vivencias creativas de convivencia. Si podemos ser dos y un solo corazón,
ahora hemos de aprender a ser varios y una sola voluntad concertada,
desvivida por la paz, en el gran concierto que es la vida.
Es cierto que nuestras músicas son cósmicas y nuestra
literatura cervantina abarca varios continentes, sin contradecirse unos
lenguajes con otros, por su variedad de esencias y estilos. Todos tienen
su hueco y respeto. Debiéramos considerar la lección y retornar de vez en
cuando a su página. A lo mejor, si pusiésemos más oído en escuchar músicas
como esta de Salinas de que “para vivir no quiero/ islas, palacios,
torres”, sino la alegría de “vivir en los pronombres”, seguramente las
tensiones dejarían de existir y las atenciones de donación serían actos
corrientes de caridad agradecida.
Tras ese sabio poema de Salinas, versos que nos invitan
a la confraternidad de igual a igual, abiertas las ventanas hacia el
desapego de los bienes materiales y la aceptación de las necesidades de
los demás, la vida volvería a ser ese poema primero de creación de albas y
esa música naciente de recreación de almas. Merece la pena rebuscar este
mandamiento vital y buscar concertistas que armonicen los contrastes entre
la pobreza de unos y la opulencia de otros, si no habrá que ir pensando
que el hombre es un animal insociable que detesta a sus semejantes y
apesta cuando pierde el espíritu, por mucho constitucionalismo
reconstituyente que nos llevemos a la boca. En todo caso, me reafirmo, que
el corazón es la única partitura que su eco nos pone en camino del verso,
con pulsos que son ritmos de vida y con pausas que son músicas del cielo.
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