2. Muerte al
inteligente
Mikel Agirregabiria Agirre
En EE.UU. parece reeditarse el exabrupto de Millán-Astray
frente a Unamuno: ¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!
El condenado a muerte, Daryl R. Atkins, evitó la
inyección letal hace tres años porque su sentencia quedó suspendida por el
Tribunal Supremo norteamericano al establecer la prohibición de ejecutar a
reclusos cuyo coeficiente intelectual (CI) corresponda a la categoría de
retrasado mental. Su célebre dictamen estableció que la ejecución de
“retrasados” es inconstitucional, porque atenta contra la Octava Enmienda,
que prohíbe los "castigos crueles" (sic). No se pronunciaron sobre la
crueldad de la ejecución de los “normales”. Al menos, se creó una
jurisprudencia de salvaguarda para “los deficientes” en esta extraña
democracia que mantiene la pena de muerte en algunos Estados.
En 1998 Atkins sólo obtuvo un cociente intelectual de
59, siendo el promedio de la población 100 y estando fijado en 70 el
umbral del retraso mental en el Estado de Virginia. Daryl, a quien en sus
27 años de existencia ni su familia, ni la educación recibida, ni el
Estado lograron desarrollar su inteligencia, ahora parece que se ha
“espabilado” por el trato con sus abogados para luchar por su vida. En su
última evaluación ha alcanzado —desgraciadamente— un CI de 76. Haber
llegado a ser “tonto estadístico”, pero no “retrasado”, le puede llevar
finalmente a ser “matado legalmente” según el inhumano sistema judicial
virginiano.
El psiquiatra forense encargado del caso, Evan S.
Nelson, declaró el pasado noviembre que el convicto "Atkins recibió más
estímulo intelectual en la prisión que durante toda su infancia y
adolescencia, incluyendo las capacidades académicas teóricamente
obligatorias de lectura y escritura, así como la competencia para aprender
conceptos legales abstractos en su comunicación con los profesionales del
Derecho que le defendieron”.
El disparate legal es inconmensurable: Establece una
retroactividad para quien era un manifiesto “deficiente mental” cuando
cometió su crimen. Se le condena a morir,… o a no progresar jamás en su
vida, a pesar de haberse demostrado que podía hacerlo y que nadie se
preocupó de él antes de iniciar su carrera criminal. Resulta bochornoso
para todo el autodenominado “Primer Mundo” que, en el supuesto país líder
mundial, las insuficiencias e ineficiencias de todo el gigantesco sistema
social, en su escala familiar, educativa, sanitaria y de seguridad, la
paga una víctima, que a su vez causó otra muerte aún más inocente.
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