5. ¿Qué pensaría
Kant de los “bebés medicamento”?
Guillermo Juan Morado
La Ministra de Sanidad acaba de presentar el borrador
del anteproyecto de Ley de Reproducción Asistida. El borrador de la nueva
Ley prevé que los padres cuyos hijos padezcan alguna enfermedad rara
podrán concebir otro hijo, seleccionado genéticamente, para intentar
salvar al primero. Es lo que se llama el “bebé medicamento”: se “fabrica”
a un hermano para curar a otro.
La Ministra de Sanidad
acaba de presentar (el 8.II.2005) ante los medios el borrador del
anteproyecto de Ley de Reproducción Asistida. El borrador de la nueva Ley
prevé que los padres cuyos hijos padezcan alguna enfermedad rara podrán
concebir otro hijo, seleccionado genéticamente, para intentar salvar al
primero. Es lo que se llama el “bebé medicamento”: se “fabrica” a un
hermano para curar a otro. Además, el anteproyecto contempla generalizar
el uso para la investigación médica de los embriones sobrantes de la
reproducción asistida.
Cuando lo que está en
juego, como en este caso, es la vida y la dignidad humana las alarmas se
disparan. Y se disparan con motivo. Tenemos que hacer el esfuerzo de
superar las razones puramente sentimentales para reflexionar serenamente
sobre las implicaciones éticas de esta futura Ley. Nos quedaríamos a medio
camino si sólo nos dejásemos conmover por la súplica de unos padres
angustiados que quieren salvar, a toda costa, a su hijo aquejado de una
grave enfermedad. ¿Qué padre no iría a la Luna, si pudiese, para salvar a
su hijo? Lo que hemos de pensar es si podemos “ir a la Luna”; es decir, si
vale cualquier medio para conseguir un fin bueno.
Porque para lograr ese
trasplante que supuestamente beneficiará al hijo enfermo, habrá que
recurrir a la fecundación “in vitro” para “producir” un número determinado
de embriones. Y los embriones son, no lo olvidemos, seres humanos en sus
primerísimas fases de desarrollo. Pero no sólo “producirlos”
artificialmente, sino además habrá que “seleccionarlos”. ¿Que cómo se
seleccionan? Pues mediante el llamado “diagnóstico preimplantacional”.
Antes de implantar a los embriones en el útero, se los examina bien a
fondo. Si ese embrión servirá para ser un donante compatible con el
enfermo, se implantará. Y si no sirve, será desechado, tirado a la basura
como un trasto inútil.
Los padres deben saber
esto. Y la ministra de Sanidad debería explicárselo. Y la televisión
debería contárnoslo a todos. Para curar a uno, habrá que fabricar a muchos
y eliminar a la mayor parte de ellos. Del mismo modo, permitir que los
embriones que sobran de la reproducción asistida sean dedicados a la
investigación es convertir a seres humanos en su primera fase de
desarrollo en conejos de indias en manos de los científicos.
Por eso no es extraño
que la Comisión Central de Deontología de la Organización Médica Colegial,
a través de su secretario, el doctor Gonzalo Herranz, haya dado la voz de
alarma. El asunto es muy serio y muy grave. Cualquier día nos sorprenderá
la prensa con la noticia de que aquí o allá se ha descubierto un criadero
de seres humanos utilizables para trasplantes, donaciones de órganos,
investigación científica u otros menesteres.
¿Qué pensaría de todo
ello Kant? Recordemos que una de las formulaciones que el filósofo alemán
dio del imperativo categórico —es decir, de la ley práctica que resulta
válida incondicionalmente para el ser racional— reza de la siguiente
manera: “Actúa de modo que consideres a la humanidad, tanto en tu persona
como en la persona de todos los demás, siempre como fin y nunca como
simple medio”. Si un ser humano, aunque sea muy pequeño, puede ser usado
como “simple medio”, ¿qué nos separa ya del totalitarismo y de la tiranía?
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