2. Glauco o la
cultura de los rumores
P. Fernando Pascual
Es verdad que nos gusta entrometernos y conocer la
vida de los demás. A veces somos capaces de esbozar, con tres detalles
insignificantes, incluso con alguna suposición inventada, un retrato
completamente falso que es capaz de herir en su honor y buena fama a
nuestros conocidos o a algunos personajes públicos.
Glauco, según la versión de una vieja leyenda, fue un
pescador que se convirtió en una especie de pez. Con el paso del tiempo se
le pegaron numerosas conchas y objetos de todo tipo, de forma que se
convirtió en un monstruo marino. Detrás de todas las conchas, detrás de su
apariencia desagradable, se escondía una persona, un corazón, una vida
humana. Pero no todos eran capaces de darse cuenta.
Nosotros somos como Glauco: con el pasar del tiempo se
nos pegan (o nos pegan) muchas cosas. Aparecemos ante los demás como
pequeños monstruos, sin que a veces se pueda descubrir ese corazón y esos
buenos deseos que hay en lo más profundo de cada uno.
Sabemos, sin embargo, que somos mucho más de lo que los
otros puedan decir o pensar. Por desgracia, algunos se dedican a empapelar
al prójimo. Con mil dicherías, chismes y calumnias, van escribiendo la
vida de los demás. La mayoría de los chismes son simples suposiciones,
pero basta con que corran de un sitio para otro, para que así quede fijo
un retrato, a veces sin posibilidad de corrección. Si, además, un chisme
cae en manos de periodistas sin escrúpulos, se convierte en “noticia” y va
de aquí para allá con la velocidad de la luz...
Vivimos en el mundo de los rumores, de las habladurías.
En ocasiones un rumor nace de modo inocente, en una pequeña conversación
entre amigos. “Se ve que Fulanito llega a veces tarde a su casa”, uno
dice. Otro añade: “Tal vez no está muy contento con su esposa”. Un
tercero: “Un día lo vi pasar por una calle que tiene fama de malas
mujeres”. Pronto se empieza a perfilar una historia de traición y de
borracheras, de infidelidades, de prostitución e, incluso, alguno insinúa
que la droga está de por medio. Fulanito, que sale por las noches a
visitar a su madre enferma, empieza a tener fama de infiel, de borracho y
de mujeriego. Poco a poco, con un rumor detrás de otro, un hombre bueno se
convierte en un pobre diablo digno de desprecio.
Es verdad que nos gusta entrometernos y conocer la vida
de los demás. Pero también es verdad que muchas de nuestras suposiciones
tienen un fundamento muy débil; en muchos casos no tienen más fundamento
que el de nuestra imaginación creativa o nuestras antipatías más o menos
caprichosas. A veces somos capaces de esbozar, con tres detalles
insignificantes, incluso con alguna suposición inventada, un retrato
completamente falso que es capaz de herir en su honor y buena fama a
nuestros conocidos o a algunos personajes públicos.
Otros rumores, por desgracia, son provocados con
intenciones muy claras: se trata de destruir a algún enemigo, a alguien
que nos resulta antipático o no piensa como querríamos. En una campaña
política denigrar a un adversario es hacerle perder votos. En la vida
profesional, si quiero ascender y tengo un rival, es fácil llenarlo de
fango con pequeños comentarios aquí y allá para que los jefes lo dejen de
lado y me permitan ocupar el puesto que anhelo. Un chico enamorado que ve
cómo su Eufemia quiere más a otro puede ceder a la tentación de soltar de
vez en cuando alguna alusión sobre la mala fama del competidor para ver si
así puede llegar a conquistar a quien todavía no le quiere.
Algunas campañas denigratorias están organizadas a
nivel nacional o internacional. La historia nos cuenta casos de sistemas
políticos que han pagado o amenazado a varios testigos para que acusen a
personas inocentes de delitos que nunca cometieron, con el fin de
condenarlos o, al menos, destruir su imagen pública. Gracias a Dios, un
poco de cultura nos puede defender ante esas calumnias organizadas por
potentes grupos económicos o de presión social. Pero, por desgracia,
algunos viven bajo la extraña lógica de que toda persona es culpable hasta
que no se demuestre lo contrario, cuando el derecho y la honradez nos
tienen que llevar a pensar precisamente lo contrario...
No siempre es fácil castigar a los calumniadores. La
lengua es un mundo muy pequeño que se mueve con rapidez. Basta una
alusión, un susurro, y empieza un chisme a correr de aquí para allá.
Internet se ha convertido en un mundo en el que las calumnias aparecen con
rapidez, incluso de forma anónima, y muchos quedan enredados en la trampa
de un escándalo que enfanga el honor de un buen ciudadano.
Pero la verdad no puede ser destruida ni por millones
de palabras de mentira. Glauco sigue siendo hombre aunque esté envuelto en
miles de conchas marinas. El calumniador cree destruir a un adversario,
cuando lo único que hace es mostrar su bajeza humana y su espíritu
mezquino. Haremos bien en no tenerle por amigo: el que hoy destruye a los
lejanos cualquier día puede revolver sus palabras envenenadas contra
nosotros mismos...
Hace muchos años, el poeta Rubén Darío nos dejó
escritos unos versos sobre la calumnia:
Puede una gota de lodo
sobre un diamante caer;
puede también de este modo
su fulgor obscurecer;
pero aunque el diamante todo
se encuentre de fango lleno,
el valor que lo hace bueno
no perderá ni un instante,
y ha de ser siempre diamante
por más que lo manche el cieno.
Detrás del fango de los rumores y calumnias hay muchos
diamantes que brillan. No todos los descubren. Es fácil pasar de boca en
boca una mentira que ensucia la fama de los demás. Es difícil tener una
mirada profunda capaz de descubrir los tesoros escondidos en cada corazón.
Pero quien tiene un corazón bueno lo consigue, a pesar de las mil mentiras
acumuladas a lo largo del tiempo. También si uno aparece como un Glauco,
un “monstruo” con un corazón que puede ser bueno.
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