3. Sor Lucía,
vidente
José Ignacio Munilla Aguirre
Lo acostumbrado suele ser que la muerte de un personaje
sea ocasión propicia para ensalzar su obra y mensaje. A muchos católicos
nos ha impresionado —aunque a estas alturas, no diremos ya “sorprendido”—
el hecho de que algunos teólogos hayan aprovechado el fallecimiento de sor
Lucía para denostar públicamente su figura, así como los acontecimientos y
el mensaje de Fátima.
Este hecho deja patente el gran desencuentro existente
entre el pueblo fiel católico y determinadas corrientes teológicas que han
asumido la mentalidad liberal de nuestra cultura, hasta el punto de
disolverse en ella. René Laurentin, destacado mariólogo francés, ha
recordado acertadamente un hecho incontestable: mientras que las masas
abandonaban la práctica religiosa en la vieja Europa, lo único que estaba
en auge eran las peregrinaciones a los santuarios en los que habían tenido
lugar apariciones marianas, u otros hechos místicos extraordinarios. Esto
pone en cuestión los postulados aprióricos de la teología liberal, según
los cuales el hombre moderno necesita una "religiosidad desmitificada"
y "depurada de todo aspecto mágico", para poder así hacerse
comprensible y creíble a la mentalidad moderna. Sin embargo, los signos de
los tiempos han resultado ser bien distintos de los diseñados por
determinados modelos académicos. La gran atracción de los santuarios
marianos y de los santos místicos, refleja una especie de "rebelión del
pueblo fiel” hacia esa parte del mundo eclesiástico que ha caído en la
trampa racionalista. Nos explicamos así las ampollas que levanta en muchos
ambientes todo lo relacionado con Fátima y sor Lucía; aunque,
sinceramente, no deja de impresionar la falta de delicadeza de la que se
ha hecho gala en la hora de su muerte. Sin perder un minuto más en este
prolegómeno, paso a destacar brevemente algunos aspectos menos conocidos
de la figura de sor Lucía:
Un signo muy importante de la autenticidad del
testimonio de la que fue vidente de la Virgen, es su talante y estilo de
vida. La priora de su comunidad, sor María Celina de Jesús, ha declarado
que sor Lucía era «la joya» del Carmelo de Coimbra, subrayando de forma
particular su sencillez: “Ni siquiera el «peso» del secreto que la vidente
llevó consigo por décadas modificó su humildad”. “Las religiosas no le
hicimos jamás preguntas”. La ausencia de protagonismo por parte de la
vidente fue tan relevante que, según testimonio de la priora, cuando ella
misma ingresó en el Carmelo de Coimbra, estuvo «ocho días sin saber quién
era Lucía de Fátima». De la misma forma que el afán de protagonismo es
altamente sospechoso, nos sentimos cautivados por el testimonio de esta
sencilla mujer que ha escondido su vida en Dios.
Muchos católicos desconocen que las revelaciones
privadas que sor Lucía recibió en Fátima, se vieron completadas años
después en España. Estando sor Lucía entonces en la congregación de las
religiosas Doroteas, antes de ingresar en la clausura carmelitana, recibió
diversas revelaciones en Tuy y en Pontevedra. De esta forma, a finales de
1925 y comienzos de 1926, se cumplía el anuncio hecho por la Virgen en su
aparición del 13 de Julio de 1917, en la que prometía que volvería de
nuevo para pedir la extensión de la devoción al Corazón Inmaculado de
María, así como la consagración de Rusia al Corazón de María. Los
mariólogos especialistas en Fátima han llegado a afirmar que Pontevedra es
el “Pentecostés de Fátima”. De hecho, la Iglesia Católica ha integrado en
su liturgia y prácticas marianas diversas aportaciones de las revelaciones
privadas de Pontevedra. Por ejemplo, el próximo 22 de Mayo, en el Pilar de
Zaragoza, nuestra Conferencia Episcopal en pleno se dispone a renovar la
consagración de España al Inmaculado Corazón de María. Mientras que
algunos se ríen del valor de las consagraciones, la Iglesia confía en el
poder de mediación e intercesión que Cristo ha puesto en manos de su
Madre.
Así mismo, muchos desconocen también el hecho de que
sor Lucía y la Santa Sede han tenido como adversarios, no sólo a los
incrédulos y detractores de las apariciones de Fátima; sino que también
han tenido que hacer frente a otros intentos de manipulación, por el
extremo contrario. En efecto, grupos católicos integristas, han querido
apropiarse en diversas ocasiones del mensaje de Fátima. Especialmente,
tras los atentados terroristas del 11 de Septiembre, quisieron involucrar
a sor Lucía en episodios de nuevas revelaciones y en reinterpretaciones de
corte apocalíptico del mensaje de Fátima. Por ese motivo el Papa envió el
20 de Diciembre de 2001 a Mons Bertone al carmelo de Coimbra, para
despejar cualquier sospecha de que no se hubiese publicado el texto
íntegro de la tercera parte del secreto de Fátima, tal y como algunos
movimientos "fatimitas" denunciaban. La religiosa portuguesa cortó por lo
sano con las falsas noticias que se estaban divulgando: «Se ha
publicado todo por parte de la Santa Sede; no hay más secretos».
Ciertamente, sabemos que el valor de las revelaciones
privadas, caso del mensaje de Fátima, no es comparable al de la revelación
pública. Esta última nos exige a los católicos nuestro asentimiento de fe;
mientras que en el caso de las revelaciones privadas, los fieles están
autorizados a dar su adhesión prudente, después de que la Iglesia haya
juzgado que el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe
y las costumbres. Las revelaciones privadas son una ayuda para comprender
y vivir el Evangelio en el momento presente. Lo propio de éstas, no es la
aportación de datos nuevos, sino
subrayar y acentuar aspectos del Evangelio que hayan podido caer en el
olvido en el momento presente. Por lo tanto, la categoría teológica de las
revelaciones privadas es la equiparable al carisma de profecía. Así lo
dice la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses: "No apaguéis
el Espíritu, no despreciéis las profecías; examinad cada cosa y quedaros
con lo que es bueno" (1 Tes 5, 19-21).
A las 17:25 horas del 13 de Febrero, se cerraron los ojos de esa humilde
pastorcilla que vio el rostro de la Virgen. Sor Lucía es ahora de nuevo —y
esta vez para siempre—, “vidente”. Confiamos en que, llegado el momento,
así será proclamado solemnemente por la Iglesia Católica.
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