5. Con María,
caminando la Cuaresma....
María Susana Ratero
“Convertíos, y creed en el Evangelio”... repetía una y
otra vez, anoche, el sacerdote en la imposición de las cenizas.
“Convertíos”.
—Pero ¿no se supone, Madre querida, que ya estamos
convertidos? Digo, estamos aquí, en misa, creemos en tu Hijo, ¿por qué nos
dice esto?
—Miro tu imagen, tu conocida y querida imagen, Señora
de Luján, y te pido disculpas por mi ignorancia, pero mi amor a tu Hijo
necesita respuestas....
—Hija querida, puedes preguntarme todo, todo lo que no
comprendas, porque cada pregunta tuya, cada búsqueda de la verdad es una
caricia a mi corazón entristecido. Y nada me hace más feliz que
contestarte, mostrarte los caminos a mi Hijo, tomarte de la mano y
llevarte a Él, pues muchas veces veo que no te atreves a caminar sola.
Es cierto, María, muchas veces me quedo atrapada en mis
miedos, mis dudas, mis ignorancias, pero me consuela saber que puedo
extender mi mano en la plenísima seguridad de que siempre hallare la tuya.
—Para aclarar tu duda te digo que ese “Convertíos” que
tanto te descoloca es como una puerta para comenzar a caminar tu
cuaresma...
—¿Mi Cuaresma, Señora?
—Sí, tu Cuaresma... como te hablé un día de tu propio
camino hacia la Navidad, debo hablarte ahora de tu propio camino de
Cuaresma....
—Explícame, Señora.
Me quedo mirando tu imagen fijamente, me abrazas el
alma y me llevas de la mano a los lejanos parajes de Tierra Santa...
“Era invierno” (Jn 10,22). El viento helado cala hasta
los huesos, caminamos entre la gente y te sigo, sin saber adónde. De
repente nos encontramos frente a las escalinatas del Templo de Jerusalén.
Allí “Jesús se había sentado frente a las alcancías del Templo, y podía
ver como la gente echaba dinero para el tesoro” (Mc 12,41). Nos vamos
acercando lentamente, yo temo de que alguien advierta mi presencia...
—No temas, nadie puede verte, solo Jesús y yo...
Recuerdo muchas veces en que creí que nadie podía
verme, y siento vergüenza por todos mis pecados escondidos...
—Señora ¿qué hacemos aquí?
—Quiero que comiences a caminar tu Cuaresma, y que la
vivas tan plenamente como te sea posible.
—Supongo que eso será muy bueno para mí.
—No sólo para ti . Verás, si todo el dolor de esta
cuaresma de tu vida, lo depositas en mi corazón, si vives tu tristeza, tu
angustia y tu soledad como un compartir la tristeza y soledad de mi Hijo,
entonces, querida mía, no sólo será beneficioso para tu alma, sino que yo
lo multiplicaré para otras almas....
Asombro, esa es la palabra que podría definir todos mis
encuentros contigo... asombro; ante la magnitud de tu amor, ante la
magnitud de la misericordia tuya y de tu Hijo... Asombro y alegría... una
dulcísima alegría de saberme tan amada.
—Mira, hija, el rostro de Jesús....
Contemplo el amadísimo rostro. Su mirada está serena,
aunque inmensamente triste.
—¿Por qué esta triste el Maestro, Madre?
—Pregúntaselo, hija, vamos, anda....
Confieso que me tiemblan las piernas y el corazón
amenaza con salir de mi pecho pero, increíblemente, una serena paz me
inunda el alma....
—Señor —y no encuentro palabras—. Sí, todas las
palabras que transito diariamente y cuyos rostros y voluntades creo
conocer, todas las palabras con las que he justificado mis olvidos,
parecen desvanecerse antes de que pueda atraparlas. Vuelan, como pájaros
espantados, no se sienten dignas, comprendo entonces que sólo el amor es
digno. Por fin, atrapo las más puras...
—Señor, déjame compartir tu tristeza...
Oh, Señora mía, tu Hijo vuelve sus ojos mansos hacia mí
y su mano se apoya en mi hombro.... mi alma se estremece ¿Quién soy yo,
para merecer tal detalle de amor?
—¿Por qué me pides eso?
—Porque te amo, y no tengo nada digno para darte que te
alivie —mi voz es apenas un susurro—. Porque me amas y sé que estás
pasando todo esto para que yo tenga vida eterna. Tú nos pides que
carguemos la cruz y te sigamos, Maestro… pero yo... ¡yo no sé cómo se
hace eso!—. Y me deshago en llanto, y me siento pequeña, insignificante,
tan pecadora e indigna que quisiera salir corriendo... pero ¿Adónde?
Adónde iré, Señor mío, si sólo tú tienes palabras de vida eterna.
—Hermanita del alma —y tu voz mansa calma y disipa mis
tempestades—, si quieres seguirme, niégate a ti misma, carga con tu cruz
de cada día y sígueme.
Jesús me mira y su mirada traspasa todas las corazas
con las que intento cada día disfrazar mi corazón. Quisiera que viese el
paisaje que Él espera, no el que mi tibieza y olvidos construyeron
neciamente. Pero ya es tarde para pretender eso… o no. Tu misericordia,
Señor, es un torrente inagotable que puede sanar el corazón más destruido,
el más olvidado, el más solitario.
Unos hombres se acercan. Probablemente sus apóstoles.
Jesús se retira, y María, que está a pocos pasos escuchando cada palabra,
se acerca a mí. Tomándome por los hombros, me lleva a las afueras de la
ciudad. Allí, en un reparo tibio doy rienda suelta a mi llanto....
Ella nada dice, sólo me mira con infinita ternura.
—Ay, Madre, Madre, ¡Cómo puedo ser tan torpe! El
Maestro es tan sencillo y claro para hablarme, que se supone debo entender
¡Pero no, no entiendo! ¡No sé como llevar a mi vida de cada día sus
preciosísimos consejos! ¡Ayúdame, por piedad!...
Colocas delicadamente mi cabeza en tu hombro... ¡Qué
remanso para mi alma dolorida!...
—Hija, intentaré explicarte más detalladamente, no sólo
para que comprendas sino para que te determines a caminar .
—Te escucho, Madre, mi corazón tiene tanta sed de tus
palabras…
—Bien, comenzaremos por lo primero que te dijo Jesús:
“¿Por qué me pides eso?”. Él sabe que tú no le pedirías caminos si no
fuese que el Espíritu te ha creado esa necesidad. Tú no amaste a Jesús y
Él te escuchó, sino que Él te amó primero. ¿Comprendes la diferencia? Que
tú le busques, le necesites, es una clara señal de que Él te ama. Luego te
dijo las condiciones para seguirlo. Veamos esto parte por partes: ”Si
quieres seguirme”. No se trata de que te acerques por interés de conseguir
algo que deseas, porque te sientes sola y no encuentras nada mejor o
porque se supone que debes hacerlo. Nada de eso. Se trata de que “quieras”
y ese querer parte de una gracia del Espíritu que tu corazón escucha y
acepta. Luego te dijo: “Niégate a ti misma”. Allí te esta pidiendo que
cultives, en lo más profundo de ti, la humildad y que la dejes crecer sin
ahogarla con tu orgullo y vanidad.
—Para ello necesitaré mucho oración, supongo...
—Por cierto. Oración, pero oración que no es mera
repetición de palabras. Puedes comenzar analizando tu actitud en la
oración. ¿Cómo rezas? ¿Como el fariseo? “Te doy gracias porque no soy como
los demás”, creyendo que tu fe es mejor o más valiosa a los ojos de Dios
que la de una simple mujer que reza cada día el rosario en la soledad de
la parroquia, con una voluntad y constancia que tú no posees. Hija,
intenta rezar como el publicano, que se quedaba atrás y no se atrevía a
levantar los ojos al cielo: “Dios mío, ten piedad de mí que soy un
pecador”. Renunciar a la tentación del aplauso, del halago. Renunciar a la
vanidad de sentirse mejor que otros es difícil hija, mas no imposible.
Cuando lo logras, las alas de tu alma se despliegan en vuelo límpido hacia
cielos más altos.
—Madre, madre... cuánto he lastimado el Sagrado Corazón
de tu Hijo, cuánto necesito de su misericordia. Continúa, que en este
punto ya no quiero el retorno...
—“Toma tu cruz y sígueme”. Así, tal cual, hija. “Tu”
cruz, no la ajena, no la que te gustaría, sino la tuya, la conocida, la
que crees no merecer y que, sin embargo, te lleva a la eternidad.
“Sígueme” pero ¿Cómo piensas seguirle? ¿Rezongando y protestando por el
peso de tu cruz, quejándote de que otros tienen cruces más livianas? ¡Como
si pudieras tú ver el corazón sangrante o el alma doliente de tu hermano!
¿Le seguirás arrastrando la cruz para que deje marcas en la arena buscando
la compasión de los demás?... Hija, debes abrazar tu cruz y amarla...
—¿Cómo se ama la cruz, Señora?
—Se ama en aquél que te lastima con su indiferencia, en
el que no te escucha, en la que te difama. Se ama construyendo cada día en
tu familia aunque sientas que predicas en el desierto. Se ama sembrando,
aunque sientas que el viento de la indiferencia arrastra la semilla. Tú
nunca sabes si alguna quedó plantada y la misericordia de Dios hará que dé
fruto, a su tiempo, cuando menos lo esperes. No temas la dureza del
tiempo de siembra, piensa en la alegría de la cosecha... que llega, hija,
llega, siempre.
—Tu voz dulce, segura y pura riega la aridez de mi
alma, abre puertas cerradas por tanto tiempo y el sol de la luz de Cristo
entra a raudales en los más recónditos espacios de mi interior. Caminar la
Cuaresma, vencerme, cargar la cruz. ¿Podré? ¿Cuánto tiempo durará en mí
este deseo de caminar tras Jesús?
—Tanto tiempo como lo alimentes. La Eucaristía, Jesús
mismo, te dará la fuerza, la constancia, la paz. Y yo estaré siempre
contigo, para secar tu frente, para enjugar tus lágrimas, aún cuando no me
veas, aún cuando me creas lejos. Siempre.
—Cae la tarde y el sol se esconde en el horizonte
mientras yo me escondo en tu pecho en apretado abrazo. Cuando abro los
ojos el sacerdote está por comenzar la ofrenda del pan y del vino. Miro tu
imagen. Me sonríes desde ella. Un viento fresco entra por la ventana, el
sol se termina de esconder en el horizonte y, por un exquisito regalo
tuyo, siento que me continúas abrazando. Siempre.
Amigo que lees estas líneas. No temas recorrer tu
propia Cuaresma, no reniegues de tu cruz. Cuando sientas que caes bajo su
peso, levanta los ojos y verás la mano de tu madre, extendida. No le
reproches nada, sólo tómala, y veras que tus heridas cicatrizan en medio
del mas profundo amor.
NOTA de la autora:
Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi
corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo
que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de
revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de
"Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden
exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna. |