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7. Un apunte a la historia de la capellanía castrense

J. Antonio Doménech Corral

Los manuales de historia asignan a la capellanía castrense española un comienzo demasiado generalizado. Sin embargo, como he comprobado en investigación que he efectuado en el Archivo del Real Colegio Seminario de Corpus Christi de Valencia, fundación de su arzobispo del Siglo de Oro, el Patriarca San Juan de Ribera, esta institución eclesiástico-militar la forjaron de mutuo acuerdo él y el rey Felipe III, tras ensayar su práctica en tierras valencianas.

Los manuales de historia asignan a la capellanía castrense española un comienzo demasiado generalizado. Sin embargo, como he comprobado en investigación que he efectuado en el Archivo del Real Colegio Seminario de Corpus Christi de Valencia, fundación de su arzobispo del Siglo de Oro, el Patriarca San Juan de Ribera, esta institución eclesiástico-militar la forjaron de mutuo acuerdo él y el rey Felipe III, tras ensayar su práctica en tierras valencianas.

Porque he aquí lo que suele afirmar sobre las capellanías castrenses un manual de historia: “Sus raíces son tan antiguas como el mismo ejército y la solicitud de la Iglesia por ofrecer asistencia espiritual a los militares”. Y, al concretar en el tiempo esta solicitud, empiezan por recoger la presencia del sacerdote entre la tropa en la edad media y en el siglo XVI conviviendo con los famosos Tercios Españoles a los que acompañaba por toda Europa. Aunque reconociendo que esta asistencia religiosa era tan solo circunstancial; puesto que los ejércitos no eran permanentes y, acabadas las guerras, los soldados regresaban a casa y los sacerdotes a sus iglesias.

Es en el S. XVII cuando aparece la jurisdicción específica de las capellanías castrenses regidas por Breves pontificios. El Papa Inocencio X instituye los Vicarios del Ejército con autoridad sobre los capellanes castrenses, quedando éstos desligados de la subordinación a sus respectivos obispos diocesanos el tiempo que durasen las guerras. Vicarios que en el S. XVIII, año 1705, se reducen a uno solo con mando sobre todos los ejércitos españoles; siendo nombrado primer Vicario General el valenciano Carlos de Borja y Centellas que era Patriarca de las Indias. Y ya en 1736, el Papa Clemente XII extiende esta jurisdicción a todo tiempo, sea en guerra o en paz, quedando así definitivamente constituida la capellanía castrense española con personalidad eclesiástica independiente de la diocesana. Con una variación que introduce Juan Pablo II en 1986: elimina la figura de este Vicario General y la sustituye por la de un arzobispo, con graduación de General. Pero por la historia todavía quedaba pendiente de señalar los personajes concretos que gestaron esta institución religioso-militar y su circunstancia.

Mi buen amigo, José Blasco Aguilar, canónigo de la catedral de Segorbe y ex teniente coronel capellán castrense, conociendo mi labor investigadora en el Archivo del Patriarca, me había rogado que, si llegara a mis manos algún documento que lo fundamentara se lo advirtiera. Porque los capellanes militares valencianos tradicionalmente venían defendiendo que el Patriarca San Juan de Ribera era el promotor de esta institución castrense; aunque sin poderlo justificar. Y efectivamente, me ha llegado ojeando las cartas de Felipe III recibidas por el Patriarca Arzobispo Ribera. Entre ellas, la de fecha 22 enero de 1599 que dice así:

“Muy Rdo. en Cristo, padre Patriarca Arzobispo de Valencia del mío consejo: yo he mandado al capitán don Leandro de Lloris que levante en algunas partes de Vtro. arzobispado una compañía de infantería; y porque para que la gente della sea bien doctrinada y viva cristianamente, conviene que haya en ella un capellán. Os encargo y mando que de los clérigos que hubiere en ese arzobispado nombréis uno en quien concurran las letras, virtud, religión y eficiencia que se requiere, como de Vos lo confío... el tiempo que sirviere se le pagará su sueldo a razón de seys escudos al mes… Se ordena al capitán que lo lleve en su compañía y le trate y respete como es razón…”

Una carta que permite deducir que el rey Felipe III y el Patriarca San Juan de Ribera fueron los artífices de la institución castrense. Ellos acordaron las aptitudes que debía reunir el capellán, su elección por la autoridad eclesiástica, trato respetuoso por la milicia, sueldo y manutención a cargo de las arcas reales y aplicación en Valencia a vía de ensayo. Y que el resultado fue el apetecido, lo avalan los referidos Breves Pontificios promulgados después de esta experiencia y que el rey Felipe III lo solicitara al Nuncio en la Corte. El reconocimiento real por sus servicios le valió al Patriarca su nombramiento de Capitán General de Valencia. Y también, de la perpetua admiración de la clase militar, esa magnífica estatua de bronce que le fue erigida en el centro del claustro de la iglesia castrense de Santo Domingo con la inscripción en su pedestal: “San Juan de Ribera, Capitán General del Reino de Valencia”. Deberían tomar nota los nuevos manuales de historia.

 
 

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