1. La Pasión
Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo
Ante su figura de Cristo crucificado, debemos de
cuestionarnos sobre si tendremos el valor de tomar nuestra cruz y
seguirlo, de seguir al que vino a librarnos del pecado, al que vino para
que fuésemos hijos del Padre, o será que lo seguiremos dejando colgado en
nuestra recamara y no en nuestro corazón.
En la
procesión de tu calvario mostraste un dolor perenne ante los ojos de
María. Caíste constantemente y la corona de espinas se incrustaba más en
tu cabeza. Ante los sarcasmos, las blasfemias, las moscas y el calor, tu
dignidad fue despojada al aire libre. El sonido del martillo arremetió
contra tu cuerpo y tus manos se unieron a la madera sepulcral brotando tu
sangre, salpicando los rostros de esos miserables que tú habías perdonado.
No admitiste esa droga aniquiladora que apaciguaría tus dolores y, antes
del ocaso del día alcanzaste a decir: En tus manos encomiendo mi
espíritu.
Ante eso queda preguntarnos ¿Por qué abogaste por los hombres? ¿Por qué te
empeñaste en perdonarnos limpiándonos con tu sangre? ¿Acaso seremos dignos
de tan semejante solicitud hacia tu persona? ¿Cómo es que enamorado estás
de nosotros; seres carcomidos por el pecado de corazones secos y vacíos?
¿En fin, de qué te enamoraste?
También cabe preguntarle a Dios ¿Por qué enviaste a tu
Hijo a la tierra? Parece que no te diste cuenta de que no lo esperaban.
Todos estaban creando planes, juntando riquezas, destruyendo lo que fue al
principio un paraíso. Tu hijo se hizo hombre, lo enviaste como amigo y
como hermano, como señal de esperanza y redención para todos nosotros.
Hubo momentos en que lo alabamos, lo engrandecimos, bebimos de su sangre y
comimos de su cuerpo y al final lo entregamos en manos de la traición, del
engaño, del poder, de la avaricia y de la codicia.
En nuestro tiempo seguimos escupiendo su cuerpo,
desgarrando su piel, su verdad, pisoteando su palabra y no contentos con
nuestra supremacía, lo seguimos teniendo clavado en la cruz como un
criminal que ha atentado con nuestra felicidad. Pero el Crucificado está
allí, calmoso, humilde, mirando con esos ojos que penetran, que envuelven,
que aman.
En Él debemos mirarnos para aprender a amar y perdonar,
pues su figura crucificada nos hace comprender el gran amor hacia nosotros
del Padre manifestado en su Hijo, mismo que nos invita a unirnos a Él en
un profundo amor; por eso postrémonos ante el Crucificado y recordemos que
después de haber pasado por la burla de un juicio, de haber sido azotado,
injuriado, coronado con espinas, cargado el madero, clavado y alzado en la
cruz junto a dos delincuentes, seguía aún siendo motivo de burla, pues
ahí, en la cruz, hasta el final, mostraba congruencia de predicación y
vida al confirmar con su actuar lo dicho a sus discípulos: “No hay amor
más grande que éste, dar la vida por sus amigos”.
El amigo de todos se encontraba solo,
desnudo, inmovilizado en su dolor, pero fiel y obediente hasta la muerte,
fiel y obediente por amor, como diciéndonos: Así se debe de amar.
Y ante la soledad del que moría por nuestros pecados, por amor a nosotros,
parecía no haber eco a su voz de “sígueme”.
Entonces, en el Gólgota, a pesar de los espantosos dolores producidos por
la flagelación y la crucifixión, osa decir una plegaria como oración
impregnada de misericordia: “Padre, perdónalos porque no saben
lo que hacen”. Y ante el umbral de su
muerte, con su agonía y aunada a esa plegaria funde su vida al evangelio,
que lo sellaría libremente con su último aliento, aliento de amor.
Por lo anterior y precisamente ante su figura
crucificada, debemos de cuestionarnos sobre si tendremos el valor de tomar
nuestra cruz y seguirlo, de seguir al que vino a librarnos del pecado, al
que vino para que fuésemos hijos del Padre, o será que lo seguiremos
dejando colgado en nuestra recamara y no en nuestro corazón. ¿Será que
todavía no sabemos lo que hacemos o más bien no sabemos lo que él hizo por
nosotros?
Comúnmente se nos dice que hay que seguir a Jesucristo
porque es amor y siguiéndolo encontraremos la felicidad, para lo cual
debemos de tener fe. Definitivamente dejemos de ver a ese Jesús romántico,
buena gente, paño de lágrimas, el pobrecito que murió por nosotros. Ante
su pasión, con ese sufrimiento en el Gólgota no es posible que lo veamos
en esas estampas como alguien salido de un salón de belleza, el
solucionador de nuestras desgracias bajo una frase casi mágica de “ten
fe”. Creo que primero deberíamos hacer una mirada retroactiva sobre el
Crucificado para entender y comprender el sígueme.
Debemos estar conscientes que la fe es la respuesta
confiada del hombre que se abandona en las manos de Dios, aceptando sus
promesas divinas; pues abandonarse en sus manos significa buscar su
voluntad, brotando con esa fe la obediencia. La pasión de Jesucristo fue
en función a su obediencia al Padre. ¿Podremos tener nosotros esa
obediencia? ¿Esa pasión?
|