Hacerse como niño

Luferni

Todos estamos hechos para entrar. Sólo se excluye el que no decidió vivir eso que parece carencia y es plenitud :la infancia espiritual de todos los llamados a ser hijos, para siempre, en la alegría de Dios...

Son los modelos para lo definitivo, para lo esencial.
Hacerse como un niño es una condición que Jesús presenta como indispensable para alcanzar aquí el recto camino que lleva al destino trascendente.
Y parece protestar y contradecir una mentalidad demasiado adulta que menosprecia la sencillez y la transparencia de un niño. Le parece demasiada ingenuidad poner como modelo la infancia en la danza con lobos de la convivencia contemporánea. Se inclina más por la suspicacia, por la sagacidad, por la astucia. Esta mentalidad se inclina más por la prudencia de la serpiente y estrangula la paloma de la sencillez.
Al rostro se prefiere la máscara. Llega a amordazarse la voz de la conciencia para dejar pasar medios pésimos, con el pretexto de alcanzar fines admirables.
Y, sin embargo, el niño es presentado como ideal, como maestro existencial del hombre, que siempre deberá fidelidad a esa límpida etapa inicial de su vida, aun no contaminada por los miedos y los apegos, los resentimientos y los prejuicios de una adultez devaluada.
Para el adulto la excelencia infantil, como actitud existencial, es un desafío a sus complicaciones inútiles, apoyadas en un falso yo que creyó madurar cuando se deformaba. Por eso la frescura y la espontaneidad, la alegría y la capacidad de vivir el momento presente, extrayéndole todo el gozo posible, la actitud de asombro y de admiración frente a todo lo bello del universo son lecciones magistrales que dan los niños a los adultos distraídos.
El juego es una comunicación regocijada del niño con el cosmos, bajo el resplandor de su imaginación. En ese ámbito de sueños construye mundos maravillosos en que todo es posible. El adulto que empieza a tener un poco de ciencia se dice ateo y quiere convencerse a sí mismo de la inutilidad o la inexistencia de Dios. Sólo el verdadero sabio se siente como un niño delante del Creador.
Todo verdadero maestro se queda asombrado de todo lo que ha aprendido de los niños.
Por eso se requiere una actitud de discípulo para acercarse a ellos. Es difícil no caer en las actitudes de juez, de doctor sabelotodo, de superioridad aplastante, de burla ridiculizante, de impaciencia exigente, de susceptibilidad condenatoria,
O de indiferencia y menosprecio, exclusión malhumorada o chantaje condicionante.
Hacerse significa trabajar sobre si mismos no tanto para adquirir más de lo que se tiene sino para quitar todo lo que sobra. No se trata de hacer un complicado reglamento adulto inspirado en el modelo infantil sino intuír una actitud que dice sí a la verdad, al amor y a la vida y decide, aquí y ahora, ser feliz compartiéndolo todo.
Todos estamos hechos para entrar. Sólo se excluye el que no decidió vivir eso que parece carencia y es plenitud :la infancia espiritual de todos los llamados a ser hijos, para siempre, en la alegría de Dios...
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