Las que bendicen

Luferni

¡Dichosos todos los que recuerden una oración aprendida en los primeros pasos de la vida y sientan todavía que un trazo de bendición, con el deseo de los mayores bienes,
sigue acompañándolos, como una luz, en la aventura de alcanzar lo eterno!

 Enseñó a orar:
“Oh, Virgen María - botón de clavel - mi madre me ha dicho - que te ame con fe. Pues cuenta que eres mi madre también - y el rezo del niño te causa placer. - Cuando en la noche, dormido ya esté - si he sido muy bueno me vendrás a ver. Mi madre no engaña -lo sabes muy bien - por eso te espero y al fin te veré”.
Y sabía bendecir:
“Que el Señor te bendiga y te conserve en su santísima mano, el Señor te manifieste su rostro y tenga piedad de ti. El Señor vuelva hacia ti su mirada y te dé su paz. El poder del Padre, el amor del Hijo y la gracia del Espíritu Santo te acompañen y la Santísima Virgen te cubra con su manto. Amén.”
El pulgar de la mano derecha, sobre el dedo índice doblado, era la cruz con la que persignaba antes de un viaje o de un evento especial.
Y con esas mismas manos tejía metros y metros de hilo, con un gancho metálico, que lo dejaba bellamente trenzado, en formas variadísimas.
Era como un voraz elemento. En constante actividad llena de alegría, buscaba siempre los resultados sin medir el esfuerzo.
Y fue entregando, día a día, todo su ser, como lo hace el cirio que se consume iluminando.
Estuvo siempre al servicio de la vida que llenó de entusiasmo y amor generoso.
Como tantas otras madres que están en la vida y en el recuerdo de tantos. Cada uno guarda sus experiencias para que un día se conviertan en gratitud y en plegaria.
¡Dichosos todos los que recuerden una oración aprendida en los primeros pasos de la vida y sientan todavía que un trazo de bendición, con el deseo de los mayores bienes,
sigue acompañándolos, como una luz, en la aventura de alcanzar lo eterno!...
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