La gracia de la simultaneidad

Prisciliano Hernández Chávez

Vivir la conciencia gozosa de pertenencia al tiempo y a la eternidad. Por la gracia estamos naciendo del Padre; somos sus hijos en el Hijo y por el don del Espíritu Santo que nos hace exclamar “Abbá”, Padre, desde su dimensión de eternidad.

 
El actualismo posmoderno agobia por la estrechez del aquí y del ahora. Negación franca del ayer y del mañana. La vida reducida al instante fugaz. En breve es ayer de fumarola. Vida que se quema en el vacío negador de toda esperanza. Este es infierno del más acá, sin negar el allende. Podría valer el dicho del Dante “dejad toda esperanza vosotros que entráis” en esta perspectiva. Aceptar la historicidad del hombre como dimensión esencial, según Heidegger, implicará tomar en cuenta las vertientes anteriores y posteriores al ahora.
Para el ser cristiano, si “el tiempo ya es una dimensión de Dios” en dicho del Papa Juan Pablo II, en virtud de la encarnación del Verbo, es decir que a partir de este acontecimiento, el Verbo encarnado es sujeto inmerso en la historia, Dios ya no está fuera de la historia; es sujeto y criterio irrepetible de la historia; abarca todos los espacios de la historia por su calidad de hombre y Dios. El es el Señor de la Historia, la clave para vivir el tiempo pleno como l donación de sí. Al margen de El, se vive el tiempo vacío, perdido para la eternidad.
Algo recibimos; somos seres en recepción, de una genética, de una tradición; somos el sí de Dios y el sí de nuestros padres. En contra partida, en virtud del acontecimiento Jesús, por su encarnación, la eternidad gozosa, ya es nuestra dimensión; es inclusión en el ámbito de Dios. Su eternidad nos pertenece como don. Eternidad como dimensión de Dios, cuyo “espacio” es el Padre acogedor, casa del Verbo y por El, nuestra casa. La gracia de la simultaneidad consistiría en vivir la conciencia gozosa de pertenencia al tiempo y a la eternidad. Por la gracia estamos naciendo del Padre; somos sus hijos en el Hijo y por el don del Espíritu Santo que nos hace exclamar “Abbá”, Padre, desde su dimensión de eternidad.
La Santísima Virgen María vivió esa gracia. En el tiempo acoge Verbo para que llegue a ser Hombre; Ella posee esa conciencia plena de que su Hijo, es Hijo, del Padre; Hijo que está naciendo permanentemente del Padre y que nace de Ella. Esta es la simultaneidad que une eternidad y tiempo.
Soy hijo de estos padres, de esta tierra, de este tiempo, y a la vez, por la gracia del Verbo encarnado, por la inmersión en su Pascua, estoy naciendo del Padre, en su dimensión de eternidad.
Vertientes diferentes y convergentes en el ser y ha de ser una constante en el corazón del cristiano cada vez más contemplativo: ser siendo de la eternidad y del tiempo. Así se puede ser ¿no feliz? ¿no amado? La vida verdadera aparece en este mundo por el Verbo; él es la Puerta de acceso al tú del Padre y al tu humano; su mirada es nuestra mirada inmersa en el tiempo desde la eternidad. Por el Sí de Dios, el sí de María, el “sí sacramental”, nos abrimos a estas posibilidades: siendo finito en la historia se es ser eterno para mi hoy y el ahora de Dios.
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