Las congregaciones religiosas dedicadas a la educación han sido
fundadas con el propósito de “incluir” a los más pobres y abandonados
en los servicios educativos, ¿y cuál es la realidad actual? Que somos “excluyentes”
en parte, o al menos corremos el peligro de serlo.
De un tiempo a esta parte se viene manejando en los ambientes
sociales, pastorales y educativos el término “exclusión”. Se
ha hecho famoso, por ejemplo, en Brasil y otros países
latinoamericanos el llamado “grito de los excluídos”, una
celebración anual reivindicativa.
Pero...,¿qué es la exclusión?, ¿quiénes son los excluidos?,
¿qué tiene que ver todo esto con la educación? Ensayamos una
respuesta.
LA EXCLUSIÓN, MÁS ALLÁ DE LA MARGINACIÓN
Pobres siempre hubo; y los habrá. Hasta Jesucristo lo anunció: “Pobres
siempre tendrán entre ustedes”. Pero la pobreza –una pobreza
digna que no es miseria- no excluye de la participación en la vida
social, cultural y política. El que es “solamente” pobre puede
vivir perfectamente integrado en la sociedad y ser plenamente feliz,
ya que la felicidad no radica en el tener sino en el ser. Ser pobre,
así nomás, no sería una desgracia; con el evangelio en la mano,
la desgracia es más bien ser rico, mientras que el ser pobre se
presenta como una opción de vida que lleva a la felicidad
(recordemos las bienaventuranzas).
Los brasileños, según creo, patentaron una expresión más
sangrante: “los empobrecidos”. Si uno es pobre por opción
personal no hay problema; el problema son aquellos centenares de
millones de hermanos nuestros que son pobres no porque lo desean,
sino porque han sido impelidos y obligados a serlo, porque han sido
despojados y expoliados de bienes (culturales y materiales,
espirituales y económicos) que les pertenecían o a los que tenían
derecho. El “empobrecimiento” de gran parte de la población
humana es un inconfesado pecado social y político del que todavía
no nos hemos arrepentido suficientemente, por el que no nos hemos
dolido y para el que no hemos hecho propósito de enmienda.
Pero más grave todavía que el empobrecimiento es la
marginación; el marginado –la misma palabra lo indica- es el que
vive al margen de la sociedad, o en los márgenes del territorio
social. Es el que se ubica –o lo ubican- lejos del centro (centro
de decisiones, centro de poder, centro de distribución de
bienes...). El marginado es un ladeado, rechazado, arrinconado...
Pero se reconoce su existencia, aunque sea para lamentarla, lo cual
no es poca cosa. Por decirlo así, todavía está en el censo.
En efecto, hay algo más doloroso más allá de la marginación:
es la exclusión. Excluído es aquél que no cuenta para nada; no es
rechazado, sino ignorado; al excluido no se le enfrenta ni se le
escupe en la cara, sino que se le fustiga con el látigo de la
indiferencia. No está dentro del cuerpo social ni vive en los
márgenes de la sociedad, sino fuera de ella: en una palabra, “no
existe” para los demás, para el sistema.
Aunque es pensable un marginado o excluído forrado de plata
(estaría al margen por motivos no económicos, sino raciales,
culturales, religiosos, por ejemplo), sin embargo lo más normal es
que el empobrecimiento se acentúe hasta llegar a ser miseria y que
ésta conduzca a la marginación, la cual se extrema en la
exclusión. Dicho de otra forma: que “a perro flaco, todo son
pulgas”, y que pobreza, marginación y exclusión son realidades
que suelen presentarse juntas y acumuladas en determinadas personas.
PERO, ¿EXISTEN LOS EXCLUIDOS?
Ciertamente. En nuestro país existen decenas de miles de niños
(y en el mundo millones) que no han sido inscritos en el registro
civil; no existen, pues, civilmente, y son candidatos fatalmente
destinados a ser comercializados con facilidad en el tráfico de “adopciones”
y de órganos, a ser prostituidos y hechos objeto en el “turismo
sexual”, a ser reclutados como “niños-soldado”, a
convertirse, de una u otra forma, en “desaparecidos”.
En el mundo hay 246 millones de niños que trabajan y no deberían
hacerlo, y que son víctimas de explotación, de abusos y de
maltrato infantil.
Y son muchos más los excluídos “parciales” (niños, jóvenes
y adultos), que se ven fuera del sistema educativo, o de los
servicios sanitarios, o de los circuitos comerciales y productivos,
o de las decisiones políticas...
Este es nuestro mundo: una máquina que produce algunos ejemplares
y piezas casi perfectas... al precio de alfombrar los suelos de “desechos
humanos”, de “personas sobrantes”, de “basura humana”.
Y NUESTRA EDUCACIÓN CATÓLICA, ¿CÓMO ENTRA EN ESTO?
De lleno. Las congregaciones religiosas dedicadas a la educación
han sido fundadas con el propósito de “incluir” a los más
pobres y abandonados en los servicios educativos, es decir, de hacer
llegar la educación allí donde no llegaba; su objetiro era, pues,
superar la exclusión, aunque no se utilizase esta palabra. Repasen
si no la vida de San José de Calasanz, de La Salle, de Champagnat,
de Don Bosco y otros tantos. Y las escuelas parroquiales y
diocesanas, ¿nacieron acaso con propósito de lucro?
¿Y cuál es la realidad actual? Que somos “excluyentes” en
parte, o al menos corremos el peligro de serlo. Vamos a analizar la
cuestión para descubrir a través de qué mecanismos estamos
provocando “exclusión” en lugar de incluir.
-Exclusión económica: aquellos centros educativos que, por no
tener subvención del Estado –o aun teniéndola- se ven obligados
a cobrar una cierta cuota mensual, automáticamente están
excluyendo a muchas familias que no están en condiciones de
pagarla. No es culpa de los centros, pero el resultado es que sólo
pueden admitir a los hijos de una élite económica.
-Exclusión cultural: el examen de ingreso (a veces aplicado a
niños de 4 ó 5 años) es un método que deja fuera a los que
familiarmente están menos pertrechados, a las familias de más bajo
nivel.
-Exclusión académica: aquellos colegios que no admiten a alumnos
aplazados, aunque tienen buenas razones para sostener dicha medida,
están haciendo una selección de los mejores en rendimiento.
-Exclusión conductual: dejar fuera a los de mala conducta es, a
veces, inevitable, pero ciertamente se convierte también en un
canal de exclusión.
Ciertamente que, seleccionando a las familias mejor dotadas
económicamente, a los mejores profesores (porque se les paga
mejor), a los alumnos de mejor perfil intelectual y de mejor
comportamiento, se obtendrán mejores resultados... para los que
tienen la suerte de disfrutarlos. Pero..., ¿qué pasa con todos los
niños y adolescentes que van quedando fuera, que van siendo
excluídos por uno u otro motivo o por varios?
¿QUÉ HACER?
No es fácil remar en contra de esta situación que a muchos
colegios católicos se les impone, aun contra su voluntad. Todos
quisiéramos tener subvención estatal suficiente como para eliminar
la cuota o reducirla a un mínimo asequible hasta para los más
pobres. Así sucede en muchos países, en los que la educación
católica está al alcance de cualquiera porque el Estado se hace
cargo del costo de todo el Sistema Educativo, sea éste gestionado
públicamente o por privados.
Pero ya que eso es más o menos utópico por ahora en nuestro
país, al menos se pueden tomar algunas medidas que promuevan la “inclusividad”
y palíen la exclusión producida por las causas más arriba
citadas. Ahí van algunas:
-Establecer cuotas diferenciadas, de manera que el que pueda más,
pague más, y el que pueda menos, pague menos.
-Arbitrar sistemas de descuentos, reducciones de cuotas y becas o
semibecas, alimentándolos con fondos de solidaridad.
-Dar un seguimiento cercano y atento a los alumnos “problemáticos”
en cuanto a comportamiento, de manera que sea mínimo el número de
alumnos a los que se les pide un cambio de ambiente.
-Eliminar cualquier examen de ingreso de tipo selectivo o
eliminatorio, especialmente si se trata de educación infantil o
educación escolar básica. Establecer otros criterios de admisión:
los hermanos de quienes ya son alumnos, los que viven cerca del
colegio, los hijos de exalumnos, etc.
-Implicar a los compañeros, padres y profesores en la
recuperación y motivación de los alumnos “retrasados”
académicamente o “problemáticos” en conducta.
-Favorecer la integración y la cooperación como ambiente y
método de aprendizaje, no tanto la competitividad.
-Prestar atención a la familia y promover su estabilidad, ya que
los problemas surgen y se acentúan en familias desestructuradas.
-Organizar grupos de estudio y de apoyo escolar para los
rezagados.
-Capacitar a los profesores para la tarea de animación y
motivación del proceso educativo, exigiéndonos ser no sólo
docentes sino, sobre todo, educadores.
-Insistir en dotar a los alumnos de una buena metodología de
estudio y de una actitud de responsabilidad social.
-...
HACIA UNA EDUCACIÓN COMPENSATORIA
La idea de que todos los niños parten en la vida en igualdad de
condiciones es una ilusión utópica. El niño que nace en la
campaña tiene ya, por ese solo hecho, un cúmulo de desventajas con
respecto al que nace y vive en la ciudad, al menos en lo que a
educación y salud se refiere. No es lo mismo crecer en un hogar de
padres con título universitario que en otro en el que los
progenitores son analfabetos. No rinde igual un niño bien
alimentado que otro subalimentado, uno sano que otro enfermo.
No está en las manos del educador suprimir esas diferencias
sociales y culturales, pero sí depende de él acentuarlas o
atenuarlas.
Llamamos aquí “educación compensatoria” (más allá del
significado técnico que pueda tener) a todas aquellas medidas que
se pueden y deben tomar en el ámbito educativo para disminuir,
atenuar o eliminar las desventajas con que algunos alumnos enfrentan
su paso por la escuela. Dichas medidas van desde procurar un
complemento alimenticio a quien lo necesita (el famoso “vaso de
leche”) hasta organizar grupos de refuerzo escolar o tener
profesores para atención especial a ciertos alumnos.
Nuestros centros deben organizarse, pues, si quieren ser
incluyentes y no favorecer la exclusión, en dos direcciones:
-Eliminar o disminuir los factores de exclusión que se dan en el
mismo sistema educativo y, particularmente, en nuestros centros.
-Promover iniciativas positivas de compensación para con aquellos
alumnos que se ven afectados por diversas formas de exclusión o en
peligro de ella.
Este año, proclamado por la Conferencia Episcopal Paraguaya como
“Año de la Solidaridad”, es una excelente oportunidad para que
cada uno de nuestros centros de educación católica, desde la
Universidad hasta los Jardines de Infancia, hagan un buen examen de
conciencia y una profunda revisión de su estructura, organización
y métodos, porque una escuela que excluye no es una escuela
cristiana.