Escuela católica, escuela incluyente

Cristóbal López

Las congregaciones religiosas dedicadas a la educación han sido fundadas con el propósito de “incluir” a los más pobres y abandonados en los servicios educativos, ¿y cuál es la realidad actual? Que somos “excluyentes” en parte, o al menos corremos el peligro de serlo.

De un tiempo a esta parte se viene manejando en los ambientes sociales, pastorales y educativos el término “exclusión”. Se ha hecho famoso, por ejemplo, en Brasil y otros países latinoamericanos el llamado “grito de los excluídos”, una celebración anual reivindicativa.
Pero...,¿qué es la exclusión?, ¿quiénes son los excluidos?, ¿qué tiene que ver todo esto con la educación? Ensayamos una respuesta.
LA EXCLUSIÓN, MÁS ALLÁ DE LA MARGINACIÓN
Pobres siempre hubo; y los habrá. Hasta Jesucristo lo anunció: “Pobres siempre tendrán entre ustedes”. Pero la pobreza –una pobreza digna que no es miseria- no excluye de la participación en la vida social, cultural y política. El que es “solamente” pobre puede vivir perfectamente integrado en la sociedad y ser plenamente feliz, ya que la felicidad no radica en el tener sino en el ser. Ser pobre, así nomás, no sería una desgracia; con el evangelio en la mano, la desgracia es más bien ser rico, mientras que el ser pobre se presenta como una opción de vida que lleva a la felicidad (recordemos las bienaventuranzas).
Los brasileños, según creo, patentaron una expresión más sangrante: “los empobrecidos”. Si uno es pobre por opción personal no hay problema; el problema son aquellos centenares de millones de hermanos nuestros que son pobres no porque lo desean, sino porque han sido impelidos y obligados a serlo, porque han sido despojados y expoliados de bienes (culturales y materiales, espirituales y económicos) que les pertenecían o a los que tenían derecho. El “empobrecimiento” de gran parte de la población humana es un inconfesado pecado social y político del que todavía no nos hemos arrepentido suficientemente, por el que no nos hemos dolido y para el que no hemos hecho propósito de enmienda.
Pero más grave todavía que el empobrecimiento es la marginación; el marginado –la misma palabra lo indica- es el que vive al margen de la sociedad, o en los márgenes del territorio social. Es el que se ubica –o lo ubican- lejos del centro (centro de decisiones, centro de poder, centro de distribución de bienes...). El marginado es un ladeado, rechazado, arrinconado... Pero se reconoce su existencia, aunque sea para lamentarla, lo cual no es poca cosa. Por decirlo así, todavía está en el censo.
En efecto, hay algo más doloroso más allá de la marginación: es la exclusión. Excluído es aquél que no cuenta para nada; no es rechazado, sino ignorado; al excluido no se le enfrenta ni se le escupe en la cara, sino que se le fustiga con el látigo de la indiferencia. No está dentro del cuerpo social ni vive en los márgenes de la sociedad, sino fuera de ella: en una palabra, “no existe” para los demás, para el sistema.
Aunque es pensable un marginado o excluído forrado de plata (estaría al margen por motivos no económicos, sino raciales, culturales, religiosos, por ejemplo), sin embargo lo más normal es que el empobrecimiento se acentúe hasta llegar a ser miseria y que ésta conduzca a la marginación, la cual se extrema en la exclusión. Dicho de otra forma: que “a perro flaco, todo son pulgas”, y que pobreza, marginación y exclusión son realidades que suelen presentarse juntas y acumuladas en determinadas personas.
PERO, ¿EXISTEN LOS EXCLUIDOS?
Ciertamente. En nuestro país existen decenas de miles de niños (y en el mundo millones) que no han sido inscritos en el registro civil; no existen, pues, civilmente, y son candidatos fatalmente destinados a ser comercializados con facilidad en el tráfico de “adopciones” y de órganos, a ser prostituidos y hechos objeto en el “turismo sexual”, a ser reclutados como “niños-soldado”, a convertirse, de una u otra forma, en “desaparecidos”.
En el mundo hay 246 millones de niños que trabajan y no deberían hacerlo, y que son víctimas de explotación, de abusos y de maltrato infantil.
Y son muchos más los excluídos “parciales” (niños, jóvenes y adultos), que se ven fuera del sistema educativo, o de los servicios sanitarios, o de los circuitos comerciales y productivos, o de las decisiones políticas...
Este es nuestro mundo: una máquina que produce algunos ejemplares y piezas casi perfectas... al precio de alfombrar los suelos de “desechos humanos”, de “personas sobrantes”, de “basura humana”.
Y NUESTRA EDUCACIÓN CATÓLICA, ¿CÓMO ENTRA EN ESTO?
De lleno. Las congregaciones religiosas dedicadas a la educación han sido fundadas con el propósito de “incluir” a los más pobres y abandonados en los servicios educativos, es decir, de hacer llegar la educación allí donde no llegaba; su objetiro era, pues, superar la exclusión, aunque no se utilizase esta palabra. Repasen si no la vida de San José de Calasanz, de La Salle, de Champagnat, de Don Bosco y otros tantos. Y las escuelas parroquiales y diocesanas, ¿nacieron acaso con propósito de lucro?
¿Y cuál es la realidad actual? Que somos “excluyentes” en parte, o al menos corremos el peligro de serlo. Vamos a analizar la cuestión para descubrir a través de qué mecanismos estamos provocando “exclusión” en lugar de incluir.
-Exclusión económica: aquellos centros educativos que, por no tener subvención del Estado –o aun teniéndola- se ven obligados a cobrar una cierta cuota mensual, automáticamente están excluyendo a muchas familias que no están en condiciones de pagarla. No es culpa de los centros, pero el resultado es que sólo pueden admitir a los hijos de una élite económica.
-Exclusión cultural: el examen de ingreso (a veces aplicado a niños de 4 ó 5 años) es un método que deja fuera a los que familiarmente están menos pertrechados, a las familias de más bajo nivel.
-Exclusión académica: aquellos colegios que no admiten a alumnos aplazados, aunque tienen buenas razones para sostener dicha medida, están haciendo una selección de los mejores en rendimiento.
-Exclusión conductual: dejar fuera a los de mala conducta es, a veces, inevitable, pero ciertamente se convierte también en un canal de exclusión.
Ciertamente que, seleccionando a las familias mejor dotadas económicamente, a los mejores profesores (porque se les paga mejor), a los alumnos de mejor perfil intelectual y de mejor comportamiento, se obtendrán mejores resultados... para los que tienen la suerte de disfrutarlos. Pero..., ¿qué pasa con todos los niños y adolescentes que van quedando fuera, que van siendo excluídos por uno u otro motivo o por varios?
¿QUÉ HACER?
No es fácil remar en contra de esta situación que a muchos colegios católicos se les impone, aun contra su voluntad. Todos quisiéramos tener subvención estatal suficiente como para eliminar la cuota o reducirla a un mínimo asequible hasta para los más pobres. Así sucede en muchos países, en los que la educación católica está al alcance de cualquiera porque el Estado se hace cargo del costo de todo el Sistema Educativo, sea éste gestionado públicamente o por privados.
Pero ya que eso es más o menos utópico por ahora en nuestro país, al menos se pueden tomar algunas medidas que promuevan la “inclusividad” y palíen la exclusión producida por las causas más arriba citadas. Ahí van algunas:
-Establecer cuotas diferenciadas, de manera que el que pueda más, pague más, y el que pueda menos, pague menos.
-Arbitrar sistemas de descuentos, reducciones de cuotas y becas o semibecas, alimentándolos con fondos de solidaridad.
-Dar un seguimiento cercano y atento a los alumnos “problemáticos” en cuanto a comportamiento, de manera que sea mínimo el número de alumnos a los que se les pide un cambio de ambiente.
-Eliminar cualquier examen de ingreso de tipo selectivo o eliminatorio, especialmente si se trata de educación infantil o educación escolar básica. Establecer otros criterios de admisión: los hermanos de quienes ya son alumnos, los que viven cerca del colegio, los hijos de exalumnos, etc.
-Implicar a los compañeros, padres y profesores en la recuperación y motivación de los alumnos “retrasados” académicamente o “problemáticos” en conducta.
-Favorecer la integración y la cooperación como ambiente y método de aprendizaje, no tanto la competitividad.
-Prestar atención a la familia y promover su estabilidad, ya que los problemas surgen y se acentúan en familias desestructuradas.
-Organizar grupos de estudio y de apoyo escolar para los rezagados.
-Capacitar a los profesores para la tarea de animación y motivación del proceso educativo, exigiéndonos ser no sólo docentes sino, sobre todo, educadores.
-Insistir en dotar a los alumnos de una buena metodología de estudio y de una actitud de responsabilidad social.
-...
HACIA UNA EDUCACIÓN COMPENSATORIA
La idea de que todos los niños parten en la vida en igualdad de condiciones es una ilusión utópica. El niño que nace en la campaña tiene ya, por ese solo hecho, un cúmulo de desventajas con respecto al que nace y vive en la ciudad, al menos en lo que a educación y salud se refiere. No es lo mismo crecer en un hogar de padres con título universitario que en otro en el que los progenitores son analfabetos. No rinde igual un niño bien alimentado que otro subalimentado, uno sano que otro enfermo.
No está en las manos del educador suprimir esas diferencias sociales y culturales, pero sí depende de él acentuarlas o atenuarlas.
Llamamos aquí “educación compensatoria” (más allá del significado técnico que pueda tener) a todas aquellas medidas que se pueden y deben tomar en el ámbito educativo para disminuir, atenuar o eliminar las desventajas con que algunos alumnos enfrentan su paso por la escuela. Dichas medidas van desde procurar un complemento alimenticio a quien lo necesita (el famoso “vaso de leche”) hasta organizar grupos de refuerzo escolar o tener profesores para atención especial a ciertos alumnos.
Nuestros centros deben organizarse, pues, si quieren ser incluyentes y no favorecer la exclusión, en dos direcciones:
-Eliminar o disminuir los factores de exclusión que se dan en el mismo sistema educativo y, particularmente, en nuestros centros.
-Promover iniciativas positivas de compensación para con aquellos alumnos que se ven afectados por diversas formas de exclusión o en peligro de ella.
Este año, proclamado por la Conferencia Episcopal Paraguaya como “Año de la Solidaridad”, es una excelente oportunidad para que cada uno de nuestros centros de educación católica, desde la Universidad hasta los Jardines de Infancia, hagan un buen examen de conciencia y una profunda revisión de su estructura, organización y métodos, porque una escuela que excluye no es una escuela cristiana.
 

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