Pocos pensadores españoles han ejercido tanto influjo en las
generaciones jóvenes como Don Miguel de Unamuno. Literato,
filólogo, filósofo, político... sobre todo hombre de una pieza.
Su vida será un drama continuo, un "sentimiento trágico"
de vivir desviviéndose, de desesperación esperanzada, de soñar
despierto, de morir resucitando... Una vida rica en experiencias,
sedienta de verdad, anárquica y mística... Una terrible lucha
entre el ser y el querer ser que asume desde la aventura quijotesca
al drama interno de Segismundo... Todo menos estar con los brazos
cruzados. Don Miguel no puede callar, no puede contener su fértil
vida interior y agitará ruidosamente las mentes de sus
contemporáneos. Todo su ser está saturado de lo religioso, del
más allá.
El drama de su vivir encarna como pocos el de la presente
generación. Don Miguel perteneció en su juventud a la
Congregación Mariana de los Luises, de la que fue Secretario. En
algún momento llegó a pensar hacerse sacerdote. La Universidad
arrancará de cuajo sus creencias y le llevará a una situación
pendular entre el creer y el no-creer: "Soy hereje de todas las
herejías". Por ello, quien se acerca a él buscando respuestas
saldrá defraudado. Su fuerte responsabilidad era un buzón gigante
de preguntas, de interrogantes: "os quiero inquietos de no
estar inquietos".
Ya en Salamanca, después de haberse confesado ateo, republicano,
socialista, sigue con sus inquietudes. Charla con el P. Arintero...
Una noche no puede dormir: ha escuchado penetrante la voz del Salmo:
¡Si hoy escucháis su voz (de Dios), no endurezcáis vuestro
corazón! ¿Endureció Don Miguel su corazón? Quizás en ocasiones.
Lo que nos acerca a la intimidad de su persona es su Diario
íntimo, donde confiesa en silencio y a solas. En un arranque de
sinceridad, nos hace la confidencia siguiente:
"He llegado hasta el ateísmo intelectual, hasta imaginar un
mundo sin Dios, pero ahora veo que siempre conservé una oculta fe
en la Virgen María. En momentos de apuro, se me escapa
maquinalmente esta exclamación: "María, Madre de
Misericordia, favoréceme". Llegué a imaginar un poemita de un
hijo pródigo, que abandona la religión materna. Al dejar este
hogar del espíritu sale hasta el umbral la Virgen y allí le
despide llorosa, dándole instrucciones para el camino. Decuando en
cuando vuelve el pródigo su vista y allá, en el fondo del largo y
polvoriento camino que por un lado se pierde en el horizonte ve a la
Virgen, de pie en el umbral, viendo marchar al hijo. Y cuando al
cabo vuelve cansado y deshecho encuentra que le está esperando en
el umbral del viejo hogar y le abre los brazos, para entrarle en él
y presentarla al Padre.
María es de todos los misterios, el más dulce. La mujer es la
base de la tradición en las sociedades, es la calma en la
agitación, el reposo en las luchas. La Virgen es la sencillez, la
ternura.
De mujer nació el Hombre Dios, de la calma de la humanidad, de su
sencillez.
Se oye blasfemar de Dios y de Cristo y mezclarlos a sucias
expresiones, de la Virgen no se oye blasfemar. Dijo Cristo que los
pecados contra Él se perdonarían, pero no los pecados contra el
Espíritu Santo, y pecado de los mayores contra el Espíritu Santo
es insultar a su Esposa y blasfemar de ella.
Sedes sapientiae. Así, sapientiae, no scientiae. Asiento de la
sabiduría. María, misterio de humildad y de amor, es el asiento de
toda sabiduría. Pasan imperios, teorías, doctrinas, glorias,
mundos enteros y quedan en pie la eterna calma, la eterna
virginidad, y la eterna maternidad, el misterio de la pureza y el
misterio de la fecundidad. Sedes sapientiae; ora pro nobis...
Cristo está aun muy alto; aparece a los débiles casi
inasequible. A Él se va por María, la humilde y obediente.
La eterna Sabiduría, el Verbo, el Verbo que era en el principio
de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, la Razón divina
que presidió a la Creación, encarnó en una mujer, en una simple
mujer, en María. Su mérito fue la humildad, la perfecta humildad,
la obediencia, ecce ancilla Domini".
Vemos a María acercando corazones a Dios. Unamuno se consagró a
ella de joven, la Virgen se consagró a él pese a su abandono y le
ayudará en todos los momentos difíciles, como Don Miguel mismo nos
confiesa.
Al pasar por el santuario de la Virgen del Camino, en León, le
dedicó este poema:
Oh alma sin hogar, alma andariega,
que duermes al hostigo a cielo raso,
trillando los senderos al acaso,
bajo la fe de una esperanza ciega.
Ese cielo, tu padre que te niega
paz y reposo, bríndate al ocaso
roja torre de nubes, en que el vaso
que ha de aplacar tu sed al fin te entrega.
Una noche, al pasar, en una ermita
te acogiste a dormir; sueño divino
bajó a tus ojos desde la bendita
sonrisa de la Virgen del Camino,
y ese sueño es la estrella en que está escrita
la cifra en que se encierra tu destino.
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