Parece que la historia de la humanidad es una historia de rupturas. Los
desgarramientos van hasta la entraña humana: la muerte.
“Sólo porque Dios y el hombre se encuentran así en una
situación fundada por Dios, puede unificarse en Cristo la fidelidad
divina hacia el hombre y la fidelidad humana hacia Dios, de modo
entitativo y definitivamente indisoluble” (Hans Urs von
Balthasar).
Parece que la historia de la humanidad es una historia de
rupturas. Los desgarramientos van hasta la entraña humana: la
muerte.
El libro del Génesis con sus pasajes de etiología narrativa y
bajo su carácter paradigmático o modélico, pone el dedo en la
llaga: la ruptura en la pareja (Gn 3). Después de la creación, de
la armonía paradisíaca, cuando la vida se entiende comunión de
existencias entre el hombre, la mujer y el mismo Dios, se admite la
duda a la palabra del Señor, por instigación del demonio; no le
dan esa plena fe-obediencia. Por eso cada cual se justifica sin
atender al otro; se pretendió ser fuente absoluta de lo bueno y de
lo malo en la disociación de religión y moral, común en los
paganismos de ayer y la cultura neopagana de hoy. Bajo este criterio
se podría seguir cierto posicionamiento religioso sin que afectara
directamente al comportamiento moral, lo cual es una aberración.
La Ruptura entre hermanos (Gn 4,1-8). Las desviaciones de los
padres florecen en el hijo. Si cada cual se justifica, no existe esa
apertura al otro, a pesar de tener los mismos padres: “¿Quién me
ha constituido guardián de mi hermano?”. Cuando no existe la
referencia a la paternidad de Dios, el hermano será un extraño.
Así en Caín contra Abel, o el Israel infiel contra Cristo- en
comentario de Edith Stein en referencia a la persecución Nazi-.
La Ruptura entre pueblos (Gn 11,1-9). La ambición de poder lleva
a los jefes de las naciones a emprender obras gigantescas fruto del
orgullo en las sociedades de cultura materialista. Constructores de
megápolis donde el ser humano pierde su identidad; expresión de la
voluntad indiscriminada de poder que impide el diálogo entre los
grandes; constructores de maquinaria bélica para tocar el cielo
desde las montañas de cadáveres, para ser ,sí, dioses, pero de la
muerte. Babel de ayer, Babel de hoy, confusión en las sociedades
capitalistas cuyos ciudadanos pierden dramáticamente el sentido de
la vida y llegan a ser también peldaños del abismo. Por eso, el
“Hombre en busca de sentido” de Viktor Franckl.
Pero Dios no nos abandona a nuestra suerte, aunque seamos necios.
Nuestra carrera enloquecida de rupturas de las cuales somos
testigos día a día, en las rupturas de pareja que destruyen la
familia o destruyen la comunión de la familia humana; han sido
víctimas de sus propias justificaciones. Cuando se enfrentan los
hermanos de la misma estirpe por herencias y se acumulan los odios
que nacen en los procesos semi-inconcientes de egoísmo, o de la
misma raza o por diferencias ideológicas; cuando eres testigo de la
“madre de todas las batallas” bajo un estilo holliwoodense para
justificar una economía de guerra, está en contrapartida, el
estilo francamente divino: Dios ha querido superar toda ruptura por
medio de la alianza.
Así lo hizo con Abrán -padre excelso-, quien será por su
fe-obediencia, nuestro Padre en la fe -alianza individual-, Abrahán
-padre de multitud de pueblos; porque creyó, ofreció
existencialmente su corazón a Dios; porque creyó no se quejó, -
en afirmación de Kierkergaard-, ni dudó lo más mínimo, aunque
pasó por las cañadas oscuras de la vida: “sacrifícame a tu hijo
Isaac”.
Hará alianza con Moisés -alianza con su pueblo-. Le revela su
nombre “Yo soy el que soy”, con el sentido de estar o
acompañar; le ofrece el código de honor, los mandamientos, como
plataforma necesaria para edificar una sociedad justa y sella el
pacto con sangre de becerros. Con los profetas se anuncia una
alianza interior.
Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envía a su “Hijo
nacido de mujer” para superar de una vez por todas y para siempre
las rupturas. Alianza que sintetiza y supera de manera sorprende las
anteriores alianzas. En virtud de la encarnación, Dios-Verbo se une
con todo el hombre. En su entrega nos revelará que ese Dios Yahvéh
es Amor. En un acto profético -un “ot”- presencializa su
entrega sacrificial por medio de la Eucaristía; ésta es la nueva,
eterna y definitiva alianza. Desde ella la pareja, los hermanos y
los pueblos pueden superar toda ruptura. Este es el estilo de Dios.
En su entrega somos involucrados para amar como El y sufrir como El,
y así, construir la “Ciudad de los humanos”, como escribe Mons.
Pedro Casaldáliga.
¿No será posible superar las rupturas desde la Alianza, empeñados
en hacerlo tercamente desde el compromiso de aumentar la dicha del
otro por nuestra entrega amorosa y humilde uniendo el amor y las
bienaventuranzas en un sí al hermano, según la lógica divina? Ese
es el reto de ayer y de hoy.
Las rupturas se superan desde el sí dialógico de la Alianza, sin
esperar nada y darse del todo, a lo divino, desde y con el Siervo
Doliente constituido Luz de las naciones, Lumen gentium.