La pastoral de los obispos vascos sigue trayendo cola. Sus comentarios,
en los diversos medios, va a dar tema de conversación y controversia para
rato.
La pastoral de los obispos vascos sigue trayendo cola. Sus
comentarios, en los diversos medios, va a dar tema de conversación y
controversia para rato. Es natural. En estas circunstancias sería
buena cosa escuchar, no sólo a los conspicuos profesionales de los
medios, a los políticos, a los hombres de Iglesia o a los
oportunistas pescadores de río revuelto, sino escuchar también, con
la máxima atención, la voz del hombre de la calle. Normalmente, en
la voz del pueblo llano, desprovista casi siempre de sutilezas,
florituras o complicados razonamientos, hallamos una veta impagable de
sinceridad y veracidad.
Es este el caso de lo que, gran parte del pueblo, piensa y habla
respecto al tratamiento que la más alta Jerarquía de la Iglesia
debería tener con los obispos vascos.
En la mente de todos está la llamada al Vaticano de los obispos
americanos, en el caso de los abusos a menores. El Papa, personalmente
,por el bien de toda la Iglesia americana, tomó cartas en el asunto,
cortó por lo sano y zanjó la vidriosa situación.
El pueblo español ahora se pregunta: ¿No sería bueno que Juan
Pablo II convocara a Roma a los 3 obispos de Vasconia, al nuncio y al
presidente de la C.E.E., monseñor Rouco, para reconducir la delicada
situación, antes de que degenere y se deteriore con el paso del
tiempo para bien de la entera comunidad eclesial?.
Esta medida sería bien aceptada, sin agravios comparativos,
produciría paz y sosiego en la Iglesia y en el pueblo español,
mayoritariamente católico y disiparía toda duda de que dentro de la
Iglesia hay quien en medio de sus achaques, sigue llevando con mano
firme el timón de la misma con entera lucidez y entereza.