Dios y el hecho religioso, una presencia viva en el munidal de fútbol

Ignasi Miranda

Este torneo, la manifestación deportiva más importante del mundo junto con los Juegos Olímpicos, incide claramente en la práctica, las costumbres y también los valores de los creyentes.

El Mundial de fútbol que se está disputando desde el 31 de mayo en
Japón y Corea del Sur es un nexo de unión para millones de personas
que, por todo el mundo, dedican horas de su tiempo a seguir
detalladamente las incidencias deportivas de una competición con 32
selecciones nacionales implicadas. Ahora ya han debutado todos los
equipos y los aficionados han recibido un primer estímulo, en unos
casos desde la pasión por sus jugadores y en otros, simplemente por un
simple placer por el deporte rey en la mayoría de países del mundo. Más
allá de estos hechos, sin embargo, el Campeonato del Mundo genera toda
una serie de resonancias sociales, entre ellas la promoción de unos
valores y también la transmisión de un mensaje de diálogo
interreligioso. Este torneo, la manifestación deportiva más importante
del mundo junto con los Juegos Olímpicos, incide claramente en la
práctica, las costumbres y también los valores de los creyentes.

La misma ceremonia inaugural que Seúl acogió el viernes 31 de mayo fue
una verdadera ventana de los valores positivos de la cultura oriental,
que tiene una personalidad a menudo desconocida o incluso aislada del
mundo occidental y cristiano en general. Las coreografías, danzas,
mosaicos y otros espectáculos transmitieron la tranquilidad y el
espíritu de juego limpio que tienen los ciudadanos del Asia más
oriental. De hecho, todo el acto se convirtió, durante los tres cuartos
de hora que duró, en un canto a la paz entre los pueblos del mundo.
Quizás esta dimensión del pueblo asiático, vinculado a religiones y
filosofías en principio muy distintas a la cristiana, no es tenida lo
suficiente en cuenta por el resto del planeta.

Pero hay muchos otros detalles. Por ejemplo, durante el partido Japón-
Bélgica, que era el debut de uno de los dos equipos anfitriones del
Mundial, el árbitro anuló injustamente un gol del equipo local a 3
minutos del final y cuando el marcador era de 2-2. ¿Os imagináis qué
habría pasado si esta incidencia se produjera, por ejemplo, durante un
Brasil-Argentina en Rio de Janeiro, durante un España-Francia en
Sevilla o durante un Inglaterra-Rusia en Londres? Pues todo el
escándalo posible dentro de la imaginación humana se convirtió en el
gran ausente del partido Japón-Bélgica. El público, lógicamente, dio
tímidas muestras de disconformidad en ese momento de la decisión
arbitral, pero los jugadores nipones, lejos de lo que hacen otros
equipos utilizando los métodos más sucios para provocar la reacción
violenta de los aficionados, continuaron jugando deportivamente y como
si no hubiera pasado nada. Este es un ejemplo de fair-play y, sobre
todo, de valores. Porque el deporte es, sobre todo, una escuela
precisamente de valores y de convivencia. Dicen algunos que, incluso,
tendría que ser el gran sustituto de las guerras durante el siglo XXI.
Ya veremos.

Por lo tanto, este Mundial puede ser una gran lección para los a menudo
demasiado apasionados seguidores de las selecciones consideradas
clásicas en el mundo del fútbol. Seguramente el campeón no será China,
ni Japón, ni Corea del Sur, pero sus aficionados están mostrándose de
momento como los líderes indiscutibles. Y no son precisamente pocos, ya
que se ha visto que asisten en masa a los estadios. El ejemplo de un
aficionado japonés abrazándose a una seguidora belga mientras se
cambiaban las camisetas de los equipos, después de un partido donde el
árbitro robó dos puntos a los asiáticos, lo dice todo sobre lo que los
buenos aficionados al fútbol desearían ver.

Costumbres religiosas

Con las positivas noticias que hemos comentado, ya podemos decir que
Dios está presente en este Mundial donde, sin duda, conviven
cristianos, musulmanes, judíos, budistas y creyentes de otras
confesiones. Hay, sin embargo, más datos que lo ratifican, y en este
caso no siempre en los países donde se disputa la competición
deportiva. Por ejemplo, en Gran Bretaña, muchos templos anglicanos han
decidido modificar los horarios de las celebraciones litúrgicas para
que sus fieles, aficionados al fútbol casi en un cien por cien, puedan
seguir los partidos de la selección de Inglaterra.

Otra anécdota nos llega desde Madrid, en un ejemplo que fácilmente se
habrá dado en otras ciudades. La selección española debutaba el domingo
2 de junio en un partido contra Eslovenia que empezó a las 13.30, una
hora en que se está celebrando Misa en muchos templos. La cadena
televisiva Antena 3, teniendo en cuenta este dato, se acercó allí dónde
se celebraban eucaristías a las 12 del mediodía, y todas las personas a
quienes preguntaron si verían el partido por la pequeña pantalla
respondieron afirmativamente. Además, un porcentaje significativo, a
pesar de la falta de valor científico de la consulta, reconoció que
cambió la hora de participación en la Misa por el fútbol.

No son temas criticables, porque la importancia de las cosas es una
cuestión de cada persona, pero sí muestran el impacto del
acontecimiento deportivo de estos días entre millones de creyentes, en
este caso católicos o anglicanos. Volviendo a la tierra que acoge el
Mundial, hay que recordar que la organización ha pensado en los
servicios religiosos de las confesiones, un tema básico en un
territorio donde pueden llegar a concentrarse durante un mes cientos de
miles de personas llegadas de todo el mundo.

Compatibilidad y peligros

Fútbol y religiosidad se presentan, pues, como dos realidades
perfectamente compatibles que conviven en momentos como éste, de gran
repercusión social. Como pasa con todo, lo más importante es el uso que
las personas hagan de estas dos facetas. Cuestiones como el sentido de
rezar para que el equipo propio gane o la idealización excesiva que el
deporte genera en algunos países, entre los cuales se encuentran Brasil
o Argentina, representan también un peligro porque desvirtúan las dos
cosas: el fútbol y el hecho religioso. Y este tema es el que más
tendría que hacer reflexionar a aquéllos que ven en el espectáculo
deportivo un campo propicio para comportarse con violencia. Sólo hay
que recordar que, después del Mundial de Estados Unidos 1994, un
jugador colombiano fue asesinado por un aficionado porque la selección
del país había quedado eliminada en la primera fase del torneo.
Realidades duras, pero también representativas de esta otra cara del
fútbol que no queremos que se imponga.

En definitiva, el Mundial de Japón y Corea del Sur, una válvula de
escape para las preocupaciones cotidianas, no deja de ser un
espectáculo, un juego donde unos ganan y otros pierden. El juego
limpio, donde los orientales superan por goleada al resto del mundo,
muestra claramente la coherencia con unos valores. Quizás a menudo los
europeos y los occidentales querrían que todo el mundo pensase como
ellos, cuando en realidad la persona va por encima de la norma. Y el
deporte muestra, con los grandes acontecimientos, que la defensa de
unos valores absolutos no es incompatible con otras maneras de ver la
realidad de nuestro mundo y de actuar.

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