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¡Hola amigos! Estos días estamos en Reyes, Epifanía, la fiesta
de los niños que un día nacieron, y hoy, como todos los años, se
les obsequia con muchos regalos. Para vosotros no hay regalos porque
no os dejaron nacer y vivir como los demás. Estáis condenados a la
oscuridad del olvido. Por eso he decidido escribiros una carta:
¿Hace frío en vuestro nido? Cada vez que nos muestran en
televisión vuestro humeante habitáculo congelado, me tirita el
alma y se me retuerce el corazón de pena.
Sois como yo, pero muy pequeños. Vuestra masa corporal es
diminuta, pero el alma es como la mía. Todo un ser espiritual
agarrotado entre células humanas condenadas al raquitismo más
cruel.
Sois hombres y mujeres atrapados en el hielo, esperando que un
alma misericordiosa os deje ver la luz algún día, y podáis
crecer, y pensar, y llorar, y reír, y disfrutar de un mundo hecho
para todos. O tal vez estéis pidiendo a gritos que os dejen morir
en paz, ¡que ya está bien tanto juego, tanta técnica, tanta
experiencia despiadada, tanto comercio, tanto capricho...
Por si era poco ahora ya hablan de clonaros. Se veía venir. Como
parece que les ha ido bien con la oveja, y la ternera, y el mono...
Ahora ya con vosotros. Y mañana con nosotros. Y todo dicen que es
para bien.
Bien, ¿para quién? Para vosotros no, desde luego. Sacrificar a
seres humanos para salvar a seres humanos, parece una
contradicción. Pero eso ya ha ocurrido en otras épocas que
considerábamos superadas. ¡Cuantos seres humanos han tenido que
sacrificar su vida para que vivieran unos pocos! Todos los
exterminios, todas las guerras, todas las esclavitudes, todos los
crímenes, todos los abusos, toda la hambruna que padecen millones
de personas hoy, todos abortos para tapar pecados o amparar
egoísmos, toda explotación, todo racismo, nacionalismo,
xenofobia... ¡Para qué seguir!
Los que tenemos la dicha de vivir buscamos nerviosos parcelas de
poder, de diversión, de placer, de dominio... Todo nos parece poco.
El mundo se debate en una carrera desenfrenada hacia ningún sitio.
Nos ensordece el ruido del progreso y el ocio.
Y mientras tanto vosotros estáis condenados al silencio del
frío, con el cuerpo y el alma congelados de tristeza y decepción
por quienes os privan de vivir la vida que tenéis. Y cuando
destapan vuestra cárcel de hielo, me parece oír miles de voces que
nos gritan: -¡dejadnos compartir el calor de la vida!
Esto puede parecer a muchos un cuento. Pero piensa, amigo lector,
que un día tú y yo fuimos embriones que una buena madre nos dejó
crecer al calor de su corazón. Si no evitamos que la ciencia se
deshumanice, estaremos todos condenados a vivir en un mundo donde el
corazón congelado ya no podrá amar, y padeceremos el eterno
invierno de una muerte prematura.
¡Ojalá vosotros, los que vivís en el frío, podáis tomar
alguna vez las riendas de la humanidad, y nos enseñéis a vivir
como hijos de Dios, con el corazón caliente!
¡Que buena fiesta de Reyes habría entonces para todos! La
EPIFANIA, la manifestación de Jesús Salvador sería completa.
Habría menos frío en el mundo, al menos para vosotros.
Los Reyes de MERCABA os dejamos junto a vuestro congelador el
calor de nuestro recuerdo, y la llama viva de nuestra esperanza en
un mundo menos cruel para la vida. Un abrazo de todos los que tienen
todavía vivo el corazón.
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