La cultura de la vida

Roberto Visier

Para un cristiano el grito: "¡Cristo ha resucitado, aleluya!" significa que la vida ha vencido a la muerte: "¡Qué victoria tan grande! La muerte ha sido devorada. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

Mientras respiramos con gran tristeza el aire sombrío de la violencia que, como efluvios mortales, a cada momento emergen de nuestras calles, no podemos menos que refugiarnos en la brisa limpia y fresca de las celebraciones de nuestra Iglesia, que nos hablan de resurrección y de vida: "yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud" (Jn. 10,10). Dios Padre Creador nos regaló la vida y nosotros no hacemos sino despreciarla, maltratarla e incluso destruirla.

¿Qué podemos hacer ante el aborto, el homicidio, el ajuste de cuentas, la delincuencia organizada, los secuestros, el abuso de menores, la prostitución, la violencia en los hogares, los niños de la calle? Los más indignante es la ineficacia de los cuerpos policiales, la apatía o anuencia del poder judicial, la casi total impunidad de los que abusan de su poder o delinquen. En verdad que provoca decir: "aquí no se puede vivir". Y sin embargo es necesario vivir, no podemos renunciar a luchar; ni siquiera podemos claudicar o pensar que no se puede hacer nada. Mucho menos unirnos a los malos aunque sólo sea con la excusa de una ineludible defensa propia.

Para un cristiano el grito: "¡Cristo ha resucitado, aleluya!" significa que la vida ha vencido a la muerte: "¡Qué victoria tan grande! La muerte ha sido devorada. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la Ley lo hacía más poderoso. Pero demos gracias a Dios que nos da la victoria por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor. Así, pues, hermanos míos muy amados, manténganse firmes y no se dejen conmover. Dedíquense a la obra del Señor en todo momento, conscientes de que con él no será estéril su trabajo" (I Cor 15,54-58). Es cierto que la victoria plena queda emplazada para la vida eterna y sobre todo para la resurrección final, pero el cristiano tiene muchos motivos para confiar en la vida, para creer en la vida, para luchar en la vida y por la vida. Dios nos creó por amor y nos hizo a su imagen. Esta es la razón más grande de la dignidad de todo hombre. Nos puso en la tierra para desempeñar una misión hermosa aunque difícil. Pero Él nos ha fortalecido e iluminado por Cristo y en Cristo que se ha convertido, desde su encarnación, en el compañero de camino del hombre. Una de esas labores primordiales para todo cristiano es precisamente promover con su palabra y sobre todo con su testimonio "la cultura de la vida". Es una visión profundamente optimista que valora la vida desde la concepción hasta la muerte natural, como un don inmenso de Dios que debe ser protegido, respetado, custodiado por encima de cualquier otro beneficio material o físico.

A pesar del ataque continuo contra la vida que padecemos, desgraciadamente protagonizado por las programaciones televisivas que deberían ser defensoras de la vida, siempre hay fundamentos sólidos para la esperanza. La gente no está contenta con la violencia y eso revela un deseo de paz. Hay mucha negatividad en el ambiente social y familiar; sin embargo cuando comparto con los niños en las escuelas, los veo reír y jugar con ilusión; cuando comparto con los jóvenes bromeo con ellos disfrutando de su alegría entusiasta. He visto también a los enfermos sonreír y llorar de alegría. Descubro en mi camino muchas personas generosas deseosas de dar algo de sí mismas, de vivir para los demás, de descubrir el designio de Dios sobre sus vidas, de dejar atrás egoísmos y errores de sus vidas (a veces muy grandes) y cambiar para bien. Veo personas que oran con fe profunda, que aman de veras y que desean entregarse. Estoy convencido de que todos podemos hacer mucho bien a nuestro alrededor: una palabra de aliento, una sonrisa sincera, un gesto de verdadera estima, una mano tendida, un corazón dispuesto a comprender y perdonar, a sacrificarse por el otro. Puede sonar muy poético, pero no olvidemos que la poesía es mucho más apta para expresar las realidades humanas interiores y profundas que los razonamientos filosóficos o científicos.

El desánimo es una tentación peligrosísima porque anula nuestra capacidad de reacción. El amor es activo e inquieto, se rebela contra la injusticia y la muerte porque cree en la vida. La perseverancia es una de las virtudes más destacadas de los triunfadores. Tengamos paciencia que es "la ciencia de permanecer en paz" (paz-ciencia), en medio de las dificultades. La paz es un don de Cristo resucitado para tenerlo es preciso ser cristiano. Gracias a Dios yo lo soy.


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