La división de los cristianos

Roberto Visier

¿Cuál es entonces la Iglesia de Jesús?
Estoy seguro de que muchas personas bien intencionadas se hacen esta pregunta, pues desean seguir las enseñanzas de Jesús y tener un camino claro. Si Jesús es el camino, la verdad y la vida (Jn.14,6) por qué andar desorientados sin saber cuál es en verdad la buena senda.

Si Jesús fundó una sola Iglesia ¿por qué hay tantas iglesias que se llaman cristianas? Si todas enseñaran en lo esencial lo mismo y hubiese entre ellas una hermandad, podrían ser caminos diversos para llegar a un mismo destino, pero si sus creencias son distintas y están enfrentadas entre sí, ¿cómo puede ser? ¿Cuál es entonces la Iglesia de Jesús?

Estoy seguro de que muchas personas bien intencionadas se hacen esta pregunta, pues desean seguir las enseñanzas de Jesús y tener un camino claro. Si Jesús es el camino, la verdad y la vida (Jn.14,6) por qué andar desorientados sin saber cuál es en verdad la buena senda. Es seguro que Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no puede querer que vivamos en la confusión. El prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt. 28,20).

Es un escándalo para el mundo no cristiano el hecho de que los cristianos estemos tan divididos, y es vivo deseo de todos los que buscamos la unidad que lleguen tiempos mejores de reconciliación entre las iglesias cristianas. Sin embargo siempre hubo divisiones en el cristianismo y siempre las habrá, aunque deseemos todos que sean las menos posibles. Así S. Pablo se indignaba justamente por la división que encontró en la iglesia de la ciudad griega de Corinto y les escribía: " Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones, que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios. Ya que uno dice: "Yo soy de Pablo", y otro: "Yo soy de Apolo", o "Yo soy de Cefas", o "Yo soy de Cristo". ¿Quieren dividir a Cristo" (I Cor. 1,10-13).

Las raíces de la división de los cristianos son algo complejas y relacionadas con problemas históricos muy concretos. Aquí sólo daremos unos criterios generales que pueden dar una luz.

Dada la dificultad para poner de acuerdo a las personas y la facilidad con que surgen nuevas opiniones y puntos de vista se hace absolutamente necesaria una autoridad. Esa autoridad es la de Cristo, pero ¿quién interpreta la voluntad de Cristo sobre las imágenes, la devoción a María, la función de los sacerdotes o pastores, los sacramentos? Lo más sencillo es confiar en la misión recibida por los apóstoles y transmitida a sus sucesores. No cambiar las cosas, seguir en lo esencial el camino de siempre, el de todos los siglos según la invitación de S. Pablo de no admitir otras doctrinas distintas: "Me sorprende que ustedes abandonen tan pronto a Aquel que según la gracia de Cristo los llamó y se pasen a otro evangelio. Pero no hay otro; solamente hay personas que tratan de dar vuelta al Evangelio de Cristo y siembran confusión entre ustedes. Pero aunque nosotros mismos o un ángel del cielo viniese a evangelizarlos en forma diversa a como lo hemos hecho nosotros, yo les digo: ¡Fuera con él!" (Gal. 1,6-8).

Es asombroso comprobar que, después de dos mil años, la Iglesia Católica, a pesar de los errores y de los pecados de sus miembros, se ha mantenido fiel a la misma doctrina sobre la Trinidad, la identidad de Cristo, los sacramentos o la estructura de gobierno (Papa, obispos, sacerdotes). Sin embargo los que la abandonaron para seguir sus propias opiniones se han dividido en cientos de iglesias con opiniones distintas sobre los mismos temas. Es lógico, las ramas separadas del milenario árbol de la Iglesia de todos los siglos, ya no participan de su savia y mucho menos las que han nacido separadas de él.

A pesar de los defectos de los hombres y de los caminos equivocados, seguidos por algunos dentro de la Iglesia Católica, no podemos ni debemos renunciar a la luz de las directrices que marca el Papa en su misión de Pastor Supremo. Juan Pablo II de modo valiente ha sabido pedir perdón por los errores del pasado, que nunca han tocado la esencia de la doctrina de la Iglesia, pues se refieren a actitudes negativas fundadas en modos de actuar o ideas propias de esos momentos históricos. El único modo de permanecer unidos es la fidelidad a la AUTORIDAD constituida. En lo civil lo llamamos Constitución democrática, en lo eclesiástico MAGISTERIO DE LA IGLESIA.


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