Héroes entre dos mundos

Roberto Fernández Iglesias

Creo que hoy la humanidad es un poco mejor que ayer, gracias también al sufrimiento de todo lo sucedido el 11 de septiembre.

Los casi tres mil muertos en las Torres Gemelas de Nueva York más las víctimas de los otros dos aviones constituyen un muestreo del mundo asimétrico y complementario en el que vivimos. Allí había hombres y mujeres. Especuladores de alto vuelo y 'sin papeles' latinos. Yuppies y turistas. Había un poco de todo eso que contiene la humanidad de hoy. Naciones, razas y religiones estuvieron representadas es ese primer holocausto del siglo XXI que nos marcó a todos con su horror. Y cuya humareda negra llenó de oscuridad nuestros televisores y recuerda el humo negro que salía de las ofrendas de Caín porque no pueden agradar a Dios los sacrificios del los que matan al hermano. En el Capítulo cuarto del Génesis, Dios reclama a Caín la sangre de su hermano Abel que clama a El hasta el cielo... "Serás maldito por todos y andarás errante". Ante la maldición de Dios, Caín exclama: "Ay de mí, ahora el que me encuentre podrá matarme". Y entonces Dios lo sobrecoge con palabras que estremecen, sobre todo hoy, por el realismo de su mensaje: "Yo pongo mi señal en Caín y ay de aquel que lo toque" ... (Gen 4,4 y ss). En aquella primera tragedia de la humanidad incipiente, narrada con lenguaje mítico pero portador de un mensaje veradero, el héroe fue Abel. Y el villano fue Caín. De esa historia no es difícil extraer consecuencias morales que iluminen nuestras actitudes.

Es claro que el papel de Caín lo representa muy bien Ben Laden con sus colaboradores. Fueron incluso más alla del mismo Caín, pues tuvieron la pretensión de hacerlo en el nombre de Dios. Nunca Dios puede aceptar que se mate en su nombre. Es claro también que el temor se apoderó de la humanidad en ambos casos. Pero es claro que Dios, aunque maldice a Caín por lo que ha hecho y lo castiga, no reconoce derecho de que lo toquen, es decir de que lo maten. Es un texto que nos invita a repensar las cosas ahora que corren aires belicistas. ¡Por Dios, la guerra es mala! Evitémosla con todas nuestras fuerzas y recursos. Abel o el héroe del holocausto de las Torres Gemelas no fue Rambo, ni muchos menos los fanáticos seguidores de Ben Laden. Ellos fueron los villanos. Los héroes de esos de ese día, aquellos hombres que entraron con la esperanza de salvar vidas. Aquellos que llevaron su promesa de servir hasta las últimas consecuencias. Ellos son los héroes por su inocencia y por su entrega. No eran invulnerables al ministerio del mal, pero hicieron igual lo que tenían que hacer. Los recordaremos siempre con mucha emoción y se humedecerán nuestros ojos cuantas veces lo pensemos. Qué bueno que entre ellos murió también un sacerdote, su capellán. En esos días de escándalos sacerdotales, nos conviene recordar que entre los sacerdotes no hay sólo pecadores, hay también santos capaces de de morir tratando de salvar un poco de esa humanidad que les ha sido confiada.

Creo que hoy la humanidad es un poco mejor que ayer, gracias también al sufrimiento de todo lo sucedido el 11 de septiembre. El siquiatra español Luis Rojas Marcos, que vive y trabaja en Nueva York y que ha vivido como nadie la noble tarea de curar las secuelas del dolor del alma a muchos habitantes de la Gran Manzana, dice que por cada terrorista de los cuatro aviones surgieron miles de ángeles que se ofrecieron como voluntarios para ayudar a las víctimas de tanto dolor. Afirma también que hoy, la gran ciudad norteamericana se ha hecho más solidaria, más religiosa y más humana. Es que Dios nos enseña que de los males tenemos que sacar bienes. No estaría bien que el 11 de septiembre sea un salvoconducto para la Tercera Guerra Mundial. Sería mejor que surgiera en el mundo una nueva actitud. Vencer el mal con el bien. Ganarle la guerra a los terroristas del mundo, invirtiendo los mismos recursos que costase la guerra en la promoción de un mundo pacifista y mejor. Es una tarea a largo plazo, pero conviene empezarla desde ahora, con ese plus normal del que tiene la magnitud de perdonar, a pesar de tener la fuerza y una buena parte de la razón para hacer la guerra.

El año transcurrido desde el 11 de septiembre de 2001 ha significado una catarsis colectiva de muchos temores escondidos en el mundo occidental. En este mundo no debe crecer desmesuradamente la ansiedad de la gente por causa del miedo y la busca de la seguridad. Es bueno querer estar a salvo y prever algo del futuro. Pero cuando queremos asegurarlo todo, entonces se desencadena un desenlace fatal: el drama de Narciso que se ahogó cuando, fascinado en su autocontemplación, quiso besarse a sí mismo y cayó al agua, que se lo tragó. Algo así podría sucederle a Estados Unidos si con el pretexto de la seguridad de la Nación y buscando más seguridades, van por ahí declarando guerras... Es que el yo puede ser un pantano de perdición también para las naciones. Y la solución a este mal de la neurosis narcisista, nos dice la psicología, consiste en pensar también en los demás, de vez en cuando. El miedo no puede ser un repliegue, debemos trascenderlo, pensando en la razón de los demás.

Publicado en "HOY", domingo 15 de septiembre de 2002 - Quito, Ecuador


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