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Los casi tres mil muertos en las Torres Gemelas de
Nueva York más las víctimas de los otros dos aviones constituyen un
muestreo del mundo asimétrico y complementario en el que vivimos. Allí
había hombres y mujeres. Especuladores de alto vuelo y 'sin papeles'
latinos. Yuppies y turistas. Había un poco de todo eso que contiene la
humanidad de hoy. Naciones, razas y religiones estuvieron representadas es
ese primer holocausto del siglo XXI que nos marcó a todos con su horror.
Y cuya humareda negra llenó de oscuridad nuestros televisores y recuerda
el humo negro que salía de las ofrendas de Caín porque no pueden agradar
a Dios los sacrificios del los que matan al hermano. En el Capítulo
cuarto del Génesis, Dios reclama a Caín la sangre de su hermano Abel que
clama a El hasta el cielo... "Serás maldito por todos y andarás
errante". Ante la maldición de Dios, Caín exclama: "Ay de mí,
ahora el que me encuentre podrá matarme". Y entonces Dios lo
sobrecoge con palabras que estremecen, sobre todo hoy, por el realismo de
su mensaje: "Yo pongo mi señal en Caín y ay de aquel que lo
toque" ... (Gen 4,4 y ss). En aquella primera tragedia de la
humanidad incipiente, narrada con lenguaje mítico pero portador de un
mensaje veradero, el héroe fue Abel. Y el villano fue Caín. De esa
historia no es difícil extraer consecuencias morales que iluminen
nuestras actitudes.
Es claro que el papel de Caín lo representa muy bien
Ben Laden con sus colaboradores. Fueron incluso más alla del mismo Caín,
pues tuvieron la pretensión de hacerlo en el nombre de Dios. Nunca Dios
puede aceptar que se mate en su nombre. Es claro también que el temor se
apoderó de la humanidad en ambos casos. Pero es claro que Dios, aunque
maldice a Caín por lo que ha hecho y lo castiga, no reconoce derecho de
que lo toquen, es decir de que lo maten. Es un texto que nos invita a
repensar las cosas ahora que corren aires belicistas. ¡Por Dios, la
guerra es mala! Evitémosla con todas nuestras fuerzas y recursos. Abel o
el héroe del holocausto de las Torres Gemelas no fue Rambo, ni muchos
menos los fanáticos seguidores de Ben Laden. Ellos fueron los villanos.
Los héroes de esos de ese día, aquellos hombres que entraron con la
esperanza de salvar vidas. Aquellos que llevaron su promesa de servir
hasta las últimas consecuencias. Ellos son los héroes por su inocencia y
por su entrega. No eran invulnerables al ministerio del mal, pero hicieron
igual lo que tenían que hacer. Los recordaremos siempre con mucha
emoción y se humedecerán nuestros ojos cuantas veces lo pensemos. Qué
bueno que entre ellos murió también un sacerdote, su capellán. En esos
días de escándalos sacerdotales, nos conviene recordar que entre los
sacerdotes no hay sólo pecadores, hay también santos capaces de de morir
tratando de salvar un poco de esa humanidad que les ha sido confiada.
Creo que hoy la humanidad es un poco mejor que ayer,
gracias también al sufrimiento de todo lo sucedido el 11 de septiembre.
El siquiatra español Luis Rojas Marcos, que vive y trabaja en Nueva York
y que ha vivido como nadie la noble tarea de curar las secuelas del dolor
del alma a muchos habitantes de la Gran Manzana, dice que por cada
terrorista de los cuatro aviones surgieron miles de ángeles que se
ofrecieron como voluntarios para ayudar a las víctimas de tanto dolor.
Afirma también que hoy, la gran ciudad norteamericana se ha hecho más
solidaria, más religiosa y más humana. Es que Dios nos enseña que de
los males tenemos que sacar bienes. No estaría bien que el 11 de
septiembre sea un salvoconducto para la Tercera Guerra Mundial. Sería
mejor que surgiera en el mundo una nueva actitud. Vencer el mal con el
bien. Ganarle la guerra a los terroristas del mundo, invirtiendo los
mismos recursos que costase la guerra en la promoción de un mundo
pacifista y mejor. Es una tarea a largo plazo, pero conviene empezarla
desde ahora, con ese plus normal del que tiene la magnitud de perdonar, a
pesar de tener la fuerza y una buena parte de la razón para hacer la
guerra.
El año transcurrido desde el 11 de septiembre de 2001
ha significado una catarsis colectiva de muchos temores escondidos en el
mundo occidental. En este mundo no debe crecer desmesuradamente la
ansiedad de la gente por causa del miedo y la busca de la seguridad. Es
bueno querer estar a salvo y prever algo del futuro. Pero cuando queremos
asegurarlo todo, entonces se desencadena un desenlace fatal: el drama de
Narciso que se ahogó cuando, fascinado en su autocontemplación, quiso
besarse a sí mismo y cayó al agua, que se lo tragó. Algo así podría
sucederle a Estados Unidos si con el pretexto de la seguridad de la
Nación y buscando más seguridades, van por ahí declarando guerras... Es
que el yo puede ser un pantano de perdición también para las naciones. Y
la solución a este mal de la neurosis narcisista, nos dice la
psicología, consiste en pensar también en los demás, de vez en cuando.
El miedo no puede ser un repliegue, debemos trascenderlo, pensando en la
razón de los demás.
Publicado en "HOY", domingo 15 de septiembre
de 2002 - Quito, Ecuador
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