El intelectual católico

Prisciliano Hernández Chávez

Un intelectual católico ama la obra de Dios y la obra del hombre con la pasión de la inteligencia, con la precisión de la verdad y con el corazón del poeta o del místico.

El intelectual católico está siempre en el ojo del huracán del mundo de las ideas, con la serenidad de quien es guiado al puerto seguro en su travesía comunitaria hacia el Padre de la Verdad y el Creador de la inteligencia.
La gran tragedia intelectual de los pensadores no católicos es que están dañados por el vacilo del ‘reduccionismo absolutista’, en el fondo monista y miope: sólo la materia, sólo la idea, sólo es espíritu, sólo los iniciados, sólo la economía, sólo el Estado, sólo el individuo, sólo el capital, sólo el gremio, sólo la ciencia, sólo la sabiduría... y ni siquiera un átomo es simple.
¡Qué maravillosa la gesta de los intelectuales católicos!
Distinguir para unir, razón y fe, ciencia y sabiduría, tiempo y eternidad, Dios y el hombre, materia y espíritu, persona y comunidad; la afirmación del hombre es la afirmación de Dios, y viceversa, la afirmación de Dios es la afirmación del hombre.
Ser intelectual católico es promover la unión de inteligencia y corazón, es comulgar con los hombres y el universo de lo pequeño y de lo grande en el abrazo multiforme con el Padre de Todos; es seguirle el ‘hilo’ a todas las cosas hasta encontrar su fuente y término.
El intelctual católico no separa la oración de su pensamiento ni el pensamiento de la caridad; es a la vez maestro y niño, ángel y campesino que cuida y cultiva la parcela del ser.
El intelectual católico dialoga con Aristóteles o con Buda, con Kant y Saint- Exupery, con Marx y Husserl, con Einstein y con la ONU y los invita a no exagerar y a no convertir su ángulo en círculo.
En una palabra, un intelectual católico ama la obra de Dios y la obra del hombre con la pasión de la inteligencia, con la precisión de la verdad y con el corazón del poeta o del místico.

 

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