Carlos Fuentes o el despotismo intelectual

Prisciliano Hernández Chávez

La Iglesia no se aggiornó a partir del expresidente Salinas, sino gracias a Dios, con el Concilio Vaticano II.

El inefable novelista Carlos Fuentes, ilustrado decimonónico, exponente de la narrativa mexicana, autor de varias obras en las que se pueden enumerar “La región más transparente”, “la muerte de Artemio Cruz”, “zona sagrada”, “nuevo tiempo mexicano” ... otros cuentos y ensayos, en un artículo aparecido en el periódico Reforma (6 de julio del 2001), confunde las líneas divisorias entre la realidad y la fantasía, entre el saber y el respeto que merece todo interlocutor, porque la Iglesia no es una abstracción.
El tolerante deviene en intolerante cuando habla de la Iglesia. ¡Qué pena! Pareciera que el improperio lo coloca en un lugar destacado dentro de los ilustrados que ofrecen la tiranía de sus juicios, más allá de los cuales no se puede traspasar porque están sellados con el non plus ultra del intelectual despótico, aunque novelista.
Predeterminar la realidad desde la fantasía, la ideología liberal y la narrativa ágil, presta un huero servicio a la Historia, a la verdad y al mismo Presidente Fox que busca defender. Se eleva en este artículo como el Goliat de la desmesura.
Su visión parcializada absolutiza su narrativa como el repetidor de mitos sacralizados por el poder del cual ha pretendido desmarcarse, quedándose en él, para recibir el aplauso de los vencedores.
Con su lenguaje pontifical y definitorio habla de la obra de David Brading “Mexican Phoenix” como “el estudio definitivo sobre el guadalupanismo”; la declaración tajante es necesaria para su seguridad como si ya sobre este tema no se pudiera decir o escribir nada más: adiós a Miguel León Portilla, a José Luis Guerrero, a todos los testimonio guadalupanos del S. XVI hasta el inicio del tercer milenio y los que habrán de venir: no más. Carlos Fuentes detiene el pensamiento y la Historia, porque se introduce otra vez en el mito de lo definitivo, lo insuperable, como si ontológicamente de momento su escritor Brading fuera dios, porque él -otro dios-, se codea sólo con dioses del Olimpo, de Meztlixico-Tenochtitlan, o de los astros de Hollywood. El Imperator verborum, dixit seu loqui.
Por supuesto que toda “love story” ha de respetarse en cuanto vida de personas, por todo aquello de Nouwen “toda historia humana es sagrada”, pero ni el Vaticano, -de donde dependen y donde trabajan hoy bajo el carisma de Juan Pablo II cerca de 3500 personas que tilda de fanáticos e hipócritas, para servir a la Catolicidad con amor y respeto-, ha condenado a Fox, ni Fox se ha desmarcado de la Iglesia - porque sigue llendo a misa, aunque no comulgue-, a la que nuestro ilustrado escritor, ataca: a la Iglesia de ayer y a la de hoy, que al parecer no conoce, sino en pasquines.
Qué bueno que lea a San Juan de la Cruz, el sereno de la espesura de la noche, a Pascal, a Simonne Weil y a San Juan; pero parece que su inteligencia agnóstica le impide entenderlos en su justa medida porque “es parte del honor del hombre crear la idea de Dios”, como escribe en dicho artículo; más bien tal tesis es del materialista Feuerbach, de la izquierda Hegeliana, nada espiritual por cierto.
Autodefinirse agnóstico o ateo por la gracia de Dios para disculpar su cinismo, entiendo que más bien es un gnóstico; eso sí ilustrado en la noche del racionalismo, pues juguetea con la fantasía de su gnosis como otrora los gnósticos contra los que polemizó San Ireneo de Lyon; gnosis que le permite mitificar a la Historia, a Dios, o denostar al Vaticano, o reducir las leyes sólo al ámbito civil, cuando existen otros ámbitos como el deportivo o el religioso que también tienen sus leyes; para los católicos se compendian en el Derecho Canónico - porque así se llama el conjunto de normas de la Iglesia, donde se fundamenta jurídicamente la comunión de la Iglesia Católica.
La Iglesia, Don Carlos, no se aggiornó a partir de su homónimo expresidente Salinas, sino gracias a Dios, con el Concilio Vaticano II. Es de sabios corregir. Si su amor a la verdad le da tiempo, lea al menos la Constitución Gaudium et Spes para conocer la postura de la Iglesia ante el mundo moderno; de paso no le vendría mal leer la “familiaris consortio” y la “poenitemini” de Juan Pablo II, y así pasmarse con las indicaciones misericordiosas y paternales sobre los divorciados vueltos a casar.
Por la Eclesiología - perdóneme pero por su artículo noto que la ignora-, entendemos que la Iglesia es el Pueblo de Dios, pastores y creyentes. Por eso la Iglesia es ese niño travieso y devoto que reza el Padre Nuestro; el joven que vitorea a Juan Pablo II, urbi et orbi; el enfermo que abraza su crucifijo como expresión de su vinculación con el Jesús, no sólo de la Historia -que usted dice conocer- , sino el Cristo de la fe; con la religiosa que atiende amorosamente al enfermo de sida, como la Madre Teresa de Calcuta que también es la Iglesia que usted dice conocer; de los matrimonios que son fieles a la palabra dada a pesar de las cruces de la vida o de aquellos que han sufrido el trauma de la separación; o los pastores,- obispos, presbíteros- que quizá han leído alguna de sus novelas, cuentos o ensayos, que saben de literatura, de filosofía, de historia y son especialistas en humanidad; que hasta tienen un concepto mejor que el de usted sobre el hombre porque lo entienden persona , con el peso específico de una dignidad que reconocen desde la concepción hasta la muerte; por eso son fanáticos del antiaborto; fanatismo que los ennoblece, porque defienden a los sin voz, y entienden con San Ambrosio y Santo Tomás de Aquino que “todo lo verdadero, no importa quién lo diga, vine del Espíritu Santo” (S. Th. I-II, q.109, a.1,ad 1) y que la mentira no es huérfana pues tiene por padre a Satán y por madre a la soberbia. Que es Iglesia de santos y pecadores, de pobres, de mártires, de reyes, de presidentes, y de intelectuales como Chesterton o nuestra Edith Stein -Santa Teresa Benedicta de la Cruz-discípula de Husserl, conocedora y traductora de Santo Tomás y de San Juan de la Cruz, entre otros; religiosa carmelita martirizada por los nazis intolerantes ante la diferencia. Hasta la Casa Editorial Fondo de Cultura Económica tuvo a bien publicar “ser finito y ser eterno” de esta intelectual, mártir y santa Patrona de Europa con Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena. Ojalá la lea Usted, Señor Fuentes; le recomiendo esta obra majestuosa del pensamiento: puede ayudarle a sanarse definitivamente de su autodiagnóstico de agnosticismo - aunque nadie es buen juez en su propia causa, menos médico- pues creo más bien que su enfermedad es un delirium gnosticum.
Sobre Pío XII y el nazismo, bástele conocer el testimonio de Paolo Mieli Director de la “RCS”, la casa editorial más grande de Italia e ilustre periodista italiano, quien recientemente afirmó ( Zenit. org. Roma, 30 de junio del 2001) al hablar en la presentación del libro de Andrea Tornielli “Pío XII. El Papa de los Judíos” :
“vengo de una familia de origen judío y he tenido parientes que murieron en los campos de concentración ....” . “Ese Papa y la Iglesia que tanto dependía de él, hicieron muchísimo por los judíos. Se calcula que algo menos de un millón, entre 700 y 800 mil judíos fueron salvados por la Iglesia y por ese pontífice. Cuando se recuerda a las personas que hicieron algo para salvar físicamente a los judíos, muy pocos pueden enorgullecerse de lo que hizo la Iglesia de Pío XII.”
Pienso, con Paul Jonson en su obra “Los Intelectuales” (Vergara, 2000), que a los intelectuales como a Rouseau, Marx, Sartre, Hemingway, Ibsen, Bertolt Brecht, y otros: “No hay que darles importancia a sus juicios sobre líderes políticos o acontecimientos importantes. Debemos recordar lo que los intelectuales habitualmente olvidan: que las personas importan más que los conceptos y deben ser colocadas en primer lugar. El peor de todos los despotismos es la tiranía desalmada de las ideas”. ¿No lo cree, Señor Fuentes?...

 

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