- Las procesiones populares de nuestra Semana Santa --tanto en el sur
de
España, en el Levante como en Castilla, etc-- son una representación
que
acerca el misterio al alma del pueblo. El arte y la fe, tradición y
belleza se unen para entrar dentro del alma y provocar una respuesta
que
es oración hecha asombro, estremecimiento, emoción, incluso llanto
que
mueven a una forma de vida más religiosa, más convertida, más
próxima a
Dios. Lo que hay en medio es otra aproximación, y ésta más cercana,
más
inteligible incluso que un sermón y no digamos una disertación
teológica, al amor de Dios.
“Mirad cómo nos ha amado”, ved ahí al Salvador, desfigurado, las
manos
crispadas sobre el leño, exhausto por el terrible cansancio y el
atroz
sufrimiento que entrega su espíritu al hombre, al que busca en un
gesto
supremo de amor. Se comprende fácilmente esta realidad profunda
porque
se ve y se siente en la proximidad de la procesión, los trajes, la
llama
de las velas, la música, el paso lento y solemne como para ir
meditando
lentamente, dejando tiempo a que aquel misterio desgarrador entre
hasta
los tuétanos del alma y nos conmueva. El misterio del amor: la Semana
Santa se hace representación visible y audible de este amor que en la
cruz llega a su plenitud --catequesis visible de lo invisible-- pero
que es un amor más antiguo que el mundo.
Dios crea porque ama. Desde ese siempre, desde ese antes del principio
que nunca podremos comprender, Dios es amor, el amor de Dios Padre que
ama al Hijo, el amor del Hijo que es Dios justamente en ese acto de
ser
amado que lo constituye y el amor del Padre y del Hijo que se hace
persona, que es persona en el Espíritu Santo. Este amor, como una
danza
primordial, más que primordial, el Espíritu aleteaba sobre las
aguas,
sobre esas aguas de antes de las aguas, esa nada antes de nada, se
hará
inmediatamente palabra eficaz «...y dijo Dios» y surge el mundo y el
hombre. Dios crea amando, crea porque ama, por eso puede amar lo que
crea y vio Dios que era todo muy bueno ...
Pero no podía el hombre soportar tanta belleza, contener la misma
imagen
del Creador inscrita en su existencia. Era reflejo del amor creador,
pero el hombre pretende el poder mismo de crear, la llave del saber,
el
conocimiento que le haga dios, se os abrirán los ojos y seréis como
dioses, conocedores del bien y del mal. El pecado es la terrible
soberbia del hombre, la pretensión blasfema de hacerse a sí mismo,
de no
depender de nadie, de no tener que agradecer nada; es decir de no
amar.
Pero el pecado no puede apagar el amor y en la misma condena y en el
anuncio de una guerra sin cuartel, de una dramática tensión de los
linajes se anuncia una victoria definitiva: «Establezco hostilidades
entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya, ella te herirá en la
cabeza cuando tú la hieras en el talón». Dios porque ama no deja
abandonado al hombre a su suerte, sino que lo protege como a un niño
pequeño haciéndolo su pueblo, el de su especial protección y
predilección, lo guía con paciencia indecible como un Dios
misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en amor y
fidelidad... Y este amor llega a su culmen cuando en «la plenitud de
los
tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley,
para
rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser
hijos de Dios por adopción». No es la plenitud el resultado del
esfuerzo
histórico de los hombres, como si se tratase de un merecimiento, de
un
buen trabajo que llega a su culminación y, por tanto, recibe su justa
recompensa. El hombre seguía sumergido como en una impotencia de la
que
no podía escapar, en un estrepitoso y persistente fracaso que no
sabía
resolver; el hombre no había preparado el tiempo para su plenitud, ni
sabía ni podía y seguía empecinado como en jugar al escondite con
el
Dios que le salía al paso, pero del que se alejaba sin remedio en la
primera ocasión.
El tiempo de los hombres no estaba preparado y sin embargo Dios lo
lleva
a su plenitud introduciendo al Hijo en el tiempo. El Hijo engendrado
antes del tiempo, el Hijo que es la Palabra eficaz de Dios, aquella
Palabra creadora que había hecho surgir de la nada todas las cosas;
toma
carne, nuestra carne débil, nuestra carne mortal y el tiempo explota
como una granada madura en un paroxismo que es la plenitud del amor:
tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único.
Se hace uno de los nuestros, uno como nosotros, en todo semejante
menos
en el pecado. Los cielos se inclinan hasta tocar la tierra, el que
tiene
la categoría de Dios se despoja de su rango y actúa como un hombre
cualquiera, habla nuestro mismo dialecto pero... «vino a los suyos y
los
suyos no lo recibieron». El drama continúa, la obscura fuerza del
mal
está ahí con su ley de crueldad y de muerte para que, según el
proyecto
divino, llegue el amor a su punto más álgido nadie tiene amor más
grande
que el que da la vida por los amigos. Nos ha hecho amigos para darnos
su
vida, llega a compartir la frontera más extrema de lo humano, el
abismo
más profundo de nuestra debilidad, la barrera última que parecía
absolutamente infranqueable y ante la cual se estrellaba el hombre y
su
sed inapagable de eternidad.
Entra en la muerte para desactivar su poder maléfico e inexorable y
la
rompe en mil pedazos cuando amanece el día radiante de la
resurrección.
Al alba del primer día de la semana, que ahora es el primero de la
nueva
creación, su resurrección inunda de vida a la tierra y ahora
comprendemos que su muerte era una muerte para la vida y sus palabras
si
el grano de trigo no cae en tierra y muere queda infecundo adquieren
todo su realismo y su verdad.
Este es el misterio que celebramos en cada Semana Santa. No celebramos
la muerte, sino la Vida que es Cristo, «y muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta». Ésta es la razón de que volvamos cada año
a
celebrar lo que de ninguna manera podemos agotar porque nos excede.
¿Cómo aprisionar el amor? ¿Cómo vivir la Vida plena que es Cristo
y que
se ha manifestado levantándose de la misma muerte? Es el misterio
colosal que puso en pie a la Iglesia en medio de las plazas y los
pueblos; el que hace surgir una nueva concepción del hombre y del
mundo,
como lugar de encuentro con Dios en el amor y que se proyecta hacia un
futuro de plenitud y de gloria.
La firme convicción de que Cristo está vivo se va abriendo camino
como
la realidad que ilumina la existencia de los hombres, traspasa las
fronteras y poco a poco va arraigando en el alma del pueblo y se hace
celebración de vida en la liturgia que se va cargando de simbolismo y
transciende los estrechos límites de lo interior y lo privado, se
hace
devoción popular y sale a la calle como representación plástica,
catequesis viviente que habla al corazón del hombre y lo estimula a
un
hondo vivir, a un profundo sentir que no sólo lo asegura y lo
defiende
de los miedos oscuros a la muerte, sino que, acercando el misterio a
lo
cotidiano, atrae al hombre hacia Dios.
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