Vida profanada

Luferni

La vida inteligente, en la que se une un cuerpo sensible y una alma inmortal, tiene una dignidad que no puede profanarse, desde la concepción hasta la muerte.

La vida ha sido la obra maestra del Universo.
La fuerza evolutiva ha dado como resultado una mayor conciencia en una mayor complejidad.
La vida inteligente, en la que se une un cuerpo sensible y una alma inmortal, tiene una dignidad que no puede profanarse, desde la concepción hasta la muerte.
Actualmente hay brotes de atentados y agresión destructiva contra la vida. Una enfermiza mirada, prejuiciada por fundamentalismos nacionalistas, étnicos, políticos o religiosos ve como enemiga a la vida del diferente y lo ataca cobardemente, en forma anónima y, muchas veces, con una enloquecida autodestrucción.
Sobreviene entonces la represalia indiscriminada que golpea ahí donde se cree que duele. No se trata de castigar culpables sino de aterrorizar con contrataques devastadores que siegan vidas inocentes.
Se ha enfermado tanto la vecindad y la relación que ya no importa quién sufra con tal que sea palestino o que sea israelí, mahometano o hindú, colombiano de éstos o de aquéllos. El asesinato selectivo, el asedio explosivo con suicidas forrados de muerte expansiva, señalan un mundo sin evangelio y sin sabiduría, reducido a los impulsos selváticos de la fuerza que muere matando.
Esta corriente de anticivilización, y antihumanidad que desprecia y suprime la vida está tratando de globalizar la muerte. No quiere convivencia ni supervivencia sino sólo perderse aniquilando con odio asesino.
¿De dónde vendrá la asistencia de psiquiatría comunitaria, de reeducación para una civilización del amor, después de tantas heridas? La misma mediación se hace tibia y tardía. USA, ONU y Europa toda siguen pasivos, desde el graderío de la indiferencia, el enfrentamiento delictuoso y doloroso del oriente medio.
Parece ya no haber campos de batalla ni ejércitos. Sólo ataques a distancia y estallidos de hombres bomba en medio de multitudes. Se requiere una actualización de los organismos que fueron creados para fomentar la paz. Y no cejar en el esfuerzo por desterrar esa involutiva adicción planetaria a profanar la vida, con la misma vida que se autodestruye.
Será necesario pensar más, orar mejor, y no dejar la luz bajo un traste, recordando la queja de aquel ciego: “Ustedes los que ven, ¿qué han hecho de la luz?...
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