Enfermos, ustedes son fuertes como Jesús en la Cruz

Prisciliano Hernández Chávez

Si la enfermedad lesiona la integridad del cuerpo, ahí está Cristo Jesús, nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida, nuestro hermano, nuestro compañero como en otro tiempo con los discípulos de la aldea de Emaús; nos alienta y nos ofrece espíritu de consuelo, de luz y de fortaleza.

 El Santo Padre, Juan Pablo II, ha sido atrevido en su vida, en su palabra y en sus gestos. Pasar por la memoria del corazón su acontecer, sería saludable para recobrar la confianza los que sufren alguna enfermedad mortal o los que tienen traspasada el alma, o ambas; es el Vicario de Cristo, no sólo en la presidencia de la fe, en su potestad de jurisdicción universal sobre la Iglesia, sino testigo de la esperanza que aclara su arrojo en las dificultades de su vida, de la Iglesia y de la humanidad: ‘abrid las puertas al Salvador’
Ha sido dichoso por creer en el amor de Dios, como Abrahán, como la Santísima Virgen María; por eso confía contra toda esperanza. Nadie mejor que él para escribir la encíclica sobre “El valor salvífico del sufrimiento” y estas palabras acrisoladas en las pruebas de la vida, de su orfandad, de las humillaciones del nazismo y del comunismo, el atentado del 13 de mayo y sus enfermedades: “Enfermos, ustedes son fuertes como Jesús en la Cruz ( Roma, Jubileo de los Enfermos, 11- 2- 2000).
¿Cómo, si además de la lucha contra la enfermedad se libra el combate contra la tristeza, la angustia y las redes de muerte que nos invaden , de modo que estamos en situación de total indefensión y el Papa dice de antemano que se es fuerte? ¿Fuertes en esta situación que abre las puertas de par en par a las tentaciones del ‘nirvana’ budista -o sea aniquilar en sí mismo todo deseo-, o a las prácticas irracionales de curanderismo, de eutanasia, o simplemente a la desesperación de modo que se da pauta a la rebeldía contra Dios por su aparente abandono y sus oídos sordos?
Jesús compendia y supera en sí mismo toda experiencia de abandono y es ejemplo a seguir por lo que toca a la plena confianza en el Padre, quien permite esta peregrinación por las noches y las cañadas oscuras de la vida para llegar a la hora de la suprema inmolación: ‘Padre me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, lo acepto todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mí ...’ (Charles de Foucould).
Acoger la palabra de Jesús, mirar serenamente la Cruz esperanza única y recibirlo en la Eucaristía, -en el coloquio íntimo de los amigos-, nos da la fuerza en el martirio del dolor: habrá un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21,1 ), ‘ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámparas ni la luz del sol, porque el Señor Dios alumbrará a sus habitantes, que reinarán por los siglos de los siglos’ (Ap 22,5).
Ciertamente que el sufrimiento posee un valor salvífico como enseña el Santo Padre: para purificarnos del mal, para reafirmarnos en el bien y sobre todo para asociarnos con Cristo en la redención de la humanidad.
A toda noche le corresponde su aurora: Abrahán se pone en camino para sacrificar, a su hijo Isaac: era de noche para la aurora de la promesa: ‘te haré padre de multitud de pueblos’; Israel sale de la esclavitud de Egipto: era de noche, a la aurora de la libertad de los espacios abiertos; Jesús en la agonía del huerto y en la muerte del Calvario, era de noche, -ante las tinieblas que cubrieron la tierra-, despunta la aurora de la resurrección.
Esta es la lógica que implica la promesa cristiana ante el misterio del dolor: ‘Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos... si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él’( 2Tim 2, 8-12).
Esta es la estructura de la pascua y la hondura del amor: la entrega amorosa implica anonadamiento o negación de sí, donación total hasta la muerte; es la realización total de la existencia en tanto personas y es el misterio supremo de nuestro hogar trinitario, explicitado en la pascua, la muerte y la resurrección de Cristo: Dios es amor y ‘amáos como yo’.
Si la enfermedad lesiona la integridad del cuerpo, ahí está Cristo Jesús, nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida, nuestro hermano, nuestro compañero como en otro tiempo con los discípulos de la aldea de Emaús; nos alienta y nos ofrece espíritu de consuelo, de luz y de fortaleza: ‘¿No era necesario que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria?’(LC 24, 26).
Acojamos la palabra del papa, como la palabra del buen samaritano, como la palabra del padre a los hijos: ‘enfermos, sean tan fuertes como Jesús en la Cruz’. Así los necesitamos; así serán plenamente fecundos para la edificación de la nueva humanidad; así luchan los soldados de Cristo; así llegan a su plenitud las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña en ustedes: ‘enfermos, ustedes son fuertes como Jesús en la Cruz’. Es el término de una aceptación que implica agonía del alma, previa a la paz y a la serenidad: ‘Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche’. ‘...a escuras y segura por la secreta escala, disfrazada, ¡ o dichosa ventura! A escuras y en celada, estando ya mi casa sosegada’... (San Juan de la Cruz).
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