Para que los sueños se hagan vida, hay que labrarlos cada día en el
marfil frío de la realidad, en vez de sentarnos pasivamente a esperar que
la relación conyugal cambie.
Ovidio cuenta en Las Metamorfosis el mito de Pigmalión, el que no
se casaba porque no encontraba una mujer sin defectos. Como era
escultor, empezó a esculpir en marfil a la mujer de sus sueños. De
día y de noche trabajaba en su obra y esculpió así a una mujer
ideal. Conmovido por su imagen, la besó y, la estatua cobró vida y
le correspondió. Aquella estatua, antes fría, ahora era cálida y
sensible, humana y femenina. Se llamaba Galatea. Pigmalión se casó
con ella y fueron felices de verdad y para siempre.
El mundo en el que vivimos nos representa con frecuencia las heridas
de matrimonios frustrados por la desesperanza y el desencuentro, pero
el problema es antiguo. Es muy dura la frustración al comprobar que
el esposo o esposa ya no responde al perfil del ideal. Se descubren
tarde a veces los defectos de la otra persona y se nos hace cuesta
arriba la cotidianidad. Otras veces son cambios de circunstancias, de
trabajo, etc. Empieza entonces el desencanto, la rutina, el
aburrimiento y la crítica destructiva.
Este clima produce extrañamente como un Pigmalión negativo.
Alguien que transforma a su cónyuge en lo peor, con base en el
olvido, de cansancio, de desilusión. Se crea una atmósfera afectiva
irrespirable hecha de negatividad, y se produce la catástrofe total.
Así las cosas, se empieza a mirar alrededor. Y no es difícil
encontrar alguien que a primera vista nos parece mejor por algún
tiempo hasta que empezamos nuevamente a ver lo negativo y la historia
quizá se repite, o por cansancio, nos resignamos ya para siempre,
sintiendo con impotencia que cambiamos dólares por céntimos en el
difícil mercado de los sentimientos.
Lo que nos enseña el mito de Pigmalión es que nuestras
expectativas se pueden realizar cuando nosotros nos aplicamos a
trabajarlas con esperanza de futuro. Para que los sueños se hagan
vida, hay que labrarlos cada día en el marfil frío de la realidad,
en vez de sentarnos pasivamente a esperar que la relación conyugal
cambie, podemos transmitirle positivamente el mensaje con nuestra
calidez, nuestro afecto, nuestro empeño por mejorar manifestado a
través de los hechos.
No es un lenguaje con palabras. Es el idioma de los gestos, de la
sonrisa, de la mirada. Nuestras expectativas anticipan el éxito o el
fracaso. Y si nos aplicamos a sembrar amor en el jardín cercado de la
intimidad, descubriremos que brota su planta frondosa, reverdecida,
bien arraigada.
“Grábame como un sello en tu brazo, como un sello en tu corazón”
(Ct. 8, 6), canta el Cantar de los Cantares desde el Antiguo
Testamento hasta nuestros días. Puede ser una buena tarea compartida
en estas vacaciones para tantos(as) esposos(as) que buscan el efecto
del Pigamalión positivo.