Más que la excelencia académica, es lo que más nos importa en la
formación del apóstol de la Palabra para que se vuelva en un verdadero
discípulo y misionero de Cristo.
Mucha teoría; poca práctica pastoral
¿Existe un problema dentro o fuera de la Iglesia? Pronto se piensa
en capacitar a gente para enfrentarlo, enviándola a “estudiar” a
Roma o a cualquiera otra universidad de renombre a nivel eclesiástico
o profano.
¿Hay deserción entre los jóvenes sacerdotes o las jóvenes
consagradas? ¿Qué hacer?
Añadir un año o una asignatura en su preparación académica o
elevar el centro de estudios a un nivel universitario, buscando
siempre la “excelencia académica”.
Según esta manera de pensar, la excelencia académica es sinónimo
de éxito en cualquier área: humana, vocacional o pastoral. Todo
depende del saber, la mente y la teoría. ¿Y el corazón, la
experiencia y la práctica? Brillan por su ausencia.
Me pregunto: “¿Es posible formar a futuros pastores de almas,
dándoles puros conocimientos teóricos, sin una adecuada práctica
pastoral, oportunamente planeada y evaluada? Sería como querer
preparar a los soldados, sin ningún entrenamiento práctico, sino
basándose solamente en un conocimiento teórico de las armas y las
distintas estrategias militares; o como querer preparar a un albañil,
a una enfermera o a un cirujano con puros cursos teóricos, sin
ningún entrenamiento práctico.
Pastor de almas
Y es precisamente lo que está pasando en nuestros seminarios o
centros de formación para religiosas o laicos comprometidos: teoría,
mucha teoría y poca o casi nula práctica pastoral, como si fuera lo
mismo preparar a un teólogo, un simple catequista o a un pastor de
almas.
En los seminarios se suele decir: “Ahora es tiempo de estudiar;
mañana llegará el tiempo para la pastoral”. “¿Cuál pastoral?”,
me pregunto. Culto y más culto. Si uno no se preparó para la
pastoral, ¿qué podrá hacer, sino repetir lo que están haciendo los
demás?
Por eso estamos como estamos. Gente muy preparada en el plan
teórico, cuya práctica pastoral se reduce al culto y a la
religiosidad popular. Grandes conocimientos, grandes ideas en el plan
teórico, pero poca acción pastoral con poca creatividad apostólica.
Se lucha por formar al filósofo o al teólogo, pensando que el paso
de la teoría a la práctica es casi automático y se cae en la cuenta
de que “entre el dicho y el hecho hay un gran trecho”. Si desde
los primeros pasos no se hace el esfuerzo por madurar en las distintas
áreas, se arriesga con crear monstruos con miembros
superdesarrollados y miembros atrofiados.
Estando así las cosas, me pregunto: “¿Cómo será posible que
gente preparada de esta manera pueda dirigir adecuadamente a los
miembros de los movimientos apostólicos que sí saben de pastoral,
aunque no posean tantos conocimientos teóricos?”
Nuestro estilo
Pues bien, en este contexto eclesial, nuestra preocupación
principal como Apóstoles de la Palabra consiste en lograr la “excelencia
pastoral”, que sin duda supone madurez humana y espiritual,
conocimientos bíblicos y teológicos, pero más que nunca un
constante entrenamiento apostólico, en un continuo contacto con el
pueblo que se quiere evangelizar, experimentando métodos y
aprendiendo a planificar, organizar y dirigir.
Para el Apóstol de la Palabra (laico, seminarista, consagrado (a) o
presbítero), es algo esencial aprender a realizar las visitas
domiciliarias, dialogar con todos, aclarar las dudas a la gente
afectada por la presencia de las sectas, impartir cursos bíblicos y
de apologética, organizar congresos, predicar en los camiones y las
calles, actuar en los sociodramas, organizar distintos tipos de
convivencias, destinadas al esparcimiento o la evangelización, etc.
¿Y cómo lograr esto? Alternando períodos de estudio con períodos
de acción pastoral. Antes que nada, se necesitan normalmente unos dos
años de experiencia apostólica en el Voluntariado Misionero, para
poder entrar en seminario. Es la mejor garantía para ver si se trata
de un auténtico llamado de Dios o más bien de un vago deseo de
superación humana o espiritual.
Estando ya en el seminario, al terminar cada ciclo escolar
(primaria, secundaria, preparatoria y filosofía), generalmente,
dependiendo del grado de madurez de cada uno, el alumno es invitado a
dedicar un año a la pastoral. Aparte de esto, mientras está en el
seminario, tiene que dedicar al apostolado los sábados y los
domingos, más un mes y medio de las vacaciones de verano.
Así se va formando el misionero, buscando más que nada la “excelencia
pastoral”. Por lo menos, esta el la meta hacia la cual estamos
dirigiendo nuestros esfuerzos, convencidos de que algo hay que hacer
para rectificar el rumbo que lleva actualmente la formación de los
seminaristas, las religiosas y los laicos comprometidos en la
pastoral. De una formación excesivamente teórica y académica,
queremos pasar a una formación más pastoral, que mire a formar más
a pastores que a intelectuales.
Por otro lado, ¿cómo es posible que un futuro pastor de almas se
enamore profundamente de su vocación, sin un contacto directo y
constante con la misión, que representa la inspiración fundamental y
la razón más íntima de su ser y actuar dentro de la Iglesia?