Es la moral el termómetro de la salud en la sociedad. Y ese termómetro
dispara todas las alarmas.
Los paralelismos históricos suelen ser falsos porque en la
tradición judeo-cristiana la historia no se repite. Es un viaje cuyo
itinerario se inicia en Dios, creador y padre de todo y se termina en
Dios, bien supremo que nos llama a todos a la felicidad eterna de su
Reino. La historia tiene un cuerpo, Kronos, de cuya efímera materia
están compuestos los acontecimientos del devenir. Y tiene un alma,
Kairos, que impregna de sentido esa cadena de hechos que conforman la
tradición. Pero es lineal, progresista. Cierto que tiene sus
inflexiones y retrocesos, pero en su dialéctica inexorable avanza
hacia la consumación y deja huellas que cada generación recoge y
lleva siempre más allá.
Sin embargo decimos con verdad que la historia es maestra de vida,
no porque se repita sino porque en sus entrañas encontramos
analogías didácticas cuyo contraste abre nuestros ojos a presentir
la realidad. Así es muy sugerente para nuestro tiempo comparar la
decadencia del Imperio Romano con la decadencia de las potencias en el
mundo actual. En ambos casos se observa una inflexión del tono moral.
Es la moral el termómetro de la salud en la sociedad. Y ese
termómetro dispara todas las alarmas: depredación de la naturaleza y
contaminación, negación del derecho de nacer a millones de niños,
corrupción en gobiernos, empresas e instituciones incluso religiosas.
Cero compasión y tolerancia hacia los pobres y cinismo y prepotencia
de los fuertes, relegamiento de la religión a los límites
intrascendentes de la vida privada... Esto en el plano social. Y en la
vida de las personas ese egoísmo rastrero hecho de pasiones vulgares
y de arribismo pelagiano. Es que hace años que empezó la
sustitución de la virtud por la fuerza brutal y tal civilización
sólo es barbarie.
Nuestro mundo no estaría perdido si aprendiésemos la lección.
Volver a la moral. La moral como esa salud del alma sana que intuye el
bien, lo enfoca a la inteligencia, lo ama con la voluntad, lo paladea
con ese paladar del alma que es la conciencia y lo conquista
soberanamente con la libertad. Me refiero a la moral que ejercita la
virtud que en latín significa fuerza, no la fuerza bruta de la
bestia, sino la fuerza fina, tan hermosa, de la razón humana. Porque
hay en cada persona un noble deseo del bien que se hace más divino,
más heroico, cuanto más trasciende hacia los demás. Este noble
deseo es el que hay que educar desde la infancia. Primero en el hogar,
después en la escuela, más tarde en la universidad.
Oxigenar con virtudes los pulmones enfermos del cuerpo social para
atajar el virus de la corrupción antes de que sea demasiado tarde. La
medicina de la virtud la tenemos cerca, en esa gran escuela de
santidad que es el cristianismo, que nos enseña a articular las
virtudes divinas de la fe, el amor y la esperanza con las virtudes
humanas de la prudencia, la justicia, la templanza y la fortaleza.
Esta escuela tiene que remontar hoy, a contracorriente, las aguas
turbias de esa seudomoral hecha de residuos, eclecticismos e
ideologías viejas. Y llegar a los manantiales de agua pura para
saciar la sed de felicidad.
Estas fuentes están para todos en la Sagrada Escritura, el mejor
libro de moral, y en Jesucristo el maestro divino cuya palabra es una
espada penetrante hasta lo más íntimo de la humanidad. El es
también médico de las almas y restituirá la luz gozosa a esa nueva
humanidad que empieza a desdecirse de sí misma y a entender la
sinrazón de una razón exagerada y monstruosa que a partir del siglo
XIX ya no quiso hablar de virtud, sino de razón práctica de las
cosas y sacrificó ante el superhombre de Nietzsche al hombre común
que llevamos todos. Cambiemos los problemas de la inmoralidad del
mundo actual por el proyecto de una nueva sociedad basada en la
virtud.