Seis mil jóvenes que querían reunirse con el Papa Juan Pablo II en
Toronto, para celebrar la XVII Jornada Mundial de la Juventud, no han
podido.
Seis mil jóvenes que querían reunirse con el Papa
Juan Pablo II en Toronto, para celebrar la XVII Jornada
Mundial de la Juventud, ideada por el pontífice hace ya
diecisiete años, no han podido. Las autoridades les han
negado el visado. O sea, que el papa ya tampoco es
garantía para poder circular libremente por el mundo. Los
atentados están a la puerta de la esquina y el propio Juan
Pablo fue protagonista de uno atroz. Dicen que el milagro
lo produjo la Virgen de Fátima. No tengo por qué dudarlo.
Llama la atención, eso sí, que estos jóvenes que se
han quedado con las ganas sean haitianos, colombianos,
dominicanos, ugandeses y sudaneses. Es decir, de una
supuesta procedencia pobre y tercermundista que los
convierte en sospechosos. El argumento de las autoridades
canadienses ha sido que tales muchachos y muchachas no
iban a Canadá para orar con el Pontífice sino como excusa
para luego quedarse en el país y poder trabajar. En otras
palabras, que eran indigentes.
Me temo que esta postura de las autoridades no
coincida con la prédica al respecto de Su Santidad. Podían
haber buscado otra excusa, como la de las amenazas
terroristas y, por ende, las consiguientes y necesarias
precauciones. O, por ejemplo, la del tráfico de drogas,
cuyos capos utilizan hasta lo más sagrado para extender el
negocio. No fueron esos los argumentos. Simple y
llanamente porque ?las autoridades temían que lo que
buscaran los muchachos era una forma de entrar en el país
y quedarse?. No estaban seguros. Simple sospecha. La cara
de la pobreza siempre es sospechosa y mal vista en las
geografías afortunadas. Las emigraciones de los
desempleados para conseguir el derecho que tienen a vivir
fuera de sus fronteras naturales para poder sobrevivir se
ha convertido hoy día en pecado social.
Es muy posible que no todos los que querían ir a
Toronto fuera para rezar con el papa. Ni siquiera esos
otros 300.000 que si recibieron el visto bueno de las
autoridades: estadounidenses, italianos, españoles,
franceses, desarrollados. Lo que llama la atención,
insisto, es el lugar de procedencia de los seis mil
muchachos vetados.
Pues nada, que está claro que aunque todos seamos
iguales a los ojos de Dios de ninguna manera lo somos a
los de la autoridad. Ni siquiera para rezar con el Papa.