Pues sí, en China, para ser católico libre, hay que ser clandestino.
No es que la religión católica esté prohibida por las autoridades del
régimen comunista de Pekín, es mucho peor: necesita ser oficialmente
aprobada.
Pues sí, en China, para ser católico libre, hay que
ser clandestino. No es que la religión católica esté
prohibida por las autoridades del régimen comunista de
Pekín, es mucho peor: necesita ser oficialmente aprobada,
lo que implica que cada católico practicante legalmente en
ejercicio es un ciudadano legalmente fichado por el
régimen. Y estos fichajes a la larga no suelen terminar
bien para los fichados.
La ley dice que todas las organizaciones religiosas
en China ?deben registrarse en organismos supervisores del
gobierno?. Quienes no lo hagan, automáticamente se
convierten en ilegales. Esto fue lo que le ocurrió a Sor
Chen Mei, religiosa de 28 años, condenada a quince días de
reclusión, sin que mediara juicio previo, por el delito de
estar impartiendo clases de catecismo a 25 niños y cinco
adultos, en un local no fichado por las autoridades, en
una casa privada vacacional.
A la religión católica no le ha ido bien en China
desde los tiempos de San Francisco Javier, cuando el
misionero jesuita se empeñó en cristianizar el continente
asiático. La persecución en China ha sido sostenida y en
el siglo pasado muy sostenida. Todavía hoy se estima que
cientos de obispos y clérigos se encuentren confinados en
cárceles comunistas y en campos de concentración. Estas
cosas ya no parecieron coincidir con la ideología de estos
tiempos, sobre todo después de la caída del muro de
Berlín, pero continúan existiendo. Ese tipo de regímenes
son así, y aunque van quedando pocos en el mundo, los que
quedan lanzan ramalazos, se hacen sentir.
Seis millones de católicos se encuentran registrados
oficialmente en China, a los que hay que añadir cuatro
millones más, según las estimaciones, que andan en la
clandestinidad y, por ello, expuestos a que legalmente, en
cualquier momento, y sin previo aviso, les echen mano las
autoridades y los recluyan en las cárceles. Es lo que le
ocurrió a Sor Chen Mai, veintiocho años, por pertenecer a
un grupo ilegal, es decir, no registrado oficialmente.
¿Por qué no quieren registrarse los católicos
chinos?. Muy sencillo, porque consideran que de hacerlo su
actividad religiosa queda considerablemente restringida,
al capricho de las autoridades y con un estigma político
encima para toda la vida. Porque, también se trata de eso,
de un contencioso político ideológico. El Vaticano apoya a
Taiwán, cuando los chinos consideran que esa es provincia
de su propiedad. Por ello, y por la ideología comunista,
los católicos tienen que contentarse con vivir en la
clandestinidad.