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- A casi medio año de haberse producido el ataque terrorista del 11
de septiembre de 2001, las secuelas no concluyen. Sobre todo entre
los estadounidenses. Siguen enfrascados en una lucha interior por
definir su papel en el mundo. Han encontrado que la seguridad, de la
que tanto alardeaban, es vulnerable. Han encontrado que la
violencia, que tantos dividendos ha dado a su televisión y a su
industria cinematográfica, es real. Y produce muerte. Y que esa
muerte puede visitar Manhattan o El Pentágono. El novelista
estadounidense y judío Saul Bellow ha descrito, en una sola frase,
las características de este debate interior, producto de una
incapacidad congénita de sus conciudadanos de darse cuenta de la
realidad: «Creo que los estadounidenses deben comenzar a pensar
seriamente en sus propias posiciones y en el papel que desempeñan
en el mundo. Estados Unidos es un enorme país de juguetes, habitado
por niños viciosos que creen que pueden seguir jugando toda la
vida».
- En efecto, la gran industria del entretenimiento les ha comido,
por así decirlo, el sentido de la seriedad de la vida. Les ha
vendido el sucedáneo de la vida que es el ocio generalizado. Son
los «señoritos satisfechos» que decía José Ortega y Gasset; una
suerte de muchachotes sin oficio ni beneficio, hartos de estar
hartos, niños-adultos y adultos-niños, ávidos de
«experiencias», obsesionados por la sexualidad y por lo
rabiosamente nuevo, por lo último, por el abismo vacío de
coleccionar cosas.
- Bellow agrega una frase lapidaria, digna de ser escolio del Homo
videns de Giovanni Sartori: «Más que el terrorismo, el verdadero
peligro para nuestra sociedad y democracia estriba hoy en esta
apatía y superficialidad generalizadas». El socavamiento de una
sociedad que ha alcanzado los mejores niveles de bienestar que el
hombre haya alcanzado en su historia no procederá de una pandilla
de fanáticos comandada por Osama Ben Laden, sino por una cantidad
ingente de productos anunciados por la televisión como aquellos que
pueden devolverle a la vida su «chispa»» su interés, su
excitante condición de sangre que bulle. El principal enemigo de
Bush y su tropa es el bostezo. La energía del estadounidense medio
no está puesta en otra cosa sino en la adquisición de bienes de
consumo. La sustitución del ser por el tener ha tomado carta de
ciudadanía en un país que tiene 45% de la población con problemas
muy serios de obesidad y que dedica cuatro horas diarias en promedio
por ciudadano a ver la televisión. Y el problema de esta «orgía
consumista», como la llama Bellow, no es otro que la incapacidad
del ciudadano de saber lo que pasa y por qué pasa. Ya no digamos
allende las fronteras de Estados Unidos, sino dentro de las mismas.
- El país de juguetes tiene, por lo demás, consecuencias nefastas
en la vida de la Tierra. Sus decisiones sobre política exterior,
condicionadas por el «se busca, vivo o muerto» de las películas
del oeste, han acarreado a la humanidad un peligro inminente: el que
se desate una guerra de proporciones inmensas, en la que se
aproveche para destruir a todos los «malos» de la faz de la
Tierra. Con independencia de que esos «malos» sólo existan en la
mentalidad de los guionistas de Hollywood y en la de los ciudadanos
y las autoridades de una nación que lleva años olvidándose de lo
esencial y apostando por la puerilidad como forma de coexistencia.
- Si alguna consecuencia positiva debe tener el 11-S en la
conciencia de los Estados Unidos, piensa Bellow, será la de que
«el tono general del país se torne más serio… induciendo a la
gente a interesarse por los problemas reales». El problema es que
la industria del entretenimiento y del consumo de masas no está
capacitada para conducirse ni en la seriedad ni en los problemas
reales.
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