Hermano Grande

Luferni

Olvídese usted de poner atención a la problemática contemporánea de su país, tenga entretenimiento y asómese a esta pública privacidad prefabricada que presenta una convivencia de utilería. 

 No se ve mucha fraternidad ni grandeza.
El Big Brother de la ciencia ficción, que describe un mundo supercontrolado, se ha convertido ahora en programa de televisión.
Se trata de invadir los espacios de la privacidad, apoyados en un exhibicionismo voluntario. Se colocan ojos múltiples en la intimidad. Se arma una convivencia artificial de desconocidos y se convierte en mirones a los televidentes.
La pantalla chica se convierte en ojo de cerradura para husmear y atisbar, para ver sin ser visto, para fisgar desde el anonimato.
Doce personas, ciento seis días frente a cuarenta cámaras y rodeados de 60 micrófonos, veinticuatro horas, en una casa de dos recámaras, con gasto diario de veinte pesos por persona, sin relojes y sin radio o televisión.
El ser humano, con un cebo que despierta codicia, muerde el anzuelo de exhibición permanente para ofrecer a los curiosos una cotidianidad en conserva y una realidad -- (“reality show”)- de garabato.
Olvídese usted de poner atención a la problemática contemporánea de su país, tenga entretenimiento y pasatiempo, distráigase usted, asómese a esta pública privacidad prefabricada que presenta una convivencia de utilería. Vea a estos seres humanos, colocados en una situación excepcional, en el escaparate de la indiscreción. Así parece invitar, irresponsablemente, esta lucrativa operación que venderá una “realidad” acordonada por irrealidades.
Será diversión para muchos suprimir la atención a otros canales y concentrarse en este ventaneo de intimidades programadas, hechas para producir estados de ánimo contrastantes, que puedan convertirse en espectáculo.
Así puede verse esta experiencia, con su riego y consecuencia deshumanizante. Sólo su realización podrá hacer ver si el televidente cae en la evasión o de veras aprende algo...
VOLVER AL ARCHIVO DEL DÍA