Los obispos en la transición política: ¿"perros mudos"?

Cristobal López

La Conferencia Episcopal Paraguaya, y algunos obispos muy en particular, jugaron un papel gravitante e importante durante la dictadura de Stroessner, en pro del advenimiento de aires democráticos para nuestra nación.

EMPEZANDO
La Conferencia Episcopal Paraguaya, y algunos obispos muy en particular, jugaron un papel gravitante e importante durante la dictadura de Stroessner, en pro del advenimiento de aires democráticos para nuestra nación.
En momentos en que la libertad de expresión (y también las demás libertades) estaba totalmente cercenada, ellos eran los únicos que podían “darse el lujo” de denunciar las injusticias sistemáticas del régimen stronista y decir la verdad. No lo hicieron “gratuitamente”, porque, aunque el “sistema” nunca se atrevió a llegar a agresiones físicas directas contra ellos, sí emprendió en diversos momentos campañas de desprestigio, de calumnias, insultos y ataques personales con el fin de amedrentarlos y ensuciar su imagen pública.
Mons. Rolón no sólo fue objeto de solicitadas en las que sus acciones eran calificadas irónicamente de “rolonadas”, sino que también fue advertido por amigos para que no fuese a participar de tal o cual almuerzo o cena, o para que no circulase en coche solo por la noche, etc. Se trataba de personas que le querían bien y conocían o sabían de la voluntad de atentar contra él.
Nada de todo eso consiguió atemorizar a los obispos, los cuales alzaron su voz siempre que fue necesario.
Vino la democracia... ¿y qué pasó? Hay quien dice que los obispos se echaron atrás, se acobardaron, dejaron de cumplir su rol de denuncia, se acomodaron y aburguesaron... ¿Es cierto? ¿Será que se han convertido en “perros mudos” que no ladran cuando el lobo ataca a las ovejas?
Yo creo que no, pero es indudable que la gravitación de los obispos en la vida pública paraguaya ha disminuido. Es verdad que su voz no se escucha tanto como antes.
¿Qué ha pasado? ¿Cuál ha sido el papel de los obispos en estos 13 últimos años? Intento responder en 5 afirmaciones.
 
SIGUIENDO
1.-Ha habido y hay un exceso de expectativas con respecto al papel de los obispos
Se espera de ellos lo que corresponde y lo que no corresponde. Muchos pretenden que los obispos hagan la tarea que corresponde a los políticos, a los partidos
-especialmente a los de oposición-, a los sindicatos, a las organizaciones no gubernamentales, a la sociedad civil y sus grupos intermedios, en definitiva.
Y no es así; cada palo debe aguantar su vela; cada quien debe cumplir su tarea. Es cierto que los obispos no pueden permanecer ajenos ni indiferentes a cualquier problema humano que se suscite en nuestro país. Pero de ahí a esperar que sean ellos quienes tomen la iniciativa, se adelanten a los acontecimientos, salgan al paso de todo lo que ocurre en este intrincado país, hay un trecho demasiado largo. En la coyuntura que estamos viviendo, las instituciones políticas, a trancas y barrancas, están funcionando; hay libertad de expresión y de asociación. Quien quiere puede gritar sus opiniones a los cuatro vientos, aunque sea por una radio comunitaria o en un boletín parroquial. No es lógico ni elegante, pues, exigir de los obispos que digan lo que cualquiera está éticamente obligado a decir.
Para ser claros: se les está pidiendo demasiado a los obispos, se espera demasiado de ellos. Esto explicaría la decepción o desilusión de muchos hacia los obispos paraguayos.
2.-Los obispos se han pronunciado abundantemente; no se han callado
Ha habido pronunciamientos de los obispos más que suficientes. Me he tomado la molestia de acudir a la CEP y revisar la larga lista de documentos episcopales... Entre cartas pastorales, exhortaciones, declaraciones, comunicados y mensajes suman 91 en 13 años (desde febrero del 1989 a diciembre del 2001). Ello arroja un promedio exacto de 7 documentos por año, con un mínimo de 4 en 1995 y un máximo de 12 en el año 2000, año del Jubileo.
¿Alguien podrá decir que pronunciarse siete veces al año-la mayoría de ellas sobre el estado del país, la realidad nacional y sus diversas situaciones sociopolíticas- es poco pronunciarse? ¿Qué institución política o social puede presentar una trayectoria así en los años de la democracia?
Repasando el contenido de cada uno de los documentos, puede decirse que no ha habido ningún acontecimiento de relieve a nivel nacional sobre el que los obispos no hayan dicho su palabra sopesada y valiente a un mismo tiempo.
3.-Y, sin embargo, su voz no ha llegado a la sociedad paraguaya suficientemente
La impresión de la ciudadanía no es, precisamente, de sobreabundancia de pronunciamientos. Al contrario, el sentimiento de mucha gente es que los obispos “se han callado”. Esta contradicción entre la realidad (las 7 “palabras” episcopales por año) y la impresión de bastante gente puede encontrar una explicación en la escasa y mala difusión de los mensajes de los obispos.
En efecto, de las cartas pastorales apenas se hacen 1000 ejemplares, y en el mejor de los casos, 3.000. Números superiores a esos son excepcionales.
Declaraciones, comunicados, pronunciamientos y mensajes breves son usados para y en una rueda de prensa, quedando librada la publicación de los mismos a la buena predisposición de los periodistas, al espacio de que disponen -siempre escaso- y al interés particular de cada medio (como veremos más abajo).
Casi nunca se hacen llegar a las parroquias los mensajes episcopales con la indicación de obligada lectura (los obispos quieren ser muy respetuosos con el tiempo de los fieles y de los sacerdotes, pero pierden el canal fundamental de comunicación que la Iglesia tiene en sus manos: las homilías de cada domingo).
Otras causas del mismo mal son las deficiencias en la política eclesial de comunicación. En efecto, hasta ahora la CEP no ha logrado tener una Oficina de Prensa, o Gabinete de Comunicación, o Departamento de Comunicación Institucional que funcione adecuadamente y merezca tales nombres. No hay recursos humanos ni económicos suficientes para una tarea que se presenta como de trascendental importancia.
En esta misma línea de deficiencias en materia comunicacional, hay que señalar el cierre -que parecía provisorio pero fue definitivo- de Sendero, el único órgano de comunicación en manos de la CEP. Lo que no consiguió Stroesner, quien tanto quiso cerrarlo, lo hicieron los mismos obispos: ironías de la vida. ¿Cuántas veces en estos últimos diez años habrán recordado y extrañado los obispos a Sendero, especialmente cuando sus comunicados no eran publicados íntegramente por ningún medio -a no ser pagando buenas sumas de dinero- y cuando sus pronunciamientos eran tergiversados y presentados de manera sesgada?
Pero esto nos da paso para iniciar el siguiente punto.
4.-Su mensaje se presenta distorsionado
Si las constataciones reseñadas en el punto anterior se daban en el interior de la Iglesia, lo que ahora exponemos sucede en el ambiente externo a la misma, y más concretamente en el ámbito de los medios de comunicación de masas de Paraguay.
La politización, partidización y compromiso sectario de la mayoría de los medios ha llegado a tal punto que uno tiene la tentación, por momentos, de añorar y desear la vuelta del diario “Patria”. Por lo menos con él uno sabía en qué cancha jugaba y de dónde y adónde venían e iban los tiros. Pero que medios que se presentan como independientes lleguen a matrimonios interesados con facciones políticas y se vendan decididamente, pero sin decirlo ni reconocerlo, a determinadas causas y proyectos que nada tienen que ver con el bien común, es sencillamente bochornoso y vergonzoso.
Esa politización mediática lleva, entre otras, a la manipulación de la información religiosa. Lo religioso no interesa a los medios ya por sí mismo, sino en función de lo político; lo que dice un obispo sólo es “noticia” y, por tanto, publicable, si va a escocerle a algún adversario o si se puede convertir en piedra arrojadiza contra los de la barricada contraria.
De las homilías del novenario de Caacupé se selecciona sólo la frase o párrafo picante política o socialmente hablando, y se descarta como desechable, sin rubor ni vergüenza, todo el meollo de la prédica, especialmente si se refiere específicamente a la dimensión religiosa y trascendente de la persona. Los titulares de los medios poco o nada tienen que ver con lo que el obispo de turno quiso decir como idea principal. De este modo, la presión a la que los obispos se ven sometidos es enorme: si se concentran en el “anuncio” positivo del mensaje de Cristo, entonces son anodinos, espiritualistas, no comprometidos con el pueblo, etc. Si insisten en la “denuncia”, son usados a favor de unos y en contra de otros.
El caso de las homilías de Caacupé es paralelo y semejante al de la selección sesgada del contenido de los mensajes y comunicados escritos que la CEP suele entregar a los medios con ruego de publicación, sea por fax o en ruedas de prensa. También aquí se dan manipulaciones evidentes que no provienen de la ignorancia o incapacidad del periodista, sino de su prejuicio personal o, peor aún, del interés personal del dueño del medio o de su director (coincidentes muchas veces)
Para que no todo sea tirar piedras en tejados ajenos, hay que reconocer que los documentos de los obispos padecen de un mal endémico: su excesiva extensión. Por ello los medios encuentran dificultad en publicarlos íntegros y, puestos a tijeretear, lo hacen a gusto y paladar y según las propias apetencias. La distorsión está servida.
5.-Los obispos han mantenido una línea permanentemente coherente
Por ejemplo, siempre han apoyado la institucionalidad y se han opuesto a soluciones mesiánicas fuera del marco de lo que las leyes exigen. Y lo han hecho en diferentes momentos y bajo diferentes gobiernos (o mejor dicho, presidentes, porque el gobierno siempre fue colorado).
Han promovido y propugnado permanentemente la participación responsable y pacífica del pueblo en las cuestiones públicas.
Han apoyado y también propuesto por iniciativa propia el diálogo a todos los niveles y en todas las instancias, especialmente en los momentos críticos.
Y como no se habla sólo con palabras, sino también con hechos, habrá que recordar que en estos años de transición se ha puesto en marcha la Pastoral obrera, la penitenciaria y del niño (con decenas de miles de madres y niños atendidos), desde el ámbito de la Pastoral Social Nacional o desde la arquidiocesana.
La presencia y participación en los hechos del marzo paraguayo, institucional hasta donde la rapidez de los hechos la hicieron posible, fue más que notable. La condena de las otras mascaradas o intentos de golpe se dieron a tiempo. Los llamados a participar en las elecciones, a ejercer los derechos cívicos y a respetar los resultados no faltaron.
Pero como nunca llueve a gusto de todos y como el pronunciarse siempre deja caer la palabra del lado en que unos están y enfrente de donde otros esperan o huyen, entonces no es de extrañar que los obispos sean acusados de complacientes con unos, de perseguidores de otros o de no ser fríos ni calientes.
CONCLUYENDO
No sé con qué sabor de boca se habrá quedado el lector. Yo, releyendo estas páginas, me quedo con la impresión de que he dado un juicio muy positivo del accionar de los obispos en la transición política, aun criticándoles por las deficiencias que veo en la CEP en materia de comunicación.
Quizás muchos no se esperaban este balance positivo y hasta deseaban que alguien “echase más leña al fuego”. Lo siento si no les he dado gusto, pero no puedo ir contra el análisis objetivo que me impuse hacer al acercarme a los documentos publicados, procurando dejar de lado impresiones subjetivas.
Y tampoco me he podido sustraer ni dejar de lado la excelente experiencia de cuatro años participando en casi todas las Asambleas ordinarias y extraordinarias de la CEP como representante de los religiosos (Conferpar). En dichas asambleas, en las que hablé poco pero escuché mucho, se emplearon muchísimas horas en el análisis de la realidad del país, se recibieron iluminaciones muy diversas y se “cocinaron” (en el buen sentido de la palabra) numerosos documentos. Y tengo que decir, con satisfacción y en honor a la verdad, que siempre vi en los obispos un sincero interés por el pueblo paraguayo, valor no exento de prudencia y equilibrio en el compromiso por el mismo y un extraordinario deseo de contribuir al bien común de la nación. Doy fe.

 

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