Internet es una posibilidad concreta para realizar aquella comunicación
"intra ed extra" eclesial auspiciada por el Concilio Vaticano II;
una
comunicación que no teme el pluralismo, que privilegia la escucha, que da
el
justo valor a todos los que participan en el diálogo.
Internet es una posibilidad concreta para realizar aquella
comunicación
"intra ed extra" eclesial auspiciada por el Concilio
Vaticano II; una
comunicación que no teme el pluralismo, que privilegia la escucha,
que da el
justo valor a todos los que participan en el diálogo. Una
comunicación, por
lo tanto, interactiva, circular, participativa. Lo explica Maria
Cristina
Carnicella en el capítulo "Internet e pastorale", del
libro, coordinado por
Tommaso Stenico, "Era mediatica e nuova evangelizzazione",
Librería Editrice
Vaticana, 2001, pp. 182-203. Carnicella es profesora de teología de
la
comunicación en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.
El Cohelet ya lo advertía: no te preguntes por qué los tiempos
anteriores
eran mejores que los actuales: no es una pregunta inteligente. Para
Maria
Cristina Carnicella, estamos viviendo una revolución similar a la
provocada
por el descubrimiento de la prensa y no podemos lamentarnos ni
distanciarnos
de esta realidad que nos afecta a todos.
Esta profesora italiana sugiere que "las nuevas tecnologías de
la
comunicación han llevado al nacimiento de una serie de instrumentos
que no
pueden ser indicados por más tiempo como "mass media",
puesto que, más que
dirigidos a la masa, pasan a tomar en consideración las exigencias
específicas del usuario singular".
Sumariamente, subraya como Internet es una red de diálogo e
intercambio de
información. La autora destaca los elementos de la interactividad, el
constante enriquecimiento de los servicios ofrecidos, la integración
hombre-máquina y la multimedialidad.
¿Qué implicaciones tiene este panorama para la pastoral?
Carnicella parte de
la premisa de que una reflexión sobre Internet significa, desde la
perspectiva pastoral, no sólo una reflexión sobre los instrumentos
técnicos
y sobre las estrategias operativas a éstas conexas, sino una
reflexión sobre
la persona humana. Pastoralmente, Internet ofrece la oportunidad de
situar
la verdad de manera accesible a un mayor número de personas.
Carnicella
sugiere que Internet podría ser un instrumento para poner en común
experiencias y materiales, y para incentivar consultas diocesanas,
creando
un contacto constante y duradero entre la jerarquía y la base
eclesial.
La autora reconoce que no se puede negar a la red el apelativo de
hecho
cultural, social y educativo, precisamente tres perspectivas que
interpelan
y implican la pastoral. La vía no es fácil: requiere costes y
riesgos. En
otro sentido, puede agilizar y dar la creatividad necesaria en el
campo
pastoral.
Una atención especial, en su reflexión, la dedica a las curias:
éstas son
instrumentos pastorales para la evangelización del territorio. No se
trata
de instaurar cursos de informática o de comprar los últimos modelos
en
tecnología, sino de cambiar el ambiente para encontrar nuevos caminos
para
la misión y la evangelización. Las acciones que se están haciendo
hoy, a
nivel local y personal, ofrecen un balance alentador.
Los enfermos, ancianos o discapacitados también centran la
atención de la
autora: desde un punto de vista pastoral, Internet representa un
instrumento
extraordinario para vencer el aislamiento y la soledad.
Internet puede convertirse en un nuevo instrumento de fuerte
testimonio
evangélico, aunque no el único.
En otro sentido, insiste en la formación de los receptores, de los
seminaristas y de los operadores pastorales. Según Carnicella,
"Internet no
es 'indispensable' para el futuro sacerdote". Pero no se puede
negar que los
apóstoles, pescadores de hombres, hoy no podrían prescindir del uso
de la
red para llevar a cabo la misión que Cristo les confió.
La cooperación que posibilita la red se dibuja en distintos
niveles:
cooperación entre obispos, obispos y sacerdotes, sacerdotes y
sacerdotes,
fieles y magisterio, fieles y fieles, mundo eclesial e instituciones
laicas,
etc.
Carnicella está convencida de que sumergirse en la red comporta
asumir
nuevos roles, no en el sentido de fingir una identidad diversa como
ocurre
en una chat, sino en lo que concierne a moverse con distintas
coordenadas.
Es necesaria una flexibilidad que permita adoptar una identidad
abierta,
capaz de moverse con habilidad y ductilidad en la inmensa cantidad de
información y conocimientos. También se trata de adquirir la
capacidad de
moverse en espacios virtuales y de refundar el propio rol no sobre la
autoridad, sino sobre la capacidad de colaborar, motivar, indicar
caminos
alternativos para solucionar problemas... En pocas palabras:
convertirse en
expertos en mediación y en formación permanente. Formación
entendida en sus
dimensiones técnicas, teológicas y de madurez humana y espiritual.
. Inculturación en la aldea global
Carnicella afirma que el auténtico reto es aquel que permita ir
más allá del
simple compromiso técnico. Se trata de realizar la inculturación en
la aldea
global, presentando valores éticos alternativos y procurando que la
potencia
del Evangelio pueda llegar a los fundamentos de esta nueva cultura
informática.
La autora hace referencia a la "atendibilidad" de las
fuentes; muchas veces
no sabemos quién está detrás de las informaciones que se nos
ofrecen. Sin
embargo, esto no implica que sean falsas o erróneas. La profesora
recuerda
que, en este contexto, "es importante tener presente que las
redes
telemáticas no están hechas de informaciones, sino de personas que
tienen
informaciones, modos de reflexión, de ver o de pensar, y que quieren
compartirlos con otras personas".
Educar en la diferencia entre información y opinión, entre
expresión del
propio pensamiento y pensamiento autorizado, son algunos de los retos
ineludibles.
Otro punto importante es la diferencia entre acción y resultado de
esta
acción: no es lo mismo la información que la evangelización. Una
cosa es
anunciar el Evangelio y otra distinta es la encarnación de esta Buena
Nueva
en la vida y en la comunidad.
Carnicella finaliza su ensayo recordando que Internet no debe
absolutizarse
y que el reto auténtico para la pastoral es la capacidad de
transformar
rostros anónimos, detrás de la pantalla, en personas específicas,
únicas,
capaces de salir del anonimato para ponerse al servicio del prójimo,
con
todo su bagaje de vida y de experiencia; personas que entren en
relación y
vayan más allá: hacia la construcción de la comunión.