El cristiano ante un mundo racista y xenófobo

Baldo Garza

Las diferencias no cambian lo esencial: todos los hombres somos iguales, lo único que cambia es lo exterior. El respeto es el principio de la sana convivencia y del crecimiento humano.

¿En qué momento de la historia los hombres decidimos acabar o exterminar a todos aquellos que no son como nosotros bajo cualquier aspecto? Es decir aquellos que: no son de nuestro mismo color, no son de nuestra misma raza, no hablan nuestra lengua, no tienen nuestra cultura, no profesan nuestra religión, no piensan como nosotros, no comparten nuestra filosofía, no comparten nuestras convicciones políticas. Me podría extender ampliamente si enumerara cada una de las situaciones en las que pensamos que los demás debieran ser como nosotros. ¿Por qué los hombres hemos creado esa falacia de que para que todo esté bien todas las personas deben ser como nosotros?
Si echamos un vistazo a la historia de la civilización descubrimos que ya desde el principio de la cultura existían diferencias de orden político: los reyes o faraones y el pueblo. Tal vez en la prehistoria las comunidades eran más homogéneas y las autoridades y los líderes sólo tenían tareas meramente funcionales que facilitaban la convivencia y la consecución de las satisfacciones más apremiantes de dichas comunidades: alimentación, vivienda y seguridad del ataque de los otros pueblos. Y probablemente con el paso del tiempo los líderes y las autoridades hayan adquirido cierto rango de preponderancia sobre los demás; a ello se unió la idea muy generalizada de que los reyes y los faraones eran hijos de la divinidad, por lo cual, el pueblo no sólo los obedecía por su carácter de autoridad, sino sobre todo por su condición de seres divinos.
El libro de Samuel presenta de modo claro y conciso en que consiste el derecho del rey , al hacer la observación de que el rey se queda con las mejores tierras, lo mejor del ganado y grandes cantidades de dinero mediante tributos y demás leyes tributarias. En torno a ellos surgen los grupos de poder, es decir los ministros de los reyes y de los faraones que obtienen buenas ganancias de su servicio a la corona.
¿Será este el momento en que se establecen las diferencias como criterio para despreciar a los demás hacia el interior de las comunidades? Porque es obvio que el desprecio hacia los demás nace desde el momento en que los pueblos toman conciencia de su ser determinado pueblo. ¿Habrá nacido el comercio como un modo de convertir en aliados a los enemigos potenciales?
¿Es el hombre xenófobo por naturaleza?, es decir, ¿odia y desprecia a quienes descubre como diferentes de él?, ¿por qué los niños desde su más tierna infancia son capaces de ridiculizar con saña y crueldad a los otros niños que presentan alguna diferencia real o imaginaria?, ¿de donde nos sale la creativa capacidad para inventar motes y apodos para las personas que son diferentes a nosotros?, ¿de dónde surge esa necesidad que tenemos de aplicar calificativos para definir a las personas y eximirnos de la tarea de tratarlas, conocerlas y aceptarlas?, ¿somos capaces de respetar y aceptar a los demás de manera madura?
El libro del Génesis dice que el hombre está inclinado al pecado desde su más tierna infancia y la Iglesia propone la doctrina del pecado original para explicar esa tendencia al mal y al pecado. Pero, ¿tan dañada está la naturaleza humana que lleva al hombre al odio de sus semejantes sin ningún motivo que la sola diferencia exterior?
En la teología cristiana la confusión de Babel es superado por el acontecimiento de Pentecostés, que es la plenitud de la unidad total que instaura Jesucristo con su Misterio Pascual, de tal modo que San Pablo afirma que Jesús ha derribado el muro que separaba a todas las naciones entre ellas: el odio. En Cristo, afirma San Pablo, ya no hay distinción entre judío y no judío, entre esclavos y libres, entre varón y mujer, pero…, ¿no hemos creado nuevas distinciones con tal de estar lejos nuevamente aquellos que habíamos sido acercados a Dios y al hermano mediante el acontecimiento Cristo?
El cristiano es el hombre y la mujer llamados por Cristo a ser factor de unidad entre los pueblos y entre los hombres y la fuente de esa unidad es precisamente la Santísima Trinidad, ese Dios que posee todo en común siendo Uno y Único en Tres sustancias individuales llamadas personas.
La Trinidad es la fuente de donde brota toda unidad, sin embargo, la Unidad Trinitaria no provoca confusión, ni caos, tampoco produce perdida de identidad ni usurpación de títulos, funciones y atributos. Dios es Uno y Único, pero la gloria, el poder, el honor, la sabiduría, la alabanza los comparten tres Personas por igual y nunca en detrimento de ninguna de ellas.
El acontecimiento de Cristo, se mueve en una situación semejante: en Él hay dos naturalezas y una sola persona y todo cuanto se dice de Él en cuanto hombre se le predica en cuanto Dios y todo lo que decimos de Él en cuanto Dios, lo decimos del hombre porque ambas naturalezas residen en la misma Persona.
De la Iglesia predicamos lo mismo, puesto que es una realidad humana y divina en donde convergen Dios y el hombre y donde ellos actúan conjuntamente: Dios llega al hombre a través del hombre y este llega a Dios a través del hombre.
En épocas anteriores a la que actualmente vivimos, el día de la Santísima Trinidad, los sacerdotes después del Evangelio regresaban a la sede y permanecían en silencio para manifestar que ante el misterio sólo se puede callar y contemplar, sin embargo, hoy se ha asumido otra actitud porque el misterio por excelencia debe ser la fuente de donde broten todas las bendiciones que a los hombres llegan a través de los demás.
La Santísima Trinidad es la fuente de todo don y gracia, de toda bendición y de toda espiritualidad y ella nos debe servir como modelo para actuar nuestra vida cristiana.
La unidad para el cristiano le vine de su Dios y es para aquél una responsabilidad que no puede dejar de lado. Dios es uno y de esa unidad viene la unidad de la que habla San Pablo: un solo cuerpo y un solo Espíritu, como es una esperanza a la que han sido llamados, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre que está sobre todos, con todos y en todos.
Así pues, los cristianos somos en esencia, portadores y promotores de la unidad. Quizás nuestro mayor conflicto radique en que pensamos que unidad significa uniformidad y que para ser uno hay que ser iguales en todos los aspectos. A este respecto San Pablo invitaba a los suyos a mantener la unidad en el Espíritu, es decir, la caridad.
Ahora bien, la caridad no significa no tener diferencias, incluso esenciales, sino a conservar la unidad a pesar de las diferencias que son necesarias en la convivencia humana.
Por lo tanto, la pregunta de rigor es ¿cómo podemos mantener la caridad sin renunciar a las diferencias que nos caracterizan?
En primer lugar, tenemos que asumir este hecho: las diferencias son inherentes a la naturaleza humana, es decir, existen muchas cosas que nos hacen diferentes a los demás y hay diferencias que distinguen a los otros. Si hacemos a un lado este principio la convivencia humana siempre será ríspida. Desde niños hay que enseñar a nuestros hijos a que respeten las diferencias que descubran en los demás. Y en la escuela hay mil oportunidades de aprender a respetar: el niño de lentes, la niña con sobrepeso, el de cabello rubio, la de piel morena, el de la ropa desgastada, la que siempre se equivoca, el que siempre regañan, la que tartamudea, el que no sabe leer, la de los aparatos de ortodoncia, el de los aparatos ortopédicos, a la que le hacen trenzas, el que nunca trae para comprar algo en el recreo, la que usa el mismo uniforme casi siempre, el que trae el uniforme del hermano. Así podría seguirle casi con todos los aspectos: cabello, ojos, cejas, nariz, orejas, vello, tamaño, peso, modo de hablar, modo de caminar, modo de vestir, etc.
Por otra parte, hay que tomar conciencia de que las diferencias enriquecen la existencia humana porque ellas abren un enorme abanico de posibilidades de vivir y de ver la vida.
Finalmente las diferencias no cambian lo esencial: todos los hombres somos iguales, lo único que cambia es lo exterior. El respeto es el principio de la sana convivencia y del crecimiento humano ya que cada ser humano es único e irrepetible y por lo tanto, esa irrepetibilidad se traduce en diferencias muchas veces notorias, otras veces no tanto, pero eso es obvio porque cada persona vive su vida de modo individual y solitario, es decir, en lo más profundo del interior del alma de cada individuo la vida se entreteje según la experiencia de cada quien.

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