Veritas filia temporis

Prisciliano Hernández Chávez

La verdad histórica, a veces no es tal, aunque se diga que lo es, por el inadecuado manejo de las fuentes, por visiones espurias nacidas de la ideología o el interés, el prejuicio, o simplemente por la manipulación desde el poder.

“La verdad es hija del tiempo”, reza un dicho latino. Y así es.
La verdad en y sobre el conocer, la verdad en el decir y sobre el decir, la verdad en el actuar y sobre el actuar, la verdad en el ser y sobre el ser, no pueden ser sustraídas de su dimensión histórica, porque el fenómeno humano y la comprensión del misterio del hombre se enmarcan en la dimensión espacio-temporal. El mismo Verbo de Dios, o Aquél que es la Palabra, que estaba en el seno del Padre,acepta este horizonte, en virtud de su encarnación, para franquear el abismo entre Dios y nuestro acceso a El. Por eso la feliz expresión del S.S. el Papa Juan Pablo II, en su carta “Tertio millenio adveniente”, “ por la encarnación del Verbo, el tiempo ya es una dimensión de Dios”, y por nuestro bautismo, la eternidad de comunión de amor con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, ha de ser nuestra historia o nuestro tiempo.
La verdad histórica, a veces no es tal, aunque se diga que lo es, por el inadecuado manejo de las fuentes, por visiones espurias nacidas de la ideología o el interés, el prejuicio, o simplemente por la manipulación desde el poder; desde este último, deja de ser verdad para pasar a la categoría del mito o a su vivencia social como verdad folklórica; esto se agrava en nuestro tiempo por algunos medios de comunicación social que manejan sus “fuentes”, la mayor de las veces “verdes” por ingenuidad o por el mercantilismo del imperio del dólar. Fuentes reducidas ,pues, por la ignorancia, el control social, el sectarismo fanático o la venta al mejor postor.
Quizá los controles más nefastos sobre la verdad histórica son los ejercidos por el poder, el dinero o la comodidad, que son los tropiezos en el caminar histórico del hombre; aunque se acaban con la muerte de quienes se le someten, sin embargo dejan sus nubarrones en nuestro espacio vital a tal grado que pueden eclipsar la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre la Iglesia y su misterio.
Quizá el criterio a privilegiar para entender los hechos conflictivos o el principio hermenéutico saludable sería: ¿quien respeta la dignidad de la persona humana, que después de Dios es lo más sagrado que existe en y sobre el universo, y que por tanto, la economía, el Estado de Derecho, la verdad en el decir, y todos los bienes de la creación están a servicio de ella-la persona - y no viceversa? Por eso, no hay que precipitarse en preconcepciones monolíticas con pies de barrro, pues, “véritas filia témporis”, la verdad es hija del tiempo,… ¿o no?

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