La verdad histórica, a veces no es tal, aunque se diga que lo es, por
el inadecuado manejo de las fuentes, por visiones espurias nacidas de la
ideología o el interés, el prejuicio, o simplemente por la manipulación
desde el poder.
“La verdad es hija del tiempo”, reza un dicho latino. Y así es.
La verdad en y sobre el conocer, la verdad en el decir y sobre el
decir, la verdad en el actuar y sobre el actuar, la verdad en el ser y
sobre el ser, no pueden ser sustraídas de su dimensión histórica,
porque el fenómeno humano y la comprensión del misterio del hombre
se enmarcan en la dimensión espacio-temporal. El mismo Verbo de Dios,
o Aquél que es la Palabra, que estaba en el seno del Padre,acepta
este horizonte, en virtud de su encarnación, para franquear el abismo
entre Dios y nuestro acceso a El. Por eso la feliz expresión del S.S.
el Papa Juan Pablo II, en su carta “Tertio millenio adveniente”,
“ por la encarnación del Verbo, el tiempo ya es una dimensión de
Dios”, y por nuestro bautismo, la eternidad de comunión de amor con
el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, ha de ser nuestra historia
o nuestro tiempo.
La verdad histórica, a veces no es tal, aunque se diga que lo es,
por el inadecuado manejo de las fuentes, por visiones espurias nacidas
de la ideología o el interés, el prejuicio, o simplemente por la
manipulación desde el poder; desde este último, deja de ser verdad
para pasar a la categoría del mito o a su vivencia social como verdad
folklórica; esto se agrava en nuestro tiempo por algunos medios de
comunicación social que manejan sus “fuentes”, la mayor de las
veces “verdes” por ingenuidad o por el mercantilismo del imperio
del dólar. Fuentes reducidas ,pues, por la ignorancia, el control
social, el sectarismo fanático o la venta al mejor postor.
Quizá los controles más nefastos sobre la verdad histórica son
los ejercidos por el poder, el dinero o la comodidad, que son los
tropiezos en el caminar histórico del hombre; aunque se acaban con la
muerte de quienes se le someten, sin embargo dejan sus nubarrones en
nuestro espacio vital a tal grado que pueden eclipsar la verdad sobre
Dios, sobre el hombre, sobre la Iglesia y su misterio.
Quizá el criterio a privilegiar para entender los hechos
conflictivos o el principio hermenéutico saludable sería: ¿quien
respeta la dignidad de la persona humana, que después de Dios es lo
más sagrado que existe en y sobre el universo, y que por tanto, la
economía, el Estado de Derecho, la verdad en el decir, y todos los
bienes de la creación están a servicio de ella-la persona - y no
viceversa? Por eso, no hay que precipitarse en preconcepciones
monolíticas con pies de barrro, pues, “véritas filia témporis”,
la verdad es hija del tiempo,… ¿o no?