Del 11-S a la dictadura global
José Alberto Villasana -
avillasa@yahoo.com
“Una gran conflagración final, amplificada por la crisis entre el Islam y
el Judaísmo, será necesaria para establecer definitivamente el Nuevo Orden
Mundial”.
Albert Pike
¿Mentira terrorista?
El
gobierno de los Estados Unidos llegó al aniversario del 11-S con una
credibilidad cuestionada, al ser señalado como el verdadero artífice de
los atentados al WTC con la finalidad de dar un golpe de estado mundial.
Los servicios de inteligencia franceses fueron los primeros en discrepar
de la versión oficial de los hechos, señalando que no se dieron a conocer
pruebas suficientes para culpar de los atentados al grupo Al Qaeda. La
agencia Intelligence Online reveló que agentes del Mossad daban
seguimiento personal a cada uno de los terroristas árabes.
Thierry Meissan, investigador y director de la Red Voltaire, publicó, en
su libro “La Gran Impostura”, que los atentados fueron auspiciados desde
el interior del aparato de estado norteamericano y no por Osama Bin Laden.
En realidad, dice Meissan, los Bin Laden y los Bush son socios en el
negocio del petróleo desde los años setenta y ambos, a través de la CIA,
entrenaron y armaron a la jihad islámica en contra de Rusia. Además,
documenta que el Pentágono no recibió el impacto de ningún avión, sino de
un misil del propio ejército.
Horas después de los atentados, diversas personas llamaban indignadas a
las embajadas americanas en Túnez, Riad y Yemen. Eran los acusados por
Estados Unidos de haber participado y muerto en los atentados. Los
supuestos terroristas veían sus fotos publicadas en los periódicos de todo
el mundo.
Un
saudí que trabajaba en Yeddah en el momento del atentado Abdul Rahman Al
Omari supo, a través de la prensa, la noticia de su propia muerte
acontecida en Nueva York.
El
18 de septiembre del 2001, la agencia France Press informó que otro piloto
saudí acusado por las autoridades norteamericanas, Said Al Gamdi, en
realidad vivía en Túnez desde un año antes. Al enterarse de que el
gobierno norteamericano lo señalaba como el principal secuestrador del
avión que cayó en Pensylvania, el mismo Al Gamdi se comunicó a la embajada
norteamericana en Túnez para desmentirlo.
Según el veterano piloto Ishaq Kuheiji, no es posible que los terroristas
hayan dominado la complejidad de Jumbos 747 y 767 con dos meses de
entrenamiento en avionetas tipo Cessna. Más bien supone que los sistemas
de navegación de los aparatos estrellados pudieron ser programados en
tierra para ser posteriormente activados en vuelo. Solo así se explicaría,
dice, que los aviones despegaran, descendieran y volaran a baja altura
hasta encontrar con exactitud los objetivos prefijados.
Jürgen Storbeck, director de Europol, declaró a The Daily Telegraph que es
muy dudoso que Osma Bin Laden haya podido diseñar todas las fases de la
operación en su conjunto y mucho menos que haya podido controlar la fase
final de los atentados desde Afganistán. A su juicio, minoritarias
facciones dentro de servicios secretos estadounidenses estuvieron
necesariamente involucradas en los hechos.
Muchas personalidades políticas y financieras sabían que los atentados se
llevarían a cabo. En su informe del 15 de octubre del 2001, la
Organización Internacional de Comisiones de Valores dio a conocer que
semanas antes de los ataques a las Torres comenzaron a registrarse
movimientos financieros especulativos que, por la cuantía de las
transacciones, calificó como “el más importante delito por aprovechamiento
ilícito de información privilegiada jamás cometido”. Las investigaciones
fueron abortadas por el FBI con el argumento de que el Deutsche Bank
alegaba el derecho de anonimato de los beneficiarios.
Falsificación ideológica
Pocos días antes del primer aniversario de los atentados concluyó, en
Johannesburgo, la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, la cual
conferirá al gobierno mundial su base ideológica oficial.
Tomando como base la realidad ambiental del mundo, la Cumbre excedió los
propósitos de la ecología al imponer, como declaró el mismo Gorbachov, “un
código de ética global que sustituirá los 10 mandamientos”.
Ese código está contenido en la llamada Carta de la Tierra, un documento
que desde inicio de los noventas fue severamente criticado por los
conceptos ideológicos que pretende imponer.
Entre los promotores de la Carta están diversas Comisiones, Fondos y
Programas de la ONU, así como decenas de ONG’s, y fue especialmente
promovida por la Fundación Gorbachov y el grupo World Goodwill, cara
pública de la logia mundialista Lucis Trust.
La
Carta, que en la práctica sustituirá la Declaración Universal de los
Derechos Humanos de 1948, presupone la visión panteísta característica de
la espiritualidad de la Nueva Era y de la ecología profunda. Jamás define
cuál es la “singular comunidad de vida” por la que “la Tierra está viva” y
denota una aberración filosófica al diferenciar “comunidad ecológica” de
“comunidades humanas”, pues solo las personas son capaces de comunión
Mientras la Declaración del ‘48 hacía derivar los derechos humanos de la
dignidad de la persona humana, la Carta no contempla al hombre como el
centro de la Creación. Esto hace que se equiparen los derechos de la
persona a los de la naturaleza, cayendo así en un absurdo antropológico.
De esta forma, se consagra la imposición de una ideología que en sus
postulados materialistas y en su afán de control social coincide con el
marxismo. En el Nuevo Orden, quienes profesemos una ética antropocéntrica
seremos tachados de retrógradas, intolerantes y reaccionarios
Además, la Carta asume el prejuicio de que el crecimiento demográfico es
causa del subdesarrollo, tesis que ha sido continua y rotundamente
desmentida.
Jaqueline Kasun, autora del estudio titulado Guerra contra la población,
explica que los análisis económicos fracasaron en demostrar que el
crecimiento poblacional tiene efectos económicos negativos. El mismo Banco
Mundial, paradójicamente una de las principales instituciones
antinatalistas, realizó varios estudios que demuestran cómo la evidencia
estadística lleva a pensar que se puede relacionar desarrollo poblacional
con crecimiento económico. Y un informe del Departamento de Estado
Norteamericano, basado en documentos preparados por la Comisión del
Pentágono para Estrategias Integradas a Largo Plazo, en 1989, explicaba
que “los estados en vías de desarrollo podrían acumular gran poder
agregado e influencia como resultado del crecimiento de su población”.
Este fue el punto de quiebra y la razón de base para toda la política de
contención demográfica. No la preocupación por elevar el nivel de vida de
los países pobres, sino el temor de que las altas tasas de crecimiento
pudiera potenciar su futuro desarrollo.
Insinuar que la multiplicación de pobres es la causa del retraso y del
degrado ambiental es obviar la atención de la verdadera causa de la
pobreza: los bajos niveles de educación y nutrición, y la poca solidaridad
de los que se sientan a la mesa del G7, cuya codicia industrial es la que
más devasta el planeta. Por ello, resulta ilógico pensar que reduciendo la
población se incrementará el bienestar de las naciones. Al lo menos no se
ve la relación.
Tal ingeniería social hace que se cumpla la trágica predicción del
escritor francés George Bernanos: “Puede suceder que la sociedad moderna
combata la pobreza eliminando a los pobres, a los desadaptados y a los que
jamás se adaptan, gracias a una regulación de los nacimientos y a una
severa selección racial”.
Conclusión
Por los alcances de las unilaterales medidas norteamericanas se deduce que
esta guerra no está planteada únicamente contra los movimientos islámicos,
sino contra todo aquél que se rehúse a aceptar el derecho del Pentágono y
de la OTAN de explotar y manipular al resto del mundo en su propio
beneficio.
Por los contenidos emanados de la Cumbre para el Desarrollo se deduce el
corte reaccionario y socialista del Nuevo Orden mundial.
Desde el punto de vista geoestratégico la historia del “enemigo” Bin Laden
coincide con que debajo de Afganistán se encuentran los yacimientos de
petróleo, gas y carbón más grandes del mundo, posibilitando la
construcción de los oleoductos hacia el Caspio y permitiendo a los Estados
Unidos situarse a las puertas de Rusia y China.
Por su parte, Bin Laden liderea un proyecto de partido islámico en el
Turkestán, una fuerza que tendría un enorme potencial desestabilizador al
significar el fin del Tadjikistan y de los estados árabes de la región. El
nuevo Turkestán se convertiría en un gran estado islámico,
mayoritariamente turcófono, capaz de englobar la región del Caspio,
cambiando por completo la fisonomía del mundo islámico, la geoestrategia
asiática y el futuro de las políticas energéticas del mundo entero.
El
Islam constituye la única cosmovisión que Occidente no ha podido destruir,
albergando en su interior un desafío potencial a su hegemonía. Pero si
Bush decide mantener su alianza con la dinastía saudita y si China sigue
financiando el potencial nuclear de Irán e Iraq, entonces nos
encontraremos ante una bipolaridad reeditada en donde Israel quedará a
expensas de sus enemigos árabes y de Rusia.
Igualmente preocupante es la batalla que se da en el plano filosófico,
pues la misma anarquía que deriva de la revolución iluminista está siendo
utilizada ahora, mediante un hostigamiento metamorfoseado, para el asalto
final del acariciado sueño de control global. Esa guerra no es contra el
occidente cristiano, sino contra todas las religiones, contra el
pensamiento y los valores del espíritu. Y las únicas armas que pueden
vencer ese terrorismo son nuestras ideas.
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