Programa "Sopa Solidaria" de
las Hijas de la Caridad ayuda a indigentes ecuatorianos
Antonio Modernell Mateus
andinanoticias@hotmail.com
QUITO, septiembre 29 de 2002. La puerta de metal es un muro infranqueable
hasta las 12:00 horas. Cerca de 300 personas cuentan los minutos. Esperan
que el límite corredizo se desplace sobre el eje de ruedas y la voz
femenina les dé luz verde para entrar.
Sucede cada lunes y jueves, a la misma hora. Para ellos y ellas, los
indigentes que forman fila sobre la calle Bolívar ante la puerta del
Convento de San Carlos, el portón que se abre es la señal de que por lo
menos ese día tendrán un almuerzo seguro.
En
el interior, las postulantes y las monjas de la orden de las Hijas de la
Caridad de San Vicente de Paul multiplican sus esfuerzos. Es lunes y en la
cocina hay siete jóvenes en la labor. Dan los últimos toques a una sopa de
pollo con verduras que alimentará a cargadores de los mercados de la zona,
a desempleados, a madres con filas de niños con hambre, a mendigos, a
alcohólicos, a ancianos abandonados...
Cuando se despeja la entrada, desfila bajo el umbral un tropel de
personas vestidas pobremente. Una religiosa los hace entrar por turnos.
Así, los cinco primeros entran encabezados por un anciano, vestido con un
terno celeste, desgastado, Arregla su cablello con una peinilla de
plástico, mientras repite las oraciones y asiente ante las palabras de
otra religiosa.
El programa "Sopa Solidaria" nació hace un año, explica Sor Carmen
Patiño, superiora del Convento. Es parte de los planes de asistencia
social que esta orden lleva adelante en hospitales, albergues, ancianatos.
"Los lunes y los jueves, les damos un plato y un pan a alrededor de 300
personas muy pobres".
¿El menú? "Depende. Si ese día alguien nos trae verduras, será sopa de
legumbres. Sin nos dan fideos, será de fideos. Gracias a Dios, hasta ahora
ni un solo día ha faltado la carne". Sí han faltado raciones para los que
quieren. un segundo plato. "Cuando ha venido más gente, nos ha tocado
mandar a traer la sopa del almuerzo del convento".
La primera vez, hace un año, llegaron 40 personas, recuerda Piedad Muñoz
de Mena, una de las voluntarias del grupo Medalla Milagrosa, que coordina
el programa. Las alacenas se nutren de donaciones regulares y esporádicas.
"Una marisquería aporta todas las semanas. Otro señor que una vez pasó y
vio a la gente esperando, regala arroz. Alguien que una vez leyó sobre el
programa, nos mandó 500 dólares", dice Patiño.
El Jueves Santo, hubo fanesca. "No tenía todo, pero sí un montón de
habas, que le gané en una apuesta a una hermana que tiene familia en el
campo". En otra ocasión, alguien que creía que un dinero que obtuvo "era
del demonio", decidió donarlo al programa. "Traiga no más, de quién quiera
que sea", fue la respuesta de la madre.
Los beneficiarios son agradecidos. "Dios le pague", "Dios le
multiplique", "Dios le dé más": las fórmulas para reconocer la labor de
las religiosas son incontables. Sacarse el sombrero y sonreír en silencio
es la más sencilla.
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