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La hispanidad vehículo para la "Iglesia en América"

Amín Cruz

El Santo Padre ha intuido el momento histórico de América, lo ve como el Continente de la Esperanza. De ahí su simpatía por América, especialmente por América Latina. Ciertamente el Santo Padre no habla de la Hispanidad por ser un concepto que puede inducir a falsas interpretaciones cada vez que se menciona la palabra Hispanidad.

Para muchos pueblos ello significa destrucción y muerte pero para otros quiere decir redención y vida. Mire por donde se mire, junto al concepto "Hispanidad" aparece, por un lado, una espada sangrante y criminal y por otro, una cruz ensangrentada pero redentora.

De igual manera el Cardenal Michael M. Egan, considera que la hispanidad es el vehículo de unión y por tal razón llama a profundizar con nuestra fe en América, en aras de la paz, la libertad y el amor.

¿Podemos hoy hablar de Hispanidad? ¿Hay otro elemento que descubrir entre la espada y la cruz? ¿Qué es la Hispanidad? Dejemos hablar a Blas Piñar.

Los contradictores de la Hispanidad, los de dentro y los de fuera de nuestra dimensión geográfica de España, han contribuido sin saberlo, a aclarar sus contornos. La reincidumbre y agresividad de sus ataques nos revelaba que había algo de peso que atacar. Y como reacción y contraste, aquello que insultaban, menospreciaban y zaherían atrajo la curiosidad de muchos; al principio, con las preocupaciones y cautelas de algo que se reputa vergonzante y prohibido y, al fin, con espíritu, el entusiasmo y la generosidad de una causa que se estimaba grande y bella a la vez.

La Hispanidad comenzó a percibirse cuando, por paradoja, empezó a retirarse, cuando dejó de vitalizar el conjunto, y ello por la sencilla razón de que, al igual que el hombre, las colectividades tienen un sistema nervioso que acusa la incomodidad y la falta de salud.

Estamos en el camino de retorno, enfermos, sí, pero con la ilusión rejuvenecida y alimentada por el tesoro de la experiencia. Esa experiencia, necesaria siempre, que cursa a los hombres y a las sociedades, que les da un cierto sentido para discernir y ponderar, nos ha revelado ahora, de un modo clarividente, que nuestro error, error grave y colectivo, no fue otro que asociar la quiebra del imperio a la quiebra de la Hispanidad, es decir, de los principios ideológicos que habían estructurado en el curso de tres siglos de amorosa convivencia.

No fuimos capaces de percibir que el Imperio -aquel imperio sin imperialismo, como alguien ha estampado con letras de molde- era tan solo una forma política, un expediente pasajero, contingente, susceptible de mudanza y de cambio, sin que por ello padeciera la Hispanidad.

La Hispanidad era lo perramente, el espíritu con fuerza y energía creadora y fecundante capaz de corporeizarse, de hacerse visible y operar a través de esquemas distintos. Estimamos que al devenir insuficiente e inservible la formula, también lo sustantivo se encontraba en liquidación, y con infantil alegría emprendimos la subasta. (Tomado de "Arbil, anotaciones de Pensamiento y Crítica").

¿Es este el Espíritu que el Santo Padre ha sabido captar para revitalizar el concepto de Hispanidad, sin mencionarlo para no limitarlo.? ¿Cuál es el valor intrínseco de un hecho histórico que cambió el curso de todo un continente? ¿Dónde comienza y hasta dónde se extiende la hispanidad? Al decir del mismo Blas Piñar, "Hoy, la Hispanidad circula como una moneda de valor y cuño conocidos. Pero nosotros, ahora y en este momento, nos incumbe algo más que recibir la moneda, examinarla superficialmente y dejarla correr en el mercado.

Desaprovecharíamos con estúpida frivolidad esta ocasión que la Providencia nos depara si no intentáramos -con la impresión de riesgo que la aventura implica- retirarnos con esa moneda a nuestro estudio a fin de considerarla con atención y minuciosa simpatía, de repasar, despacio y con amor, las honduras y el perfil de sus relieves, de recitar con pausa sus orlas y leyendas y de entrañarnos en su hechura para conocer con detalle su ingrediente y la ley que norma y preside su íntima aleación."

La Exhortación Apostólica "La Iglesia en América" presupone el valor de la moneda de "la Hispanidad". Es una fina moneda cuyo valor intrínseco radica en que es el espíritu capaz de transmitir un mensaje tan profundo como puede ser el mensaje evangélico. La Hispanidad es más que una lengua, un pueblo, un poder, es sencillamente un espíritu que purificado de toda lacra, puede ser el instrumento que abra nuevos caminos de esperanza en todos los pueblos, a toda cultura y en todas las lenguas. Un espíritu que encontrará resistencia, pero esa misma resistencia contribuirá a presentar el mensaje evangélico más puro, más enriquecedor. Un traje divino a la medida humana, cosido ajustado a las culturas, etnias y lenguas de cada pueblo y atraídos al mismo por la fuerza de amor y fraternidad universal que emana el evangelio.

Este artículo se publico en la edición del primero de octubre del Periódico El Camino de la Arquidiócesis de New York.

 
 

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