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¿Hacia la tercera guerra mundial?

Roberto Fernández Iglesias

Siempre habrá algo diabólico en esa capacidad humana de conformarse con el mal calculando la utilidad que nos puede traer. Y la lógica de la tentación consiste en adentrarse más y más en esa dialéctica engañosa que sublima y magnifica las ventajas, subestimando el lado malo y el rebote que nos puede traer. Las guerras de nuestra humana historia se han explicado así, embelleciéndolas con la nobleza de reparar “entuertos”, pero la cruda realidad fue que el saqueo y el botín siempre formaron parte de toda confrontación bélica y de sus inconfesables motivaciones.

Lo estamos viendo en el escenario del mundo actual, a propósito de la posibilidad de una guerra nueva con Iraq. Cierto que Sadam Hussein es un tirano y que probablemente confabula con el terrorismo internacional, y que se está armando secretamente por todos los medios y hasta los dientes. Pero también es cierto que tanto petróleo iraquí y el marketing militarista de tantos stocks de armamento acumulado por Occidente, más la ansiedad creciente generada por la caótica economía mundial están tentando a Busch y Blair a una aventura de crueles y dolorosas consecuencias. Por lo tanto, es cuestión de una decisión moral que debe marcar imparcialmente el camino para lograr el mayor bien posible frente a la situación actual.

La filosofía clásica de la guerra exigía que fuera justa, o sea, que tuviera una causa suficiente. Además, tenían que haberse agotado todos los medios pacíficos para superar el conflicto, y en tercer lugar tenía que haber mayor probabilidad de que los males subsiguientes no fueran mayores que los males que quisieron evitarse. Estas tres pautas aplicadas ahora al análisis de una guerra con Iraq nos aconsejan todavía la negociación como un camino más seguro para no arriesgar el bien  del que todavía gozamos, que es la paz. Por ese camino quiere la ONU y el Consejo de Seguridad. Por ese camino quiere ir también Alemania, Francia y Rusia. Por ese camino queremos ir también los cristianos que aprendimos de Jesús que el mal se vence con el bien.

Si verdaderamente las cosas son tan graves como parecen, no nos podemos permitir el lujo de entrar sin más en una guerra. La muerte de inocentes en ambos bandos, las heridas que quedarían sin cicatrizar por mucho tiempo en la piel de toda la humanidad, la destrucción  de tantos bienes que habría que reconstruir después, el gasto y el costo incalculables y que tendríamos que pagar entre todos, desaconsejan entrar en la espiral de la violencia.

Es infinitamente mejor afianzar la paz. El fuerte tiene que ser humano. Tiene que desarrollar esa parte de la virtud de la fortaleza que es la magnanimidad. Tiene que lograr también aquella virtud de la templanza, tan amenazada hoy por el hedonismo de la cultura actual. Y para ello es un mejor camino dialogar, hablar, pactar. Comparado con la guerra no cuesta casi nada, pero exige una virtud preciosa e infinita. Que lo entiendan así los gobernantes de dos pueblos tan nobles como Estados Unidos e Inglaterra y que transformen “sus espadas en arados” para el bien de toda la humanidad.

Publicado en periódico “HOY”, domingo 6 de octubre de 2002 – Quito, Ecuador

 
 

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