Cristianismo y otredad en la
novela de fantasía moderna
Pablo Ginés Rodríguez
e-cristians.net
Estoy cansado de que los personajes e instituciones cristianas que
aparecen en novelas de fantasía y ciencia ficción (F&CF)sean siempre tan
negativos. En concreto, me molesta que los personajes cristianos aparezcan
como fanáticos poco respetuosos con el 'otro', el diferente. Pienso que el
género fantástico es un género idóneo para tratar el tema del 'otro'.
¿Quién es 'el otro'? El otro, en la literatura fantástica, es el mutante,
el vampiro, el alienígena, el espíritu, la Inteligencia Artificial, el
androide, el robot, el elfo, el enano, los seres cósmicos que despiertan
nuestro sentido de la maravilla, los ángeles, los demonios y Dios.
Definiendo al otro, tenemos la obligación de definir el nosotros, es
decir, el viejo tema: ¿qué es ser humano? Pues bien, cuando en la
literatura del género fantástico moderno un personaje cristiano encuentra
a un 'otro' misterioso, su reacción suele ser de miedo y odio, o bien de
desprecio. Y sin embargo, cuando el personaje no es un cristiano sino un
científico agnóstico o un héroe librepensador, sus reacciones son
abiertas, tolerantes, inteligentes, etc... Parece que se parte de la base
de que el cristiano, al estar 'atado' a unos dogmas de fe, no es
suficientemente flexible para responder adecuadamente a un encuentro con
un 'otro diferente', como si su fe le impidiese un trato inteligente con,
por ejemplo, un extraterrestre. O un elfo. O un ateo: abundan los diálogos
entre el culto científico y el dogmático eclesiástico que es incapaz de
comunicarse o argumentar y se limita a citar versículos.
La
realidad es que el cristianismo, con toda una historia de atención al Otro
por antonomasia que es Dios y una rica tradición de ángeles y demonios
tiene toda la flexibilidad que hace falta y resulta ridículo ver cómo se
comportan los capellanes, jesuitas, franciscanos y demás personajes
cristianos que acompañan a las expediciones de las novelas de Ciencia
Ficción (CF), siendo por lo general los primeros en enloquecer, caer bajo
el mal y finalmente ser devorados. ¡Eso si no exigen la Guerra Santa
contra la raza recién descubierta! El fanatismo y el infantilismo inmaduro
se les da por supuestos. Después de todo, sólo son unos cristianos...
Podríamos partir de la Encarnación de Dios (el hecho de que Dios se haga
Hombre auténtico en la persona de Cristo) para plantear los niveles de 'otredad'
según el cristianismo. Si Dios, el Infinitamente Otro, se ha hecho uno de
nosotros, ¿cabe pensar que realmente tengamos el derecho a desdeñar con el
título de 'otros' a cualquier otra especie del cosmos? Ante Dios, como
dice San Pablo, ya no hay ni griego ni judío, ni hombre ni mujer, ni amo
ni esclavo. La separación racial, social, genérica, queda superada por la
unión en Cristo. Esta visión, que amplió la definición de 'humano' del
mundo antiguo (y fue muy mal recibida por el Imperio Romano, como también
lo recibe mal nuestra propia época), ¿puede ampliarse a las otredades del
género fantástico? ¿Pueden salvarse los Elfos? ¿Son los klingon, esos
belicosos extraterrestres de la serie Star Trek, hijos de Dios? ¿Tienen
dignidad humana, necesidad de salvación, los mutantes, los robots, los
replicantes?
C.S. Lewis es el único autor que he encontrado que se plantea el tema a
nivel teórico. En su artículo La religión y la técnica de los cohetes
enuncia las distintas posibilidades. "Tal vez entre todas las especies
sólo nosotros hemos caído. Tal vez el hombre es la única oveja perdida y
por lo tanto la única que el Pastor salió a buscar."(...) Y aunque hubiera
otras, ¿tenemos la certeza de que el nacimiento en Belén, la Cruz, el
Calvario y el Sepulcro Vacío deben ser la fórmula a repetirse para salvar
un mundo? El novelista gaditano Rafael Marín Trechera opina que sí. O al
menos eso opinan todos los terrestres de su cuento Y sobre esta piedra que
desencadenan una cruzada en un planeta alienígena por recuperar el Santo
Sepulcro de Cristo, que murió por salvar aquel planeta. De hecho, se nota
que el cuento nace de una imagen: naves y estandartes vaticanos hi-tech a
la búsqueda del Santo Sepulcro, una Cruzada galáctica. El resto del cuento
intenta justificarlo: por ejemplo, dice que así estaba previsto en el
Tercer Secreto de Fátima. ¡Rafa Marín no sabía cuando escribió el cuento
que este secreto se iba a revelar en el 2000 y que habla de otra cosa!
(interesados verlo en www.zenit.org ). Aunque el autor intenta que los
personajes no sean necios ni fanáticos, sino complejos y atormentados, el
resultado es que el lector debe olvidar todo lo que sabe de historia,
teología y algo de psicología de masas para decir "vaaale, te acepto el
cuento". El caso es que hay una tesis en la doctrina católica que haría
totalmente increíble el cuento: que Cristo ya ha muerto y resucitado no
solo por los judíos, no solo por los hombres del s.I, no sólo por los
humanos del planeta Tierra, sino por todas las almas caídas (en pecado)
del Cosmos. En esta tesis, es absurdo que haya un Cristo distinto para
cada raza alienígena, como lo es que haya un Cristo para aztecas, otro
para malayos y otro para navarros.
Dejemos el espacio sideral y veamos la fantasía de ambientación medieval.
Como muchas novelas de fantasía están ambientadas en mundos medievales
decidí informarme de cómo veían el mundo realmente los cristianos
medievales usando el interesantísimo libro de C.S.Lewis La Imagen del
Mundo (Editorial Península). Además quería combatir la idea de
oscurantismo que tiene el amargado cura protagonista de Este relámpago,
esta locura, de Rodolfo Martínez (novela corta galardonada con el premio
Ignotus en España). El cura en cuestión dice:
"Cómo añoro a veces esa Edad Media que jamás conocí, esa época de
oscuridad, temor y superstición. Nos hemos atrevido a catalogar la
eternidad, la onmisciencia, el infinito. El último de los misterios ya
cabe en nuestros expedientes. No tenemos por qué preocuparnos de nada más.
Todo está medido, aquilatado, definido. Hasta Dios. Sobre todo Dios."
Lo
cierto es que este cura no sabe nada de la Edad Media. Este personaje no
sabe que los sabios de la Edad Media ya lo tenían todo aquilatado y
medido, eso que tanto le molesta. Tenían un modelo, un sistema perfecto y
completo del universo que Lewis explica en su libro y que todo el que
opine sobre el pensamiento medieval debería entender. Este sistema no
dejaba muchos misterios, pero tampoco muchas seguridades para el hombre
sobre su vida cotidiana, porque el hombre se sabía un ser caído en un
mundo caído, un guerrero en la batalla cotidiana entre el bien y el mal.
Pero, ¡ojo a la cosmogonía! esa batalla, ese devenir de acontecimientos
imprevisibles, esa guerra extenuante, sucede sólo por debajo de la luna.
Superada la luna, más allá, los planetas giran en sus órbitas inmutables
según el glorioso plan de Dios, las estrellas brillan y más allá, está
Dios mismo, pura Luz por detrás de la cúpula celestial. En cuanto a tener
a Dios medido y definido, a ello se dedicaban con entusiasmo, pero siempre
con una guía: lo más importante que sabían de Dios, lo más indudable, es
que Dios se había hecho Hombre y había muerto y Resucitado salvando a los
Hombres. Las maldades de Satán en la Tierra quedaban pequeñas ante la
grandeza de esta realidad.
La
CF a menudo ha heredado del pensamiento ilustrado el desprecio hacia la
religión y los personajes religiosos. La Ilustración se afirmó como
pensamiento hegemónico denigrando y tiñendo de leyenda negra los siglos de
Cristiandad, y a estas épocas supuestamente negras se remite la CF a
menudo para crear imágenes poderosas pero retorcidas y bastante increíbles
cuando se conocen los materiales con que fueron hechos, como veremos luego
con ejemplos de autores españoles.
Los medievales eran librescos: no podían creer que un libro antiguo fuese
simple y llanamente una invención. Y no distinguían bien entre los géneros
antiguos. Aparte de esto, tenían un afán completista. Así, echaron en el
pote cultural a Platón, los platónicos, Aristóteles, los grandes paganos
de Grecia y Roma, los Santos y los Padres de la Iglesia, doctores y
hombres de ciencia y fueron haciendo su modelo universal. Del
Seudo-Dionisio los medievales tomaron sus jerarquía de ángeles y
arcángeles, nueve clases de ángeles en total, en tres grupos de tres, los
de más abajo son los ángeles propiamente dichos, los que se relacionan con
los hombres. El medieval tenía perfectamente clasificados a estas
otredades que son los ángeles. A lo largo de la Edad Media se fue
imponiendo la palabra demonios como demonios malignos (antes eran
simplemente criaturas de las regiones aéreas, del éter) , sobre todo con
Santo Tomás, y a partir de una frase de San Pablo sobre el "Príncipe de
los Poderes del Aire", que algunos autores de fantasías artúricas aplican
también a Morgana. En el Renacimiento, algunos platonistas modernos
recuperaron el término para volver a referirse simplemente a los "animales
del éter", pero popularmente ya se había extendido su uso como "diablos
satánicos".
En
este mundo donde todo está ordenado, quedan sin ordenar los elfos, las
hadas, las nereidas, las sirenas... El modelo medieval no consigue
asignarles una posición oficial. En cambio, para nuestros autores de
ciencia ficción y fantasía moderna está claro: los cristianos medievales
los clasificaban enseguida como 'demonios'. Pues no. Los clérigos cultos
que habían leído a Bernardo Silvestre sabían que, según este, "silvanos,
panes y nereidas, no son inmortales aunque de
vida más larga que la nuestra, de conducta intachable, cuerpos de pureza
elemental". Sin embargo, la misma palabra inglesa faerie significó en
distintos textos tres cosas distintas: damas hermosas como elfos, o
desagradables trasgos nocturnos o enemigos de Dios según el poema Béowulf,
que alinea en esta categoría a elfos, gigantes y enanos. Hubo un empate
entre si eran malos o buenos, monstruos o criaturas inclasificables hasta
el s. XVI, la época de la gran paranoia satánica y la persecución contra
las brujas. De hecho, los medievales se debatían entre cinco teorías sobre
qué tipo de 'otredad' tenían los duendes y similares:
a)
que fueran una especie racional distinta de hombres y ángeles;
b)
que fueran los espíritus habitantes de los elementos, clasificados por
Paracelso;
c)
que fueran ángeles degradados, no seguidores de Lucifer pero tampoco
suficientemente buenos, así que han quedado desterrados en los niveles
inferiores de la región aérea, más cerca de la tierra que de la luna;
regresarán al cielo el día del Juicio Final;
d)
que son muertos o algún tipo de muertos; eso pensaban algunos de los
inquisidores que interrogaban a algunas brujas sobre si además de invocar
muertos invocaban duendes;
e)
finalmente, una opción entre 5 es la que gusta más a los escritores de CF
empeñados en usar personajes cristianos obsesionados con demonizarlo todo.
Efectivamente, algunos medievales pensaban que los duendes no eran sino
demonios.
De
todas formas, apoyando la postura a) [especie racional distinta de
hombres y ángeles] hay un texto de San Jerónimo bastante conocido en las
bibliotecas medievales, nada gnóstico ni oculto, sobre la vida de San
Antonio del Desierto. San Antonio el Grande, fundador del monaquismo en
los desiertos de Egipto, había oído que había en el desierto un hombre
llamado Pablo (San pablo el Ermitaño), que llevaba de ermitaño más tiempo
incluso que él. Antonio se puso en marcha para conocerle. Durante el viaje
se encontró con una criatura extraña, inteligente, pero no era humana, ni
ángel ni demonio. El párrafo de San Jerónimo dice exactamente: "Antes de
pasar mucho tiempo, en un pequeño valle rocoso cerrado por todos sus
lados, he aquí que Antonio ve un humanoide con morro ganchudo, cuernos en
la frente y extremidades como pies de cabra. Cuando vio esto, Antonio,
como un buen soldado, tomó el escudo de la Fe y el yelmo de la Esperanza.
La criatura, sin embargo, empezó a ofrecerle el fruto de las palmeras para
sostenerle en su viaje, como si fuera una ofrenda de paz. Percibiendo
esto, Antonio se detuvo y le preguntó que quién era.
-"Soy un ser mortal y uno de los habitantes del desierto a quien los
Gentiles (paganos) engañados por varias formas de error, adoran bajo los
nombres de Faunos, Satiros e Íncubos. He sido enviado para representar a
mi gente. Te rogamos por nuestro bien que actúes a favor nuestro y de tu
Señor quien, hemos sabido, vino una vez a salvar el mundo y cuyo sonido se
ha extendido por toda la tierra. San Antonio -dice San Jerónimo- estaba
asombrado por este evento y por su habilidad de entender la criatura. Les
responde favorablemente y "aún no había terminado de hablar cuando, como
si llevada por alas, la criatura salvaje se fue.".
Y
continua San Jerónimo:
"que nadie tenga escrúpulos en creer este acontecimiento; su verdad se
apoya en lo que pasó cuando Constantino estaba en el trono, un asunto del
que el mundo entero fue testigo. Porque un hombre de este tipo fue llevado
vivo a Alexandría y exhibido como algo asombroso a la gente. Después, su
cuerpo sin vida, para que no se pudriera con el calor veraniego, se
preservó en sal y se llevó a Antioquía, para que el emperador los pudiera
ver"
(St.
Jerome, The Life of Paulus the First Hermit, Trans. W.H. Freemantle, ed.
Schaff, Nicene and Post-Nicene Fathers Series II Vol 6).
Si
queremos escribir una novela sobre, digamos, la Britania artúrica
ambientada a mediados del s.V o algo posteriormente, sería bueno que los
clérigos de la corte de Camelot demostraran conocer esta historia o que al
menos se comportasen como San Antonio... ¿aparece un ser extraño que
quiere saber de Cristo? No lo clasifico automáticamente como un demonio
sino que le escucho y tratamos de entendernos. San Antonio no paraba de
encontrar demonios multiformes y sin embargo no se cerró a este ser. El
diálogo es la base de la tolerancia. Pero como veremos después, los
autores de CF y Fantasía no dejan dialogar a los personajes cristianos en
sus novelas, que siempre aparecen como miedosos dogmáticos que clasifican
a priori al 'otro' como "engaño satánico".
Podríamos seguir con un repaso de obras de autores españoles donde los
personajes cristianos salen bastante mal parados sin que haya en ninguna
una elucubración ni debate serio sobre temas teológicos ni sobre historia
de la Iglesia. Redal y Aguilera (la saga de Akasa Puspa, incluyendo El
Refugio), Javier Negrete (Nox Perpetua), Gallego y Sánchez (La Llanura,
con 8 páginas de first-contact-catequesis ridiculizada) son algunos de los
autores que merecen ser regañados. También hay algunos extranjeros en el
tema de novelas y cuentos fantásticos, especialmente en las Nieblas de
Avalon de Marion Zimmer Bradley, la saga de los Deryni, de Katheryn Kurtz,
la saga de Pendragon de Stephen Lawhead o la Trilogía del Halcón y el
Sabueso, de Judith Tarr. Todas estas tratan de medievos alternativos,
artúricos o fantásticos donde hay elfos o similares, razas hermosas con
magia. La postura de la Iglesia en estas novelas -con matices según cada
autor- siempre es la de perseguir y quemar a los inocentes elfos sólo
porque son distintos o hacen magia, con una contumacia similar a la de los
cazadores de mutantes en cómics de La Patrulla X. No importa que los elfos
usen sus poderes para el bien en esa novela: por exigencias de guión deben
ser perseguidos más allá de la paciencia y credulidad del lector. La
excepción (la saga de Pendragón, del novelista cristiano Stephen Lawhead)
demuestra que no tiene por que ser siempre así.
Esperemos que los novelistas de literatura fantástica en español se
decidan a tratar temas religiosos con la seriedad que se merecen o bien,
si no les interesa el tema pero por necesidades narrativas utilizan
personajes cristianos, que les concedan roles más interesantes que el de
fanático, tonto, cínico o enfermo mental.
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