San Josemaría: sin libertad no
se puede amar a Dios
Por Rodrigo Guerra López
La
canonización de Mons. José María Escrivá de Balaguer ha vuelto a suscitar
suspicacias y controversias en torno a la prelatura personal Opus Dei y a
la vida de su fundador. No han faltado las editoriales en algunos medios
de comunicación señalando viejas polémicas y anécdotas que tratan de
ilustrar el verticalismo, fascismo e intolerancia de Mons. Escrivá. En
estas y otras críticas pareciera delinearse un perfil humano y cristiano
contrario a la libertad personal y a los principales logros de la
modernidad. La canonización de Mons. Escrivá significaría así, según
algunos, la canonización de una visión contraria a la dignidad humana y a
la legítima autonomía del mundo respecto del cristianismo.
Quienes no participamos en el Opus Dei pero hemos tenido la oportunidad de
conocerlo al menos a través de las obras escritas por su fundador podemos
constatar que el juicio negativo respecto de esta experiencia eclesial
contrasta mucho con los contenidos que se advierten como esenciales para
su propio carisma. No deja de ser interesante que han sido precisamente la
libertad y el aprecio a la autonomía del mundo dos de los elementos más
destacados de la innovadora propuesta espiritual y cultural de Mons.
Escrivá. Como en otras ocasiones, la lectura laicista y/o anticlerical,
tiene dificultades al interpretar la libertad y la comprensión de la
realidad que brotan de la experiencia cristiana.
En
la Pascua de 1975 Mons. Escrivá hablaba a un grupo de universitarios sobre
el movimiento filosófico y cultural del romanticismo en estos términos:
«Tenían toda una ilusión romántica, se sacrificaban y luchaban por
alcanzar esa democracia con la que soñaban, y una libertad personal con
responsabilidad personal. Así hay que amar la libertad: con
responsabilidad personal (...) Pienso que soy el último romántico, porque
amo la libertad personal de todos -la de los no católicos también - (...)
si no la amara, no podría defender la mía». Esta breve cita muestra con
elocuencia que la libertad afirmada en el cristianismo ciertamente no se
concibe como arbitrariedad sin límites sino como seguimiento voluntario a
la verdad que descubre nuestra inteligencia. Esta verdad nos convoca a la
responsabilidad y a la afirmación de que todo ser humano merece ser libre
aun cuando no piense como nosotros.
En
aquel mismo año Mons. Escrivá les decía a algunos de sus seguidores: «El
Señor quiere que estemos en el mundo y que lo amemos, sin ser mundanos. El
Señor desea que permanezcamos en este mundo». El cristianismo que se fuga
del mundo con vistas a hacerse «más espiritual» no acoge la radicalidad
con la que Cristo se encarnó y asumió todo lo humano. Replantear la
condición cristiana como aquella que ama al mundo apasionadamente
significa reinsertar la dimensión trascendente de la vida como una
realidad no fracturada respecto de la cotidianidad. Lo ordinario de la
existencia así se re-encuentra con lo extraordinario del acontecimiento
cristiano.
¿Qué importancia puede tener para nuestro tiempo el recuperar una
perspectiva como ésta? En una época en que el poder del Estado y el poder
del mercado insisten —cada uno en su lenguaje— en que el hombre se explica
y se realiza a sí mismo, es importante advertir que sólo cuando se
descubre dentro del mundo y de la libertad un referente superior a ambos,
estos se despliegan en toda su riqueza y amplitud. En efecto, el horizonte
de la libertad y del mundo no está circunscrito a lo que el hombre puede
darse a sí mismo. El anhelo de un significado más amplio para la vida
humana, para el trabajo cotidiano, para los afanes de todos los días y
para los grandes desafíos sociales, económicos y políticos en la
actualidad, es una tensión patente que aun el no creyente puede verificar
en su propia experiencia. La sospecha sobre la existencia de este
significado jamás coacciona pero siempre impulsa a una búsqueda infinita
que sólo una Persona infinita puede colmar.
En
nuestra opinión, san José María Escrivá ha sido un testigo fiel y por ello
ha intuido con acierto que el sentido más simple y a la vez más hondo de
la vida y de la historia se encuentra al aceptar con docilidad el Don de
Dios y al trabajar diariamente para manifestar que este Don ha acontecido
y acontece realmente.
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