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Por los senderos del bien

Roberto Visier – cenaculost@cantv.net

Parece que el hombre debería saber lo que es bueno o malo, pero cada día comprobamos que es necesario recordárselo continuamente. En realidad practicar el bien nos hace felices. Los mandamientos son un camino de felicidad. Apartarse de ellos es para el cristiano una ofensa a Dios. El pecado nos aleja de Dios, nos embrutece, nos amarga.

Seguramente si le preguntan si Ud. desea ser bueno, responderá que sí ¿Quién no desea ser bueno? Ese que manifiesta no tener ningún deseo de ser bueno, o bromea o quiere dar una imagen falsa de si mismo, o concluiremos que es una persona perversa y dañada. Lo que resulta más difícil es que nos pongamos de acuerdo en lo que es bueno o malo. Sin embargo también coincidiremos en muchas cosas como cuando afirmamos: “yo ni robo, ni mato”; con lo que reconocemos que robar y matar son acciones indudablemente malas para todos. También decimos que es malo pegarle a una madre y nos sentimos indignados ante la calumnia o la mentira.

En lo que se refiere al bien moral la verdad es una sola y  es enseñada por la conciencia de cada persona, siempre que los vicios, es decir la costumbre de actuar mal, no la hayan deformado. El Antiguo Testamento nos narra como Dios entregó a Moisés escritas en una losas de piedra, el decálogo o los DIEZ MANDAMIENTOS que le indicaban al Pueblo Elegido cómo tenía que comportarse para ser fiel a la Alianza que Dios había hecho con él en él monte Sinaí. De este modo el Creador revelaba a un pueblo de “corazón duro”, los principios morales sobre el bien y el mal que el hombre tiene guardados en su corazón, pero que con frecuencia olvida por su malicia e ignorancia.

Parece que el hombre debería saber lo que es bueno o malo, pero cada día comprobamos que es necesario recordárselo continuamente. Es como el que conoce muy bien una carretera, pero a pesar de ello conduce su vehículo con prudencia, está atento a las señales que le avisan de la próxima curva, de la velocidad aconsejada, y cuando oscurece prende las luces para poder seguir de un modo seguro la dirección adecuada. Eso son los mandamientos: indicadores del camino, luces que nos enseñan dónde están los obstáculos a evitar. Nadie se quejará de tener los frenos a punto o los cauchos nuevecitos. Pero como a nadie le gusta que le manden, nos caen pesados esas diez normas exigentes que son los diez mandamientos y que nos recuerdan continuamente lo que tenemos que hacer; como el adolescente que llama “fastidiosa” a su mamá que no se cansa de repetirle las mismas cosas para que su inexperiencia no le lleve a “meter la pata”. Después de meterla se lamentará diciendo: “Si hubiese hecho caso a mi mamá, no estaría así”. De igual modo si nos comprometemos a cumplir los diez mandamientos nos libraremos de muchísimos quebraderos de cabeza.

Para el que desea el bien y sobre todo para los que aman a Dios, “los mandamientos del Señor son rectos y alegran el corazón, la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. Más preciosos que el oro, más que el oro fino, más dulces que la miel de un panal que destila” (Salmo ). Y es que sin Dios no podemos cumplir los mandamientos, es El el que puede cambiar nuestros corazones duros y conducirnos por los senderos del bien. Fracasan siempre los que pretenden cumplir los mandamientos sin la ayuda de Dios. De hecho no los cumplen de raíz pues los tres primeros se refieren al amor, el respeto y el culto que le debemos a Dios. No podemos conformarnos con vivir sólo los mandamientos que nos agradan o nos resultan más fáciles por nuestras circunstancias personales: es fácil no robar cuando tenemos todo lo que deseamos, o amar a un padre que siempre hace lo que le pido. Pero amar al que me corrige o reprende, no agarrar lo que tanto necesito y me lo ponen a la mano, reconocer la verdad, y por tanto no mentir, cuando tengo que aceptar un error cometido, dedicar parte de mi tiempo libre, tan precioso, a alabar a Dios, ...

En realidad practicar el bien nos hace felices. Los mandamientos son un camino de felicidad. Apartarse de ellos es para el cristiano una ofensa a Dios. El pecado nos aleja de Dios, nos embrutece, nos amarga. Si siente que su vida no funciona, que hay mucha amargura en su corazón, que no tiene alegría, que todo le da rabia, que quisiera cambiar pero no sabe cómo; repase los diez mandamientos y descubrirá que vive muy lejos de ellos. RECUERDE: Ame a Dios sobre todo, respete su nombre, ore y visite la Iglesia, quiera a sus padres, no mate, no se deje enredar en el desorden sexual ni siquiera con el pensamiento, no robe, no mienta ni critique, no codicie lo ajeno y le aseguro que le ira bien, muy bien.

 
 

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