La vida como vocación
Roberto Visier –
cenaculost@cantv.net
Vivir la vida como una
vocación puede abrir ante los ojos de nuestra existencia un amplísimo
horizonte. Vocación es llamada. Un llamado que se percibe en el interior y
que va acompañado por unas aptitudes personales que capacitan para lo que
sentimos que es “nuestra misión en la vida”.
En mis tiempos de estudiante me indignaba la escasa calidad de algunos de
mis profesores, que daban poco honor al ilustre título de “maestro”,
palabra que me parece tener un sabor más entrañable que “profesor”. Me
parece que desvela de modo más pleno esa misión sublime del docente de
“enseñar a vivir”. Profesor parece más científico, más frío. Decía, me
disculpan la digresión, que me parecía percibir en esos profesores que no
les gustaba enseñar, que no amaban su profesión y mucho menos sus alumnos.
Entonces me decía: “cuando yo sea maestro intentaré hacerlo mejor”. En el
fondo del asunto se encuentra la ausencia de vocación profesional. Para
ser educador es necesario sentirse llamado. Gozar en el trato con los
niños y jóvenes, sentirse lleno cuando se derrama la sabiduría científica,
humana y divina, cuando se transmite la verdad sobre la naturaleza, sobre
el hombre y sobre Dios. Hay que sentirse llamado a servir.
Vivir la vida como una vocación puede abrir ante los ojos de nuestra
existencia un amplísimo horizonte. Vocación es llamada. Un llamado que se
percibe en el interior y que va acompañado por unas aptitudes personales
que capacitan para lo que sentimos que es “nuestra misión en la vida”.
Además nos aleja de la tentación, muy propia de nuestro tiempo, de vivir
una vida vana y aburrida, sin alicientes, sin metas: vivir por vivir, sin
saber para qué. Si a esto añadimos la sal y los aliños que la fe nos
proporcionan, nos encontramos con todo un proyecto de vida. Efectivamente
la fe nos enseña que Dios nos creó a su imagen y puso en nuestras manos el
mundo y nos confío la misión de cuidarlo: “Dios los bendijo, diciéndoles:
"Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Tengan
autoridad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo
ser viviente que se mueve sobre la tierra." (Gn. 1,28). Sentirse llamado
por Dios a una hermosa misión, que por sencilla que pueda parecer a los
ojos de los hombres, es grande y preciosa ante Dios, es fundamento firme
para vivir y luchar en medio de las dificultades de cada día. Recomiendo
meditar despacio la parábola de los talentos en Mateo 25,14ss.
Todos tenemos una vocación anterior a nuestra inclinación profesional. Es
una orientación de toda la vida en sus múltiples facetas, en consonancia
con el plan que Dios tiene para mi vida. Estamos llamados a la amistad con
Dios, a la íntima unión con Él y ésta es la razón más grande de la
dignidad del hombre. Esto no es un privilegio de la beata María de S. José
o del doctor José Gregorio Hernández. Todos estamos llamados como hijos de
Dios y miembros de la Iglesia a ser santos.
Pero cuando hablamos de vocación en la Iglesia, y en esto quiero
desembocar, estamos pensando, de un modo muy particular, en ese ejército
selecto de personas que se han sentido llamadas por Dios a seguirle en el
sacerdocio y en la vida consagrada. Es lo que llamamos las vocaciones de
especial consagración en la Iglesia. Impresiona detenerse a contemplar en
la historia de la Iglesia, los maravillosos frutos de esa generosidad que
entrega la vida entera al servicio de Dios sin reservarse nada para sí.
Son vidas de admirable fecundidad espiritual, por la altura espiritual que
muchas de ellas alcanzan y el servicio a tiempo completo que prestan a los
demás. Son vidas llenas de ilusión, esperanza y alegría porque sus
corazones están llenos de Dios.
En nuestra cultura, a pesar del respeto social que se advierte ante el
sacerdote o la monjita, son vidas muy incomprendidas. Ahí está una de las
raíces de la falta de sacerdotes y personas consagradas a Dios. No se
comprende, ni se cree que una persona pueda renunciar al matrimonio y por
tanto al ejercicio sexual, por amor a Dios. Sin embargo la Biblia habla
muy claro cuando Jesús invita a vivir sin casarse por el Reino de los
cielos (Mt 19,12) o S. Pablo dice que el que se casa obra bien y el que no
se casa obra mejor, pues servirá más fácilmente al Señor (I Cor 7,38). Si
la Palabra de Dios lo dice tan claro ¿cómo podemos dudar que se puede?
Muchos miles de personas lo han experimentado desde hace dos mil años. Son
miles los sacerdotes en el mundo que han abrazado este modo de vida y son
innumerables las congregaciones o institutos religiosos en todo el mundo
donde se profesan con voto los consejos evangélicos de castidad, pobreza y
obediencia. Incluso se han extendido rápidamente en la Iglesia Universal
los institutos de vida consagrada para laicos (institutos seculares),
aprobados por la Iglesia a mitad del siglo XX. Es estos, los profesionales
u obreros que viven en las condiciones ordinarias del mundo pueden
consagrarse a Dios sin abandonar su profesión y ambiente.
Dios sigue llamando a muchos para este modo de vida de radicalidad
evangélica y entrega total a Dios. Lo que pasa es que son pocos los que de
verdad conocen a Jesucristo y se enamoran de El hasta el punto de poder
decir: “Señor Jesús, Tú diste tu vida por mí hasta la última gota de tu
sangre y yo te doy la mía totalmente. Me entrego y consagro totalmente a
ti”. Los jóvenes necesitan entrar en una vida de oración más profunda y
vivir con intensidad la Eucaristía y la Confesión para poder experimentar
que a Jesucristo es imposible conocerle y no amarle, AMARLE Y NO SEGUIRLE.
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