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Una lanza por la paz

Luferni

La foto aparece policromada en Le Monde.

Se ven algunos rostros jóvenes. El camarógrafo tomó su placa desde abajo. Al fondo se ve el cielo, en el que destacan algunas frondas de cúspide, de árboles vecinos. La imagen se ve atravesada por las líneas oscuras que parecen ser las ramas de alguna planta, de grandes hojas alargadas.

Un joven, de copete rubio y saliente nariz y mangas cortas, sostiene un cartel bicolor: “No blood” (no sangre) se lee en rojo sobre una enorme gota pintada del mismo color, “for oil” (por petróleo) se lee, ahora en negro, al lado de otra gota de color negro.

La sangre está en las venas de la juventud que puede ser combatiente. Los europeos se resisten, al lado de muchos jóvenes norteamericanos a otra guerra conducida por un miedo demoledor.

Y el petróleo está ahí, en la región en que tiene su poderío Saddan Hussein. Los europeos señalan la economía norteamericana como un centro de interés mayor que el de la guerra. No pocos comentaristas adivinan que la aventura bélica es una gran distracción de todo el estropajo de los grandes escándalos financieros inocultables que se dieron en USA.

Sueña Bush con cabezas nucleares y armas químicas lanzadas sobre las ciudades de la Unión y esa pesadilla lo hace querer cortar la mano arábiga antes que tome la pistola que ya ve humeante, y, precisamente, con humareda en hongo.

La asesoría belicista le insiste en la precaución, en cortar por lo sano, en dar primero para dar dos veces, en hacer de la sospecha acusación y desatar el ataque, madrugando aunque, por ello, no amanezca más temprano.

Tirano y asesino le llama Bush a quien ya ha sido adversario en dos generaciones. En su mente ya hay para él delito tipificado y sentencia que sólo intenta, sin esperar voz de la ONU, el ataque que ve como castigo a la insolencia de armarse.

Los jóvenes no pierden de vista la sangre y no se dejan hipnotizar por el petróleo. Porque estas últimas pésimas guerras y las continuas escaramuzas contra atentados de suicidios explosivos, hacen ver que no sólo se derrama sangre de militares sino, en número alarmante, de civiles inermes.

Ese “no blood” de la pancarta juvenil se levanta en ambos continentes como un joven clamor ante la furia de un poder, inseguro y temeroso, que no quiere depender de los pozos de petróleo cavados en terreno enemigo... Es una lanza que se rompe por la paz...

 
 

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