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La alegría de vivir no está en las vitrinas

Roberto Fernández Iglesias

Somos materia y espíritu, somos tiempo y eternidad. Demos al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Los que piensan que la alegría de vivir nace del disfrute profuso de los bienes que nos ofrece el mercado de nuestra sociedad de consumo han caído en la trampa vieja de poner la felicidad en las cosas materiales. Es cierto que nuestra condición humana tiene una dimensión material y que ésta se merece una adecuada atención, pero también es cierto que el deseo corporal se sacia pronto y que su repetición rutinaria hastía y repugna. Lo saben muy bien quienes trabajan en publicidad, y por ello nos presentan siempre el producto que nos quieren vender en relación con algo afectivo y emocional. Reconocen así indirectamente que lo emocional es superior a lo material. Pero ahí está la trampa: en hacernos creer que un progreso material implica necesariamente un progreso existencial, que algo cuantitativo esté en el origen de algo cualitativo. Que el cuerpo importe más que el alma.

El celular de última generación no podrá nunca crear un interlocutor. Pero su publicidad nos hace creer que con él lograremos la mejor comunicación. ¿Para qué quiere ese celular alguien que no tiene con quién hablar? Recibir una joya de diseño exclusivo puede ser la expresión de un gran amor, pero ¿para qué quieres joyas cuando no expresan el afecto del que te las da? Es la trampa de nuestro mundo occidental. Producir más y más, gastar y gastar, atiborrar al consumidor, convencerle de que será infeliz si no tiene el auto del año, o un computador más veloz, o una casa en la playa. Es la cultura contemporánea, la del 'usa y bota', la de la 'comida rápida', la del 'todo para ayer'. Vivimos demasiado aprisa y la verdad es que muchos reconocen que eran más felices cuando tenían menos, cuando todo era despacio. Porque en cambio tenían mucho más tiempo y lo empleaban en hablar, en reír, en amar, en ir de visita. Cosas mucho más nobles y divertidas que trabajar y trabajar.

Sigue siendo sugestivo el libro de Max Weber sobre la Etica protestante y el espíritu del capitalismo, escrito a principios del siglo pasado. La idea principal es que el capitalismo nace de la austeridad que sembró la conciencia calvinista en la Europa moderna. Pensaba Calvino, equivocadamente, que existe la predestinación y que por ella algunos están condenados al infierno. La manera de presentir que uno estaba predestinado al cielo era a través del éxito en la vida, en los negocios especialmente... De ahí la renuncia a los bienes suntuarios, al bienestar, a la alegría de vivir, al gasto (y a la tradición católica).

De ahí el ahorro para la reinversión, el trabajo sin fin para crecer más y ganar más y tener más éxito y asegurar el alma... Podría equilibrarse el tema con otro libro sobre la ética católica y el espíritu de pobreza rescatando aquellas palabras de Jesús: "Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos"(Mt. 5,3). No olvidemos lo que decía Joseph Pieper: "La austeridad engendra la riqueza, pero la riqueza destruye la austeridad". Busquemos un término medio, a la usanza de la teología católica. Somos materia y espíritu, somos tiempo y eternidad. Demos al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Temperemos nuestras necesidades y deseos con una renovación de la virtud, de la justicia y de la templanza. Es un camino mejor para lograr un bien que no se compra, que no tiene precio y que es de infinito valor: la alegría de vivir.


Publicado por periódico "HOY", domingo 13 de octubre. Quito - Ecuador

 
 

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