Imprimir

Atención y cuidado: filosofía para niños

Matías Sánchez

La “filosofía para niños” se expande a pasos agigantados y a pie firme. Sin parecerlo, colabora decididamente con mentiras, falsedades, subversiones y tergiversaciones que han favorecido desde siempre el caos y la destrucción. Por esta razón, se impone un llamado: ¡atención, cuidado!

En las líneas que siguen intentaremos describir, de modo sintético e introductorio, las características de esta “contribución a la filosofía” según describen, carentes en absoluto de modestia, sus precursores. Hablamos de la filosofía para niños. Cuando se insta a prestar atención y cuidado a este particular producto, se consideran, por lo menos, tres cuestiones: los destinatarios, en primer lugar, porque tiene como objetivo los niños, y su educación particularmente; en segundo término, su amplia difusión, dado que la gran mayoría de los países de Europa y América llevan adelante este planteo, incluido nuestro país por supuesto; y, finalmente, su contenido, por cuanto veremos, se trata de algo definitivamente nocivo.

Según se cuenta Matthew Lipman fue el creador del “Programa Filosofía para Niños” en la década del setenta. Tal como él mismo narra, nunca imaginó la singular expansión de su idea que, desde mediados de los ochenta, se diseminó increíblemente en Estados Unidos y otros muchos países (Brasil a la cabeza del mundo). El programa llegó hace años a nuestra Argentina, y de inmediato captó la atención de ciertos ámbitos universitarios. Parece ser que la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires se constituyó en lugar de traducción de estas novedades, y hoy contamos numerosos “ilustres” de esa casa presidiendo o conduciendo programas similares (adaptados a nuestra “realidad”, claro).

Para descubrir sus rasgos distintivos recurriremos al propio Lipman, a “pensadores” de estos pagos y visionarios de la filosofía infantil brasileña, quienes nos ayudaran, con sus variados pero congruentes aportes, a detallar en qué consiste.

Lo primero que enuncian sus abanderados es que representa una “fuente de ideas frescas” para el mundo del pensamiento. Partiendo del convencimiento de que la novedad es valiosa de por sí y de que actualizar es el imperativo de todas las áreas, no se esconden al proponer un verdadero enfrentamiento con ideas tradicionales.

Desde el momento en que definen la filosofía entendemos que son verdaderamente fieles a este objetivo. Dicen Kohan y Waksman, expertos de Brasil y Argentina respectivamente, que la filosofía “es una actividad que defiende puntos de vista, y es además, un modo de vida, en el sentido de una práctica que se hace parte del modo de vivir de quien la lleva adelante, una práctica cuestionadora que inquieta, un modo de poner en examen la propia vida”. Lo que tradicionalmente se ha transmitido, que la filosofía es amor a la sabiduría, a la verdad, búsqueda incesante de esta, se enfrenta a una renovada mirada. Alejandro Rozitchner -fiel a una familia promotora incansable de la destrucción y el desorden, figurón autóctono y autor de un breve libro de filosofía para menores- nos ayuda a profundizar la cuestión. Dice, entre otras cosas, que “proponer a la verdad como el resultado que el pensamiento busca es no permitir que el pensamiento se viva más arbitrariamente como búsqueda de no se sabe qué, que recolecte reflejos sin que pueda dar cuenta de su sentido”. Cae de maduro que responde, con total firmeza, al planteo primigenio de enfrentar ideas tradicionales; de un plumazo se pretende establecer una definición de filosofía distinta: la verdad estará fuera de la filosofía (y de lo “real”, tal como enuncian), la arbitrariedad será su acción primera y rectora, y el “pensamiento” se mostrará medio e instrumento por excelencia. La finalidad de la filosofía será la “construcción de sentido”, personal y completamente individualizado, aunque potencialmente compatible con otras construcciones. Esto significará aversión a lo absoluto, por ello la verdad objetiva es negada (dice el propio Rozichner: “El absoluto no es una noción difícil de aprender: es lo incomprensible mismo, lo que no es posible de asimilar”) y se valoriza solamente la propia elaboración. Y significará un proceso “destructivo” en el que la filosofía, mediante el pensamiento, “inquietará y desordenará las cosas haciendo preguntas, formulando dudas y buscando el costado problemático del conocimiento humano -dice papá Lipman- no preocupándose por las respuestas”.

Preguntando se podrá construir el sentido individual; preguntando y discutiendo, porque debate, diálogo y deliberación estarán presentes. Es que, para lograr sentido, podemos, más bien debemos, exponer nuestras ideas para confrontar con los otros, superando todo riesgo de dogmatismo e impidiendo miradas únicas y lineales. Esto se funda, según expresan sus cultores, en la importancia del pluralismo, en tanto respeto y valoración de lo distinto –de paso se cultiva la democracia, destino final de la tarea educativa, sostienen-; estas ideas distintas, por el simple hecho de ser distintas, deben ser valoradas, escuchadas, respetadas, consideradas, tomadas en cuenta, reflexionadas, etc. Así vemos como un promotor de la filosofía para niños, en su afán de dotar de sentido la vida de sus alumnos, promociona un debate titulado “Orfeo y Eurídice: una discusión” cuya pregunta central es ¿Pueden los dioses llorar? Esto aparece –si el lector quiere lamentarse y reírse alternativamente puede tomar nota- en la ideologizada revista “Novedades Educativas” (edición número 115) de la que hemos extraído importantes datos. Y lo que puede leerse es la experiencia de Maximiliano Durán y sus corrompidos alumnos de segundo grado de una escuela privada porteña; estos preguntan y responden acerca de sentimientos divinos ante la orientadora mirada del primero. Surgen muchas preguntas, algunas respuestas, pero lo importante es que cada uno de los chicos pueda expresarse, ser protagonista, y así, mediante el diálogo abierto y la participación, construir el sentido individual, el de su vida. Si a alguien le suena demencial, lo compartimos; más allá de que Durán afirme que esto representa un segmento del trabajo, para muestra basta un botón, como dice el dicho.

De la “filosofía” que plantean estos originales personajes ya hemos hecho mención, por lo que importará describir qué dicen cuando hablan de los destinatarios de este planteo, esto es, los niños. Lo explica un tal Jorge Larrosa –considerando sus aportaciones, un parlanchín y embaucador que en tiempos cuerdos hubiese tenido que deslomarse para conseguir un centavo y que en estas decadentes horas ostenta la cátedra de Teoría e Historia de la Educación en la Universidad de Barcelona-; dice: “el niño es fundamentalmente lo que no está terminado, ni determinado, es la figura del comienzo, del porvenir”. Y enseguida relaciona niñez y pensamiento: “No es tanto buscar el pensamiento de la infancia como la infancia del pensamiento. El pensamiento de la infancia puede ser considerado psicológicamente, determinado con categorías cognitivas. Pero la infancia del pensamiento no es otra cosa que lo que el pensamiento tiene de comienzo, de novedad, de acontecimiento. Por ello el pensamiento es novedad, indisciplina”. El niño que se desarrolla es novedad psíquica así como el niño que piensa es novedad del pensamiento. Por ello el niño gozará de un sitio diferenciado y superador de los otros, adultos, jóvenes, ancianos.

Larrosa continúa: “Los saberes han sido instituidos por los adultos, que oprimen a los niños y les imponen sus propias ideas”, y ha llegado la hora de resistirlo. En vez de respetar la “infancia del pensamiento”, escucharla y atenderla, ¡aprender de ella!, el mundo adulto se ha ocupado y ocupa de callarla, someterla, oprimirla, discriminarla, intolerarla. Como la clase trabajadora padece la opresión de la clase dominante, del mismo modo en el que la mujer es sometida por el hombre, así el niño es sufriente en esta lamentable circunstancia. Cuando creíamos que alcanzaba con las polarizaciones y dualismos satánicos y destructivos conocidos, nace una nueva versión: niño vs. adulto.

Considerando lo anterior, importará destronar al adulto, sus tradicionales, verticales y absolutas versiones de las cosas y establecer el pensamiento en estado puro y original. Los niños, en principio, reflexionando y pensando desde su lugar, educando y marcando un sendero; los mayores, dejando lugar a los menores y aprendiendo... “¡Liberación!” pide a gritos David Kennedy -tan charlatán como Larrosa y los otros, pero con chapa de universidad norteamericana- y pone claridad al nuevo proceso educativo: “El adulto que comprende al niño y las condiciones de la infancia se comprende mejor a sí mismo”.

Dejamos para el final un dato, nada menor, que por sus consecuencias puede convertirse en la cuarta razón por la cual planteamos cuidado y atención ante este planteo: la filosofía para niños se aplica en escuelas y universidades católicas. Concluiremos, entonces, con las implicancias que ello puede tener para alumnos creyentes, recordando que esto intenta introducir el tema mas no cerrar el caso ni siquiera la enumeración de demandas.

En este planteo predomina el relativismo. Parten de un muy peculiar concepto de verdad. “Toda verdad es relativa en el sentido de que sólo es válida en relación con el sujeto que piensa; por tanto, el bien, la ética, la religión, etc., sólo valen para el sujeto, o a lo que más, para un grupo de sujetos, y ello en dependencia de diversos condicionamientos, sin que sea admisible verdad alguna necesaria”, nos dice el Padre Alfredo Sáenz al referir al relativismo en su importante libro El hombre moderno. Esta original idea de Lipman y los suyos rechaza la validez universal de la verdad, y en nombre del pluralismo y la tolerancia iguala posiciones, valoriza indiscriminadamente y lleva todo al campo de lo opinable. Quienes en una escuela católica enseñen que Dios es la Verdad, y enuncien la dogmática síntesis “Yo soy la Verdad” de Jesucristo, ofrecerán –acordes a estas líneas- un punto de vista, nada cerrado, plausible de objeciones y disidencia.

Se promueve el caos. Si algo abunda es la referencia al desorden: lo “real” –ellos encomillan este término- es caótico, el pensamiento es indisciplina, la filosofía desequilibra, el niño es indeterminado, la relación adulto-niño se define como lucha... Jamás y bajo ningún aspecto aparece el orden –ni con mayúscula ni con minúscula-, por lo que la construcción de sentido individual se debe lograr sin referencias fijas ni estables. Dios, Orden Supremo, en todo caso y a lo sumo, significará una elaboración subjetiva devenida del caos para procurar sentido a uno o a algunos, siempre que ese o estos así lo quieran, claro.

Se exalta la experiencia, la exterioridad. Permanentemente se plantea la necesidad de que el “filosofante” experimente y vivencie lo que piensa. Esto es, que pueda expresar lo que pensó, que pueda ofrecerlo a la mesa de diálogo, que pueda debatirlo. La filosofía, entendida como “postura” dará lugar a la expresión, al juego de decir y defender lo que se piensa, al incesante trabajo de preguntar sin buscar respuestas. Importará el asombro –por supuesto, no ante la manifestación del ser, la esencia de la cosa-, aquel asombro que provoca saberse “preguntón” y protagonista; importará la densidad de la discusión, porque cuanto más se discute –supuestamente- más se desarrolla y enriquecen los discutidores; importará vivir todo a pleno, porque “lo que se hace queda mucho más que lo que se reflexiona y teoriza”. Por todo ello, la filosofía para niños es puramente vivencial, y colabora así en la hechura del “homo faber”, mas la interioridad y lo profundo del ser personal se desatiende, o se desecha sin muchos preámbulos. El producto será un niño -luego un hombre- desarraigado de sí mismo, de Dios, de los demás, de la Patria terrena, un evadido de lo profundo, un mero cultor de lo externo.

Favorece la masificación. “¡No hay, ni debe, haber distingos!”; eso pretende decirnos el plan originalísimo que presentamos. “Todos podemos filosofar” –recordemos que son muy democráticos-. “Nadie queda fuera” –también atacan la exclusión-. “No importa la brillantez, importa saber preguntar” –se conforman con poco-. “Los que plantean diferencias deben ser enfrentados”, dicen, en directa alusión a adultos, y, entre ellos, ciertos tradicionalistas, dogmáticos y autoritarios que desatienden la voz de la niñez. Querríamos saber cómo se compatibiliza esto, dentro de una escuela de católicos, con el camino hacia la santidad por el que debemos peregrinar; sería interesante ver cómo podemos conformarnos con preguntar cuando Dios nos pide “respuestas personales” para hacer posible lo imposible y nos ofrece para ello la vida de Su Hijo, Distinto por excelencia; cómo reconocer en los santos y mártires verdaderos arquetipos si se caracterizan por sobresalir y por diferenciarse.

Desaparece la autoridad. Aunque uno pueda establecerse libremente ejemplos a seguir, lo cierto es que este planteamiento niega toda autoridad. Básicamente la autoridad de los adultos, que a la postre es negación de toda y cada una de las figuras que la tradición nos muestra. Cristo, nuestra Santa Madre María, santos, doctores de la Iglesia, mártires, filósofos, todos ellos, puede que sean de utilidad en ciertos casos, para alguno o algunos, representan nombres y apellidos posibles, potencialmente utilizables. Pero nunca verdaderas autoridades, porque estas cierran caminos, dañan la libertad y debilitan la autonomía y la independencia. La única autoridad –aunque no lo digan se sobreentiende- es cada uno, en tanto constructor de sentido y actor principal de la propia realización.

Dijimos, esto no alcanza para definir los efectos de esta novedad, pero puede que sirva de cursada propedéutica. Lipman, Rozichner, Larrosa, Waksman, Kohan, Kennedy y Durán, así como muchos otros vendedores de esta propuesta, son adultos, y coherentes con lo suyo, dicen poco y dejan que los chicos aporten verdaderamente. Esto se debe, fundamentalmente, a que tienen poco que decir, y más bien hacen uso del desconcierto y la revolución cultural que padecemos. Impera, por ello, que quienes no buscamos comida en la basura alertemos novísimas falsedades y señalemos actuales responsables. ¡Atención y cuidado!, reiteramos.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]