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La Iglesia Mecánica

Eduardo Alcázar Polo

La actitud de las personas al asistir a la misa no siempre es la más adecuada y esta es una crítica para reflexionar, para intentar un cambio en las personas.


“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Amen”. Hermanos, somos integrantes de la verdadera Iglesia de Cristo, pero muchos de nosotros no nos damos cuenta de ello, al parecer, la casa de Dios es tomada como un lugar al que venimos por costumbre, a fuerzas “por culpa de mi vieja” y no como una manera de escuchar lo que nuestro Creador nos tiene que decir a través de los sacerdotes y la Palabra de Dios. A veces preferimos quedarnos a ver el futbol, a descansar después de una larga semana de trabajo que venir a ver que de nuevo podemos aprender de las enseñanzas de Nuestro Salvador Jesucristo. Los niños no están exentos de ello, pues ven el ejemplo de sus padres y por lógica, hacen lo mismo; renegar a la hora de ir a la Iglesia.

Basta echar un vistazo para darnos cuenta de lo que les digo: las alabanzas entonadas por el coro son como parte de la música ambiental de cualquier lugar, pues nunca las seguimos y si no fuera por ellos, habría un silencio casi sepulcral. Supongo que habría mas ritmo y emoción por parte de la gente en un campo militar que aquí.

Se logra captar la atención de la feligresía durante las lecturas y el Evangelio, que es cuando entran un lector y el Padre. A la hora del sermón, se pueden observar a muchos que están haciéndose aire con las hojitas de la misa, otros que platican, algunos se duermen, o peor todavía, hay quien mejor se sale al creer que con oír el evangelio, ya tiene libre el resto del día y listo. La celebración dominical se ha convertido en un evento al que asisten máquinas, pues la mayoría actúa como robotizado. Esto lo podemos ver a la hora del Credo, en que más que declarar lo que creen, parece que repiten de memoria esta gran profesión de fe. Lo mismo en las oraciones, la consagración y el resto de la celebración eucarística.

La oración más grande que Cristo nos enseñó, El Padre Nuestro, donde se tiene una bella costumbre como lo es tomarse de las manos como verdaderos hermanos, no todos lo hacen, solo se toman los conocidos, como si el de enseguida fuera a pasarle una enfermedad o algo malo. ¿Dónde esta nuestro orgullo de ser católicos? ¿Acaso solo los protestantes se pueden tratar como hermanos? Recuerden que católico significa “universal” y como tal debemos actuar, aceptando a todos nuestros semejantes por ser hijos del mismo Dios y hermanos de raza.

Muchos católicos se van a la competencia religiosa porque allá sienten un calor humano que aquí no existe, sienten esa acogida, el que todos se tratan como una gran familia bendecida por Dios, siendo que nosotros somos la Iglesia de Cristo, aquella a la que le prometió estar con ella hasta el final de los tiempos. Sentir lo que somos: hermanos y no robots o actuar de acuerdo a lo que nos ordenan como en la secta Moon.

Me pregunto si a la hora de recibir el cuerpo de Cristo todos irán debidamente purificados… pues dicen que hay quienes en la Iglesia son santos pero saliendo de ahí son tan crueles que hasta el mismo diablo sale corriendo. Nos quejamos mucho de la decadencia de la sociedad, del aumento de la delincuencia, de que el demonio ha tomado posesión de este mundo y no hacemos nada por remediarlo. El buen juez por su casa empieza, así que por eso debemos tener conciencia de que el espíritu es muy importante y que teniendo bien esa parte de nuestro ser, podremos levantarnos y recomponer esta decaída sociedad. Dejar de hacer esto por costumbre y alimentar nuestro espíritu para que nuestros hijos no solo hereden un mundo cada vez peor, sino que tengan la fuerza para cambiarlo de raíz, acabar con la podredumbre que nos invade y a la hora de darle cuentas a nuestro Creador, vea que pudimos volver a ser hermanos y no esclavos de la competencia: el mal.

 

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