La humanidad es reflejo de la familia
Se ha abandonado la familia, todavía no se cuida
suficientemente, pero los partidos políticos saben que, ahora, defender la
familia está de moda, da votos. Tiene un sentido positivo esta realidad,
pero entraña un riesgo que pocas personas perciben.
Mucho se ha hablado de la importancia de la familia,
pero sólo desde hace unos pocos años “abanderan” esta causa los partidos
políticos de Europa, tanto de un signo político como otro. Se ha
abandonado la familia, todavía no se cuida suficientemente, pero los
partidos políticos saben que, ahora, defender la familia está de moda, da
votos. Tiene un sentido positivo esta realidad, pero entraña un riesgo que
pocas personas perciben.
Toda familia -y no otro tipo de relaciones humanas que,
a veces, se presentan como otros modelos más modernos de familia- es el
instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la
sociedad, porque predomina la solidaridad profunda, que se basa en los
vínculos del servicio generoso, sin que otros intereses materialistas o
deshumanizadores al oscurezcan. La familia es el mejor antídoto contra la
masificación y la despersonalización, claros peligros en la globalización
de nuestra sociedad.
La familia es la única institución en la que se quiere a
uno por lo que es y no por lo que tiene, y eso en toda civilización. Sólo
por eso, sin saber a qué institución se aplica, un ignorante destinaría
todas sus fuerzas a consolidar la familia. Es, en efecto, la célula (madre
y padre) del organismo social. El presente y el futuro de la humanidad
dependen de la familia.
Más aún: cual es la familia, tal es la humanidad, porque
tal es la persona. Por tanto, si formar a la persona es la base de una
sociedad avanzada, democrática, con valores reales, iremos a una familia
sólida, y a una humanidad sólida. Pero la situación actual ofrece unos
interrogantes inquietantes: la humanidad pasa por momentos de oscuridad y
angustia, por lo que hay que mirar a la familia, y luego a la persona. Nos
estamos equivocando en aspectos cruciales, y no poco.
Estamos hablando de ética, no de religión. No es
cuestión de creencias religiosas, porque la familia es una institución
natural, ética, y no se puede decir que la postura de la Iglesia Católica,
del Papa Juan Pablo II ahora, ofrecen un modelo sólo para los católicos.
Es justo reconocer que el Papa puede pasar a la historia como el “Papa de
las familias”, y el último ejemplo ha sido manifestar sus dos grandes
preocupaciones, que son la paz tras el 11-S y la familia, al declarar 2003
como Año del Rosario.
Es una institución que capta la razón, si no tiene
prejuicios, complejos o falta de formación. Ahora, cuando algunos hablan
de “modelo tradicional de familia”, “modelo católico”, etc., están
introduciendo categorías perjudiciales, porque trasladan el debate no a
los foros intelectuales sino de las creencias religiosas, intentando
justificar diversos modos de familia, cuando el modelo es uno, esté o no
de moda.
Con las “modas” hemos de aprender, y no sólo de la ropa.
Ni el número de votos construye verdades (Hitler llegó democráticamente al
poder) ni la solidez cultural la dan las mayorías. Si no, justificaríamos
violencias multitudinarias, lapidaciones de mujeres adúlteras “por parte
de la mayoría”, aplicación y defensa pertinaz de la pena de muerte “por la
mayoría”.
Hemos de distinguir entre “modas lógicas y buenas en lo
transitorio y coyuntural” y “solidez de valores estables”. Lo aceptamos
cuando tenemos una Declaración Universal de Derechos Humanos, cuando
tenemos una Constitución, cuando se crea un Tribunal Penal Internacional
(aunque con la gran peculiaridad de que a algún país no le afecta, con el
consentimiento de otras potencias). El esfuerzo están en actualizar
permanentemente, históricamente, las instituciones estables, para
armonizarlas con las exigencias de cada momento, sin anquilosamientos ni
inercias.
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