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Paradojas sobre la familia

Javier Arnal - jarnal@rtvv.es 

La familia es la institución que se valora más positivamente, es la institución que más se valora y, probablemente, es la que menos se defiende a casi todos los niveles.

Una y otra vez, la familia es la institución que se valora más positivamente. No tengo datos exhaustivos del mundo, pero en España es notorio, y así lo demostró la última encuesta. Es la institución que más se valora y, probablemente, es la que menos se defiende, al menos con eficacia, a casi todos los niveles: por las propias familias, por la comunidad educativa y cultural, por los gobernantes.

Hay una causa clara en esta paradoja, que pocos se atreven a reconocer: la familia es muy valorada, pero como un valor que casi se considera “utópico”, prácticamente irreal, porque luego vienen las separaciones, divorcios, negación de la vida. ¡Ojalá tuviera o tenga una familia normal, parece decirse! Personalmente, yo tengo que agradecer el hecho de pertenecer a una familia fenomenal, en la que tanto he aprendido: mis padres fueron unos grandes aventureros, con ocho hijos. Como soy el menor, es fácil comprender que yo sea muy partidario de favorecer a los matrimonios que tengan los hijos que deseen responsablemente, y las familias numerosas son mi “debilidad”, no sólo por mi experiencia (si no, yo no viviría), sino por su gran valor personal, familiar y solidario.

La valoramos mucho, también, porque todos tenemos experiencia de lo que nos ha ayudado o puede ayudarnos, aunque en el balance haya otros elementos menos positivos.

Gran incongruencia: si tanto se valora, la institución más valorada, no se entiende lo poco que se invierte en formarse, antes del matrimonio, después y en la educación de los hijos. Aquí no caben “nostalgias”: esa preparación, esa falta de preparación es un lastre histórico, pero más llamativo ahora, en que tantos cursos, master, cursillos gratuitos o favorecidos se promueve para tantas tareas. ¿Acaso la familia está tan consolidada que no se requiere esa formación? Todo lo contrario: tiene una crisis evidente, pero no se quiere reconocer, porque es como reconocer el fracaso de nuestra cultura en su institución social básica, que es la familia.

Ahora es muy valorada, expresamente, aunque sea sin mucha eficacia, pero no hay que olvidar:

a) ha habido ideologías que han intentado suprimirla o anularla: basta recordar el marxismo, que abogaba por la disolución de la familia, la propiedad privada y el Estado, y que ha teñido la cultura, de diversos modos, durante dos siglos;

b) el marxismo ahora es una reliquia, pero quedan sus efectos, y hay intelectuales que visten de otro modo su animadversión a la familia, especialmente apelando al difuso mundo del subjetivismo, ética del consenso, voluntad variable como sinónimo de madurez, que en realidad dinamitan la fortaleza que ha de tener la familia.

c) Sobre todo, cultura del bienestar, que huye de cuanto suponga compromiso, deber. La familia se valora por lo que “ayuda”, pero se olvida lo que “exige” a todos: los deberes no figuran en el vocabulario ético de nuestra cultura, salvo en materias fiscales, seguridad física, etc.

Nuestra cultura de evasión, el escapismo como actitud de nuestro tiempo ante cuanto suponga obligaciones, lleva a ser muy “benévolos”, utilizar de modo grandilocuente la palabra “solidaridad” con la humanidad, pero no captar, rechazar o no querer ver las exigencias concretas de nuestro entorno: “amo a la humanidad, pero odio a mi suegra”.

 
 

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