Paradojas sobre la familia
La familia es la institución que se valora más
positivamente, es la institución que más se valora y, probablemente, es la
que menos se defiende a casi todos los niveles.
Una y otra vez, la familia es la institución que se
valora más positivamente. No tengo datos exhaustivos del mundo, pero en
España es notorio, y así lo demostró la última encuesta. Es la institución
que más se valora y, probablemente, es la que menos se defiende, al menos
con eficacia, a casi todos los niveles: por las propias familias, por la
comunidad educativa y cultural, por los gobernantes.
Hay una causa clara en esta paradoja, que pocos se
atreven a reconocer: la familia es muy valorada, pero como un valor que
casi se considera “utópico”, prácticamente irreal, porque luego vienen las
separaciones, divorcios, negación de la vida. ¡Ojalá tuviera o tenga una
familia normal, parece decirse! Personalmente, yo tengo que agradecer el
hecho de pertenecer a una familia fenomenal, en la que tanto he aprendido:
mis padres fueron unos grandes aventureros, con ocho hijos. Como soy el
menor, es fácil comprender que yo sea muy partidario de favorecer a los
matrimonios que tengan los hijos que deseen responsablemente, y las
familias numerosas son mi “debilidad”, no sólo por mi experiencia (si no,
yo no viviría), sino por su gran valor personal, familiar y solidario.
La valoramos mucho, también, porque todos tenemos
experiencia de lo que nos ha ayudado o puede ayudarnos, aunque en el
balance haya otros elementos menos positivos.
Gran incongruencia: si tanto se valora, la institución
más valorada, no se entiende lo poco que se invierte en formarse, antes
del matrimonio, después y en la educación de los hijos. Aquí no caben
“nostalgias”: esa preparación, esa falta de preparación es un lastre
histórico, pero más llamativo ahora, en que tantos cursos, master,
cursillos gratuitos o favorecidos se promueve para tantas tareas. ¿Acaso
la familia está tan consolidada que no se requiere esa formación? Todo lo
contrario: tiene una crisis evidente, pero no se quiere reconocer, porque
es como reconocer el fracaso de nuestra cultura en su institución social
básica, que es la familia.
Ahora es muy valorada, expresamente, aunque sea sin
mucha eficacia, pero no hay que olvidar:
a) ha habido ideologías que han intentado suprimirla o
anularla: basta recordar el marxismo, que abogaba por la disolución de la
familia, la propiedad privada y el Estado, y que ha teñido la cultura, de
diversos modos, durante dos siglos;
b) el marxismo ahora es una reliquia, pero quedan sus
efectos, y hay intelectuales que visten de otro modo su animadversión a la
familia, especialmente apelando al difuso mundo del subjetivismo, ética
del consenso, voluntad variable como sinónimo de madurez, que en realidad
dinamitan la fortaleza que ha de tener la familia.
c) Sobre todo, cultura del bienestar, que huye de cuanto
suponga compromiso, deber. La familia se valora por lo que “ayuda”, pero
se olvida lo que “exige” a todos: los deberes no figuran en el vocabulario
ético de nuestra cultura, salvo en materias fiscales, seguridad física,
etc.
Nuestra cultura de evasión, el escapismo como actitud de
nuestro tiempo ante cuanto suponga obligaciones, lleva a ser muy
“benévolos”, utilizar de modo grandilocuente la palabra “solidaridad” con
la humanidad, pero no captar, rechazar o no querer ver las exigencias
concretas de nuestro entorno: “amo a la humanidad, pero odio a mi suegra”.
|